Cultura
REFLEXIONES EN TORNO A LA CURACIÓN DE LOS LEPROSOS

Jesucristo, el Médico Divino

POR TOMÁS I. GONZÁLEZ PONDAL

Quizá todos alguna vez hemos visto la imagen de alguien con lepra: un cuerpo que se va afeando grotescamente, arruinando, agrietando, manchando, adquiriendo una fisonomía que produce alejamiento y hasta repugnancia. Hasta la mera foto de un leproso lleva a apartar la mirada. Al menos en otros tiempos, por lo espantoso de la enfermedad, quien padecía lepra causaba el apartamiento de la gente, y, a su vez, él mismo buscaba estar apartado consciente de su horrible estado.

Sumerjámonos en unas maravillas. Cuando Jesús entró en “una aldea, diez hombres leprosos vinieron a su encuentro, los cuales se detuvieron a la distancia, y, levantando la voz, clamaron: ‘Maestro Jesús, ten misericordia de nosotros’. Viéndolos, les dijo: ‘Id, mostraos a los sacerdotes’. Y mientras iban quedaron limpios. Uno de ellos, al ver que había sido sanado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, y cayó sobre su rostro a los pies de Jesús dándole gracias, y éste era samaritano. Entonces Jesús dijo: ‘¿No fueron limpiados los diez? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese a dar gloria a Dios sino este extranjero?’ Y le dijo: ‘Levántate y vete; tu fe te ha salvado’.” (Lc 17, 12-19).

El racionalismo bíblico tiende a desfigurar la divinidad de Jesucristo, y ante las curaciones de los diez leprosos vaya uno a saber con qué imbecilidad podrá salir. En el pasaje de las Sagradas Escrituras que trata la curación de diez hombres que padecían la enfermedad consabida, no hay modo de ver otra cosa fuera del milagro realizado por el Hombre-Dios, y, mejor dicho, milagros en número elevado: diez en un mismo tiempo. El racionalismo bíblico deforma y desfigura, es una lepra para la fe.

GRACIA Y MISERICORDIA

Me surgen algunas reflexiones sobre el pasaje traído por San Lucas:

Lo primero que quisiera destacar es el movimiento de la gracia, pues si bien se mira, aunque la Biblia manifiesta que los enfermos se encaminaron hacia el Mesías, antes apreciamos los pasos del Señor: “al entrar en una aldea”.

Diez fueron los atacados por la enfermedad, diez fueron los curados por Cristo de dicha enfermedad. Significativo número que da a entender que solo el Redentor reparó por toda la humanidad y que no hay mal que no pueda ser curado por Él.

Los leprosos, aun sabiéndose leprosos, marchan hacia Jesús: “vinieron a su encuentro” dice el texto bíblico. Nosotros, los leprosos, los pecadores, debemos también ir siempre hacia Él. Resulta sumamente notable lo siguiente: que en caso del hijo pródigo, donde se trata de la lepra espiritual, de la muerte del alma –infinitamente peor y más asquerosa que una lepra corporal-, Jesucristo muestra más proximidad que frente a la lepra física, pues, ante el sincero arrepentimiento, abraza el cuello del hijo y le llena de besos. Esto último sucedió con el leproso samaritano, el único que volvió a glorificar quedando a los pies del Todopoderoso.

La misericordia de Cristo llega hasta sanar a una mayoría (nueve) que es desagradecida. De modo que vemos esto: el Maestro obró milagros con quienes más luego ni se han acordado de regresar a agradecerle. Por un lado, la misericordia, por el otro, la ingratitud. La queja del Salvador es desgarradora: “¿No fueron limpiados los diez? ¿Y los nueve dónde están? ¿No hubo quien volviese a dar gloria a Dios sino este extranjero?”

Esto nos sitúa ante una cruda y pasmosa realidad: que ante regalos gigantes, inmerecidos, solemos responder con ingratitud, olvido e indiferencia, y que el hecho de que alguien sea obsequiado con un milagro (y si se me permite la expresión: ¡milagrón!) no indica ni que ya esté salvado, ni que sea amigo de Cristo, ni que muera en Su amistad. De hecho si bien diez quedan curados de la lepra física, solo al samaritano que regresó le habla de salvación: “tu fe te ha salvado”. El mismo Maestro nos recuerda que Dios es bueno hasta con los ingratos: “haced el bien y prestad sin esperar nada en retorno, y vuestra recompensa será grande, y seréis los hijos del Altísimo; de Él, que es bueno con los desagradecidos y malos” (Lucas 6, 35).

