En pocas horas llegará a Buenos Aires el Santo Padre. En la ceremonia de bienvenida oficial que le brindarán en el Aeroparque Metropolitano Jorge Newbery el presidente de la Nación y las más altas autoridades, se le rendirán honores de jefe de Estado. En esa oportunidad debería escucharse la marcha Ituzaingó, nombre de la batalla librada hace casi dos siglos en la guerra que sostuvimos con el Imperio del Brasil. Fue una contienda de armas, aunque a veces se libran otras, de palabras e insultos.
Don Pedro I, emperador del Brasil, había nacido en Lisboa el 12 de octubre de 1798. Cuando tenía nueve años, ante la invasión napoleónica, partió hacia Río de Janeiro junto a su padre, el príncipe Juan, luego rey, y a su madre, Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, que tanto tuvo que ver, a través de sus agentes, en los procesos previos a la Revolución de Mayo.
El joven infante recibió, como era de prever, una esmerada educación. Influido por su padre, gran amante de la música, se formó en esa materia con el compositor portugués Marcos António da Fonseca Simão (1762-1830), conocido como Marcos António Portugal o Marcos Portogallo, que viajó a Río de Janeiro en 1811 para continuar su labor.
Su formación se completó desde 1816 con la llegada del compositor austríaco Sigismund von Neukomm, que dio a conocer en esa corte la obra de Mozart y de Haydn, de quien fue un aventajado discípulo.
Cuando ocupó el trono de Brasil, no descuidó su pasión por la música. En 1821, su esposa Leopoldina le escribió a su padre, Francisco I, emperador de Austria: “Mi esposo, que también es compositor, te envía una Missa Solemne, una Sinfonía y un Te Deum de su autoría. Hablando sinceramente, es un poco teatral, lo cual es culpa del compositor, pero lo que puedo garantizar es que fue compuesto por él sin ninguna ayuda”.
Según la tradición, fue él quien, en vísperas de la acción de Ituzaingó, escribió una marcha para el comandante de sus tropas, el marqués de Barbacena, con el fin de celebrar lo que suponía iba a ser una victoria.
Cuando la suerte de las armas le fue adversa, los brasileños abandonaron precipitadamente el escenario y dejaron entre sus papeles esta marcha, que lleva el nombre de la batalla.
Se escuchó en Buenos Aires con motivo de las fiestas mayas de mayo de 1827, ejecutada por las bandas militares ubicadas en las galerías del Cabildo, mientras bajo el arco de la Recova los fuegos artificiales iluminaban la Plaza. El puntilloso cronista del British Packet observó entre los nombres el de Drummond, muerto el 8 de abril en el combate naval de Monte Santiago, y recordó que “tan solo unas pocas semanas atrás, en la función de la batalla de Ituzaingó, estuvo mirando y comentando acerca de los distinguidos nombres de Brandsen y de Bezares, lejos de pensar que su propio nombre ocuparía un lugar entre ellos”.
La marcha Ituzaingó se utilizó desde entonces como marcha presidencial y sólo dejó de ejecutarse en las visitas oficiales de Brasil, como comentó un antiguo diplomático a propósito de la visita del presidente Getúlio Vargas a Buenos Aires para las fiestas mayas de 1935.
Fue suprimida de los honores al presidente desde el 26 de enero de 1946 hasta el 28 de agosto de 1959, cuando se la restituyó al lugar que había tenido. En ese tiempo se ejecutó la marcha de San Lorenzo, muchas veces, y Ituzaingó quedó olvidada en el ceremonial de Estado, a pesar de ser, al igual que la banda y el bastón presidencial, un atributo propio del jefe de Estado.
El Himno Pontificio que seguramente se escuchará durante la visita de León XIV fue compuesto por el francés Charles Gounod (1818-1893), destacado tanto por sus obras operísticas como por las religiosas, entre las que sobresale el Ave María.
Entre las primeras está Fausto, que se estrenó en Buenos Aires el 24 de agosto de 1866 en el antiguo Teatro Colón, y que inspiró a Estanislao del Campo para escribir el famoso poema gauchesco.
Pío IX, que había visitado Buenos Aires en enero de 1824 acompañando la misión Muzzi, como lo evocamos hace poco en una nota en estas páginas, era por aquellos años el joven sacerdote Juan María Mastai Ferretti, ordenado el 10 de abril de 1819.
La composición en honor de Pío IX se estrenó en la tarde del 11 de abril de 1869 en la plaza de San Pedro, en un concierto en el que participaron siete bandas pontificias: de la Gendarmería, de los regimientos de Línea, Cazadora, Carabineros Extranjeros, Legión Romana y Dragones, a cargo de los maestros Roland, Willimburg y Angelini. Ese día Pío IX había celebrado por la mañana las funciones sagradas en la Basílica de San Pedro y luego presidió esta celebración.
Los representantes de las misiones extranjeras acreditadas ante la Santa Sede presentaron sus saludos, según la crónica de L’Osservatore Romano, cuando el Pontífice apareció en el balcón central y fue ovacionado por una multitud que llenaba la plaza, mientras todas las bandas, ubicadas en la escalinata de la Basílica, hacían sonar la Marcha Triunfal de Hallmayer, entonces himno oficial. Inmediatamente después, escribió el periodista vaticano, “el nuevo himno escrito expresamente para la circunstancia por el maestro Gounod, con coros de un millar de soldados” despertó tal efecto en los presentes que debió repetirse varias veces.
Pío XII lo adoptó como Himno Pontificio o Marcha Pontificia el 16 de octubre de 1949, y se interpretó como tal por primera vez en una austera ceremonia el 24 de diciembre de ese año, a cargo de la Banda de Música de la Guardia Palatina. Curiosamente, Pío XII también había visitado nuestro país en 1934 como legado papal para el Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires.
Entonces, como ahora, el altar estuvo en el Monumento de los Españoles, con la diferencia de que en aquella ocasión el grupo escultórico estaba totalmente cubierto por una gran cruz.
Con motivo de la oficialización del himno de Gounod, monseñor Antonio Allegra (1905-1969), uno de los organistas de la basílica de San Pedro, compuso un texto italiano, hoy comúnmente cantado, que comienza con las palabras “Roma inmortal, de mártires y de santos”.
El ceremonial de Estado vaticano establece: “El himno pontificio también se entona cuando la bandera vaticana se iza de forma solemne y se ejecuta, en su totalidad, solo en presencia del Santísimo Sacramento, del Santo Padre o con motivo de la recepción oficial de jefes de Estado extranjeros, junto con el himno nacional de los respectivos países, así como fuera del Vaticano cuando el Papa va en visita apostólica a una nación o cuando un legado pontificio es recibido oficialmente en un país extranjero. Solo se tocan los primeros ocho compases en presencia de la bandera del Estado. Cuando las unidades armadas rinden honores, el himno es precedido por tres repiques de atención”.
Bueno es saber lo que vamos a escuchar, si se cumple con el ceremonial más correcto y estricto, algo bastante en desuso en los últimos tiempos. Hoy se suele saludar, mientras las tropas rinden honores, al maestro de la Fanfarria Alto Perú del Regimiento de Granaderos a Caballo como si fuera el popular director de una orquesta. Felicitación que, sin duda, merece por lo acertado de su ejecución, aunque en otro momento.