La noche del 4 de diciembre de 1961, Floyd Patterson -entonces campeón mundial de los pesados- y Sonny Liston, su retador natural, combatieron, en distintas ciudades, contra dos rivales de poca jerarquía (Tom Mc Neely y Albert Whestpal) a quienes vencieron rápidamente.
Dice la leyenda que poco después, al visitar Patterson al presidente Kennedy, éste le dijo que esa noche los rivales estaban cambiados. A lo cual el campeón habría respondido que su próximo rival sería Liston .
El adversario adecuado, correcto en lo deportivo, es ineludible en política internacional. Y Kennedy no lo eludió. Se enfrentó directamente con Rusia cuando ésta instalaba misiles en Cuba allá por 1962. No perdió el tiempo con Castro ni con Cuba. Fue frontal con Krushchev y con Rusia. Y los obligó a dar marcha atrás.
En cambio, Trump elige el rival débil. Y deja que la Rusia de Putin haga lo que quiera en Ucrania. Por intereses, por cobardía o por ambas cosas.
Pues bien, ahora ha sido el Congreso de Estados Unidos el que le ha indicado que el adversario es Rusia y no la endeble Venezuela, por provocativo y narcotraficante que sea su gobierno.
Al aprobar la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDDA), aumentó en 8.000 millones de dólares el presupuesto militar del año anterior y fijó el número de tropas que deben revistar en Europa en un mínimo de 76.000 efectivos (que sólo podría ser reducido con el asentimiento de los aliados de la OTAN y con el posterior acuerdo del Senado, panorama hoy inimaginable). Doble cachetazo a Trump.
Porque proyectaba un número bastante menor para esas tropas y porque en el Senado la ley recibió 77 votos a favor y 20 en contra, de modo que entre los primeros hubo un alto número de votos republicanos.
La ley dispone también que se destinen 400 millones de dólares para asistir a Ucrania y fija en 28.500 el número de efectivos que deben prestar servicios en Corea del Sur. Y el líder de la mayoría republicana en el Senado, John Thune dijo también que se encara la construcción de más buques militares “para ayudar a reducir la brecha” con China.
Lo de Trump es despegar de Europa y conformarse con el continente americano. Lo cual no deja de ser una estrategia insular. Remedo del aislacionismo, corriente que abogó por la neutralidad de su país en las guerras mundiales del siglo pasado, fracasando en ambos casos y que, si ya era insostenible en la segunda, hoy tiene rasgos de suicidio, La primera potencia mundial no puede replegarse sin dejar de serlo.
¿Marcará la postura del Congreso de Estados Unidos el comienzo de una reversión de la política exterior de su magnate-presidente? Es posible. Ese país no puede desgajarse de Occidente. Es parte de él. No encontramos mejor manera de decirlo que la de Ernst Jünger, en un ensayo de 1989, justamente el año de la caída del Muro de Berlín.
Próximo entonces al siglo de edad, lo dijo de este modo: “Así como Jonia fue griega, Estados Unidos es occidental. Parece que es en las ciudades hijas donde se concentran las herencias. Y así como fue en Jonia donde se concentraron la poesía, la filosofía y la historia, así es allende el Atlántico donde en la Edad Moderna se concentra la voluntad de poder. En Los Álamos se explosionó la primera bomba atómica, no en ninguno de los viejos países de origen situados aquende el océano, en los cuales se habían efectuado las labores previas” (La Tijera, Tusquets, 1993, pág. 194).
Si algo positivo deja, residualmente, la postura de Trump, es que Europa está tomando conciencia de que ha reposado demasiado tiempo a la sombra del paraguas estadounidense. Y de que debe prepararse. La mini OTAN de los nórdicos y el nuevo servicio militar en Alemania, que puede volverse obligatorio, son muestras cabales de ello.
Todo hace prever que si Rusia, finalmente, pudiera engullir Ucrania, no podría intentar hacerlo con otro país europeo sin enfrentarse con todos los demás de ese continente. Caso en el cual, los Estados Unidos estarían obligados a definir si son o no primera potencia mundial.
Si con humor alguien nos recordara que Patterson perdió, le diríamos que lo que interesa es cómo venció Kennedy.