Después de cada absolución sacramental, desde lo más profundo de nuestro corazón debemos darle gracias a Dios por su infinita misericordia, por el inmerecido regalo que nos hace al limpiar nuestras miserias con Su sangre redentora. Que no tengamos que oír algo así como: “¿No fuiste limpiado? ¿Dónde estás? ¿No volviste a dar gloria a Dios?”

INGRATITUD

Alguien podría verse confundido y preguntar: “¿Cómo es la cuestión? Por un lado el Maestro les manda presentarse a los sacerdotes, y, más luego, tras la curación milagrosa, se queja de que no regresaron a Él para alabarle”. En otras palabras, podrían objetar que los diez curados estaban obedeciendo una orden y que por eso no regresaron.

El sentido común se impone: primero el adorar a Dios, el agradecimiento, el reconocimiento, y luego el ir a cumplir con lo ordenado; que esto último debe haber sido lo realizado por el samaritano tras primero glorificar al Señor Jesús echándose a sus pies.

El Mesías quiere que siempre seamos agradecidos, y esto mismo Él lo hizo saber por San Pablo: “En todo dad gracias, pues que tal es la voluntad de Dios en Cristo Jesús en orden a vosotros” (1 Tesalonicenses 5, 18). Está la queja paulina de quienes no glorifican a Dios ni le dan gracias: “no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias” (Romanos 1, 21). Y Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica asevera: “el mismo orden natural exige que quien recibe un beneficio se sienta movido a expresar su gratitud al bienhechor mediante la recompensa” (Suma teológica - Parte II-IIae - Cuestión 106, art. 3).

San Pablo enumera entre los males que aquejarán a los hombres en los últimos tiempos, el de la ingratitud: “Has de saber que en los últimos días sobrevendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos y del dinero, jactanciosos, soberbios, maldicientes, desobedientes a sus padres, ingratos, impíos, inhumanos, desleales, calumniadores, incontinentes, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traidores, temerarios, hinchados, amadores de los placeres más que de Dios” (2 Timoteo 3, 18).

“Id, mostraos a los sacerdotes”, conminó Jesús a los leprosos. Este suceso no debe pasar como algo meramente anecdótico. No solo implicaba el que dichos religiosos acrediten la curación de diez enfermos conocidos de la sociedad, sino que implicaba el que debían escuchar cómo fue la curación y a Quién se debió la curación. Y son diez que se presentan no ante un sacerdote que deviene testigo de diez hechos milagrosos, sino ante varios sacerdotes quienes, les guste o no, devendrán testigos de diez milagros. Vaya artillería pesada la que les hacía llegar el Señor para ver si se les ablandaba su endurecido corazón.

TESTIGOS Y JUECES

En orden a lo dicho en el párrafo anterior, encuentro sumamente oportuno trae aquí un comentario de Santo Tomás: “Las ceremonias instituidas para la purificación del leproso no se ordenaban a curar la impureza de la lepra, lo que es bien evidente, pues no se aplicaban sino a los ya curados de dicha enfermedad. Por esto se dice en Lev 14,3 que el sacerdote saldrá a su encuentro (del leproso) fuera del campamento y le examinará. Si la plaga de la lepra ha desaparecido del leproso, mandará tomar, para el que ha de purificar, dos avecillas vivas, etc. De modo que el sacerdote era juez de la curación de la lepra, pero no médico del que necesitaba cura. El objeto de estas ceremonias era quitar la irregularidad de la impureza. Dicen, sin embargo, que, si a veces el sacerdote se equivocaba en su juicio, milagrosamente curaba Dios al leproso por el poder divino, pero no por la virtud de los sacrificios” (Suma Teológica, Parte I-IIae - Cuestión 103, art. 2, respuesta a la objeción 3). De modo que los sacerdotes-jueces que debieron evaluar diez milagrosas curaciones, tenían que reconocer la divinidad del Médico.

Se sabe que Jesús a ciertos santos les ha dado el don de poder “oler” el estado de las almas. Así, por ejemplo, el Padre Pío de Pietrelcina percibía fragancias exquisitas de almas que se hallaban en gracia, pero también él como Santa Cristina de Brustem olían la hediondez fulminante que esparcían las almas en pecado mortal.

