Joaquín Furriel podría haber sido un galán de telenovela, de esos que pasan de una historia a otra, jugando a ser la figurita difícil de la que se enamora la protagonista. Pero sus inquietudes fueron por otro lado. Decidió jugar con los distintos matices y se convirtió en un actor versátil. Esos a los que uno puede creerle que de pronto sea un carnicero asesino como Hermógenes Saldivar en 'El patrón' o un operador político inescrupuloso como Rubén Osorio en 'El reino' o el propio Hamlet en la sala Martín Coronado del teatro San Martín. Su autoexigencia y su curiosidad lo llevan siempre a ponerse nuevos desafíos, como ahora que estrena 'Ella en mi cabeza', donde será Adrián, un hombre preso de su propia neurosis que siente que no puede vivir más con su mujer, pero tampoco sin ella.
La obra, escrita por Oscar Martínez, se estrenó por primera vez en 2005 protagonizada por Julio Chávez y dirigida por el propio Martínez. Esta vez es Javier Daulte quien lleva la puesta al teatro Metropolitan (Av. Corrientes 1343), con Furriel junto a Florencia Raggi y Juan Leyrado, que vuelve a interpretar al licenciado Klimovsky.
HABLAR DE VINCULOS
-Vuelve a trabajar en teatro comercial y nuevamente con Javier Daulte, ¿cómo le está resultando la experiencia?
-Sí, vuelvo a trabajar en teatro comercial con Javier, que es un director con el que la paso muy bien trabajando, que quiere decir que me gusta mucho lo que propone, aunque no me resulte fácil muchas veces. Pero, siempre estoy ahí buscándole la vuelta y me gustan mucho los sistemas que arma y armó algo acá que como actor la paso muy bien y confío muchísimo. Y creo que esa confianza que uno tiene con el director, que después vas teniendo con tu trabajo y con el personaje, es la que hace que el espectador también confíe en vos cuando te está viendo y crea lo que está pasando.
-¿Hay cambios con respecto a las versiones anteriores?
-Hay otro director que propuso su idea de la obra. La obra es muy sólida. No cambió, está prácticamente igual. Y se trata de eso, de la neurosis que puede sentir una persona que no puede dormir, insomne, que está durante toda la noche disertando sobre su problema de pareja de una manera que es muy graciosa. Y la verdad que lo que le pasa a Adrián le podría pasar a Adriana, porque no hay una cuestión de género. Es simplemente una pareja que después de 10 años se encuentran con la crisis de que están ese tiempo juntos y en el caso de este personaje hay un montón de cosas que lo hacen padecer y es muy gracioso. Creo que ver sufrir a alguien que le pasa lo que le pasa a Adrián es un sufrimiento que a uno le provoca risa.
-¿Tiene puntos en común con Adrián?
-Yo no tuve nunca un matrimonio de diez años, así que ahí ya con Adrián no tenemos mucho que ver. No sé algunas cosas sí y otras no. Puedo entender su neurosis, algunas cosas reconozco mi propia neurosis, sobre todo esa manera de dialogar medio en silencio, que es ridícula, que es como dialogar con uno mismo. No va para ningún lado, por eso la terapia se termina volviendo tan esencial porque sos vos y tu propio eco, ¿no? Pero eso. Después Adrián no me resulta muy cercano. Su inteligencia emocional es bastante limitada, eso me resulta muy gracioso del personaje.
-En su momento se la definió como una comedia para pensar, ¿a usted le despertó algún tipo de reflexión este tiempo que viene trabajando con la obra?
-No sé si podría decirlo de esa manera. Lo que sí me pasó es que me di cuenta de que hacía mucho tiempo que yo no elegía contar como actor historias conyugales. Digo es como una novedad para mí. Me pongo a pensar y Osorio, Fabián Danubio, Hamlet, 'El hijo', 'El patrón', todo lo que vengo haciendo son policiales, thriller psicológicos o políticos, suspenso, pero historias de problemas de un matrimonio no. Y me acuerdo de algunos guiones que me fueron acercando y dije que no, que no me sentía convocado con ese personaje y evidentemente no era el personaje sino que era la temática.
-¿A qué cree que se debe?
