Opinión
Mirador politico

Intereses corporativos

Después del duro intercambio de golpes de la semana anterior por el uso de las reservas del BCRA, oficialismo y oposición encararon tibias gestiones de acercamiento. Hubo un gran despliegue mediático sobre la cuestión, pero se pasó por alto un detalle fundamental: que prácticamente toda la dirigencia política vive del dinero público.

El Gobierno mucho más, porque no sabe hacer política sin él, pero la oposición tampoco se queda corta y tiene un interés difícil de ocultar en echarles mano a esos dólares. En resumen, todos -unos más, otros menos- alimentan sus estructuras con dinero fiscal, lo que constituye un factor favorable para el acuerdo. Una de las pocas excepciones a esa regla es Elisa Carrió; por eso resulta incontrolable.

Para dar cuenta de la complejidad del problema conviene repasar un tramo del mensaje de la presidenta Cristina Fernández a la Asamblea Legislativa del lunes 1º, en el que intentó hacer una distinción entre la política y las corporaciones. Sostuvo la Presidenta: "Me reivindico militante política por sobre todas las cosas.

Tengo orgullo de decir que pertenecí toda mi vida a la política. Cuando preguntaban si yo era una abogada peronista, yo decía "no, no soy una abogada peronista; soy una peronista que es abogada". Siempre me puse por arriba de las corporaciones desde la política porque son malas. (Aplausos). Pero no son malas porque haya hombres malos en las corporaciones, sino porque la propia lógica de la corporación, que defiende un interés sectorial, finalmente termina muchas veces en contradicción con los intereses de la sociedad".

Lo que dijo la Presidenta no es cierto. Pudo haberlo sido hace 40 años, pero hoy los partidos ideológicos de masas han desaparecido (ni qué decir los "movimientos"), reemplazados por comités electorales que se alimentan de fondos provenientes del Tesoro Nacional, provincial o municipal. Los fondos se gastan en clientelismo vía "planes" sociales, cargos públicos, etcétera.

Como consecuencia de la nueva realidad, la dirigencia se ha convertido en una corporación que gerencia esos activos. Hay quienes hablan de una "clase" política; los italianos la llaman "la casta". Lo concreto es que el grueso de los dirigentes (populistas o de los otros) no viven como sus representados y tienen intereses que no coinciden con los de ellos. Ejemplo de esto último es el despilfarro a veces surrealista de los recursos estatales.

En los "90 causó gran escándalo que el entonces presidente Carlos Menem adquiriese para su uso un gigantesco avión al estilo de un jeque árabe. Hoy la Presidenta y su marido disponen de una flota. El actual ministro de Economía ha sido denunciado por comprar una veintena de autos de 100 mil pesos por unidad.

Estas erogaciones son ínfimas si se las compara con el crecimiento global del gasto público, pero resultan plenas de significado a la hora de interpretar aquello que la Presidenta llama el "interés sectorial" y el "interés de la sociedad".

En síntesis, la dirigencia -no es su totalidad, pero sí buena parte- tiene prioridades ligadas a su profesión, es decir, la política. La principal, conservar el poder, lo que hoy sólo se consigue con efectivo contante y sonante. Por eso el boqueterismo; por eso aun con los Kirchner llegar a un acuerdo no constituye una utopía.