Los santos que olfateaban tales estados de muerte han confesado que si no fuere por una gracia especialísima de Dios, hubieran fallecido al instante, fruto de lo descomunal de la descomposición. ¿Cómo no reconocer la Divinidad de Cristo, el cual, conoció y soportó la lepra, la hediondez, la putrefacción, la decadencia, la muerte de todas las almas, a excepción de la de su amadísima Madre, Inmaculada desde su concepción?

EJEMPLARES

¿Qué procuran los imitadores de Cristo? La sanación del alma por sobre la enfermedad de un cuerpo. A imitación del Salvador, siguiendo su ejemplo, cumpliendo con su vocación y en una desbordante caridad, San Damián (1840-1889) pasó parte de su vida asistiendo a los leprosos segregados por orden de rey Kamehameha IV a la isla Moloka’i (Hawai). Al santo se le conoce como San Damián de Moloka’i, y también como el apóstol de los leprosos. Algunos de sus pensamientos:

“En medio de los volcanes de Puna desearía tener sobre todo, ese puro amor de Dios, ese celo ardiente por la salvación de las almas en que ardía Juan María Vianney, cura de Ars”. Otro: “Ya no tengo duda alguna: estoy leproso, bendito sea Dios”. También, con un estilo paulino, ha dicho: “Me he hecho leproso con los leprosos a fin de ganarles todos para Cristo. Por eso, cuando predico, acostumbro decir: nosotros los leprosos”. Uno más: “La Eucaristía es el pan de los fuertes del que necesitamos para acudir a los trabajos más desagradables, y es remedio contra la aversión hacia un ministerio penoso y, con frecuencia, descorazonador”. Por último: “Encuentro mi consuelo en el único amigo que no me abandona: nuestro Divino Salvador en la Eucaristía”.

EN EL FUTBOL

Hay algo muy notable en la expresión “mientras iban quedaron limpios”, y si vamos a un ejemplo de alguno de nuestros días futboleros podrá comprenderse eso que denomino “muy notable” (podría ejemplificarse lo que diré, utilizando lo que hacemos cuando somos curados de una dolencia grave por un galeno que vive en nuestra ciudad, pero recurro a una escena de poca monta –la futbolera- para que se vea al final más vivamente el contraste entre gratitud e ingratitud).

En un partido de fútbol, varios felicitan al que hizo el gol; en otras palabras, vemos a otros jugadores del mismo equipo acercarse al autor del gol, y eso para felicitarle, agradecerle, celebrar juntos. Y si la organización deportiva tiene más envergadura más son los que le festejan el gol a quien lo hizo. Ya ven por dónde voy. Imagino lo que pasó en la escena de los diez leprosos “mientras iban”. Diez tipos corporalmente destrozados, vale decir, comidos por una enfermedad espantosa, rumbean sus pasos hacia unos sacerdotes. Hicieron siete cuadras y milagrosamente se ven curados. ¿Qué hacen?

Me resulta de sentido común esto: todos gritan locos de alegría, vociferan exultantes “milagro, hemos sido curados”, saltan, se abrazan, lloran de la emoción, y uno, entendiendo que todos piensan lo mismo, entendiendo que todos sienten la misma gratitud, entendiendo que todos reconocen que fueron curados por Jesucristo, en voz alta exclama: “Corramos de prisa, vamos a agradecer al Maestro que nos curó, a Él le debemos todo. Corramos sin pausa”. Y se lanzó a la corrida, tan veloz, tan shockeado por el milagro y tan fuera de sí por la emoción, la alegría y el agradecimiento, que no advirtió que corría solo.

Si en algo de poquísima importancia como un partido de futbol vemos que se celebra a un jugador porque su jugada concluyó con la pelota dentro del arco contrario, es incomprensible el comportamiento de los nueve ante la curación realizada por el Médico Divino.

Con todo, quizá lo más triste ha sido lo nuestro, donde no una sino más de setenta veces siete el Maestro nos ha curado de nuestras variadas y asquerosísimas lepras. ¿Hicimos lo que hicieron los nueve o lo que hizo el samaritano? Y en el porvenir: ¿Haremos lo que hicieron los nueve o lo que vimos hacer al samaritano?

Dios nos dé la gracia de ser en todo agradecidos con Él, principalmente cuando nos regala Sus más grandes regalos. Aún estamos en el tiempo, aun nuestros pasos pueden ser meritorios o demeritorios, porque aún se ven nuestras acciones con estas palabras que encierran tanto peso, significación y misterio: “mientras iban”.