-Creo que como actor a mí me gustan los géneros. Y también me pasó que volvía de un ensayo y me ponía a ver 'Escenas de un matrimonio', la de Jessica Chastain con Oscar Isaac, la nueva versión que está en HBO Max, que es muy recomendable, es una adaptación de la película de (Ingmar) Bergman y me pasó que de repente empecé a estudiar y a habitar sobre los problemas conyugales, hablando mucho con mis amigos que tienen matrimonios de muchos años donde está el desgaste. Yo tengo una vida diferente en ese sentido, no estoy en relaciones de muchos años como le pasa a Adrián y es interesante para mí haber entrado en ese mundo.
AUTOEXIGENCIA
-¿Es de mirar sus trabajos?
-Sí, los veo poco. Creo que las películas que hice no las vi más de una vez. Hay proyectos que disfruto más y otros que no. Cuando vi 'El patrón', la primera vez, estaba totalmente desahuciado, salí mirando para abajo y estaba muy angustiado y dije "realmente es un desastre lo que hice''. Después a las tres o cuatro semanas la volví a ver y la segunda vez la disfruté un poco más. Y el día del estreno pude ver la película por primera vez. Porque claro yo no había hecho mucho cine, entonces la primera vez me quedé muy impactado con la caracterización mía. No entendía muy bien. Yo cuando actúo no me veo en los monitores, no me veo nunca, no me gusta. Entonces me quedaba mirando y decía: ``Por favor ¡qué necesidad! ¿Qué estuve haciendo?''. Estuve mal una semana, después cuando la volví a ver dije la película está bien, es muy honesta, está bien lo que cuenta pero yo, la manera de hablar. Y la noche del estreno, con el público, entendí que la película llegaba, que era creíble y que toda la paleta de artificio que venía con la caracterización no alejaba a nadie del público a que siguiera la historia.
-Siempre se lo vio muy autoexigente, ¿cómo trabaja ese aspecto de su personalidad?
-Hace mucho tiempo que hago terapia (risas). Es que yo creo que me transformé en un cliché (risas). Soy un cliché del actor exigente, sí. Y lo que quiero es desarmar ese cliché, espero tener tiempo y en algún momento estar un poquito más aliviado con eso. Pero también funciono así, que se yo. Es mi manera. Un personaje a mí no es que me coloca en un lugar de placer, me coloca en un lugar de alarma y empiezo a hacer todo un trabajo alrededor de ese personaje. Después, por ejemplo, como me pasó con Osorio que trabajé todo y cuando vi todo el trabajo condensado en un solo plano, con un solo gesto, ahí me da placer. Pero eso también está porque hay un director como Marcelo Piñeyro del otro lado, o como en este caso que está Javier Daulte que saben cómo dirigirme. El trabajo es del otro. Creo que como actores nosotros somos solamente, y no es poco, una estética de la idea que tiene otra persona y hay que asumir ese lugar. Al ego a veces le molesta esa zona porque lo tenés que dejar de lado, porque vos estás ahí pero sos la estética de la idea que tiene otra persona, que está dirigiendo. O tenés que dirigir vos, y no está mal, muchos actores lo hacen. O, sino, sos un actor de caracter, y por eso te llaman por ese caracter que tenés y resolvés así. Pero a mí me gusta más ir mutando.
-Justamente eso define su carrera, su capacidad para ir mutando de personajes...
-Sí, creo que es acertado, está muy bien. Si lo escucho así me parece que sí que esa situación de cierta inquietud, exigencia y curiosidad y cierto afán de estudio, de investigación como si fuera una especie de antropólogo frustrado, hace que estudie sobre el universo de cada uno y eso para mí es como la paleta de óleos para empezar a trabajar.
-¿Sigue pensando en que no quiere dirigir?
-Voy y vengo con la dirección. Por momentos me pasa que muchas de las cosas que veo, las veo más desde el lugar de la puesta que del de la interpretación, cada vez me pasa más. Pero también sé que no es fácil y hay que dedicarle un tiempo a eso. Cuando hicimos 'Final de partida', Alfredo Alcón me decía que él no podía aceptar que otro director dirigiese esa obra porque él estaba enamorado de esa pieza y por eso la quería dirigir él. De alguna manera, yo sé que en algún momento puede que aparezca algún material que me enamore al punto tal de querer también dirigir.