Opinión
El rincón de los sensatos

Ideas para revertir el fracaso educativo


Por Mario Marquinez

¿Es útil hoy la escuela argentina para el desarrollo de las personas? Los resultados son inciertos, tirando a malos. Los chicos egresan de la primaria sin saber leer ni escribir, y menos aún interpretar textos; no pueden leer en voz alta de forma fluida ni tolerar un dictado. Tampoco dominan las matemáticas básicas, ni una simple regla de tres. Esta situación no se resuelve en el secundario, sino que se agrava con el tiempo, hasta que algunos desembocan en la universidad, donde creen que reciben educación cuando lo que obtienen es, en el mejor de los casos, un entrenamiento elemental.

Así formamos profesionales con escaso sentido lógico y crítico: médicos que adhieren a prácticas casi umbandísticas -como abrazar a familiares a través de una sábana para evitar el contagio de un virus-, ingenieros que sostienen que la Tierra es plana, científicos que niegan el alunizaje, sanitaristas que culpan a los no vacunados por las muertes de quienes sí lo estaban, frente a un virus difuso pero recalcitrante.

El fracaso del sistema educativo argentino -puesto en marcha en 1983, cuando se eliminaron las amonestaciones en el secundario como punta de lanza para deslegitimar la autoridad docente, bajo una supuesta democratización- es evidente. Sin embargo, nadie se anima a gritar que el rey está desnudo.

Se oyen voces escandalizadas cuando se conocen los resultados de las pruebas PISA en las provincias que las han permitido, pero el núcleo del problema permanece intacto.

Estudiar y aprender exigen un esfuerzo considerable: no son actividades entretenidas, requieren concentración y consumen mucha energía cerebral. Librar ese esfuerzo al libre albedrío de quienes deben realizarlo es condenarlo al fracaso.

LA CUESTION DE LOS DIAS

Se habla de los días de clase como si acumular jornadas de no aprender permitiera, eventualmente, aprender algo. Si no se aprendió nada en un día, tampoco se aprenderá yendo dos o más. El problema no es la cantidad de días: es lo que ocurre dentro de ellos.

Se escuchan maestras muy orgullosas del esfuerzo que hacen para alimentar a sus alumnos -algo que debería ser responsabilidad de los padres-, mientras los chicos no pueden asistir si hace frío, ni si hace calor, y en los días apacibles lo más importante parece ser el menú del día.

La miopía -real o fingida- de las autoridades escolares en todos sus niveles, con honrosas excepciones, es brutal. Se llega al absurdo de que ONG de la ciudad más educada y cosmopolita de Sudamérica se enorgullezcan de enviar semillas y herramientas para hacer huertas… a escuelas rurales, como si un chico criado en el campo ignorara lo que esos ilustrados ciudadanos conocen a la perfección, sin haber visto en su vida un pollo que no sea en la vitrina de un supermercado.

Por otra parte, con la "regionalización de la educación", el destino manifiesto de un niño del campo parece reducirse a saber cuidar un gallinero o cultivar lechugas orgánicas.

¿Qué habría pasado si la maestra rural del futuro Dr. Favaloro lo hubiera convencido de que su porvenir era cuidar los pollitos del corral? Él logró superar esa trampa, para caer luego en otra tendida por personajes mucho menos dotados, que le hicieron la vida imposible hasta que decidió abandonarla. ¿Cuántos Favaloros estamos perdiendo por enviarles semillas a los chicos del campo en vez de enseñarles a salir de la pobreza?

Hoy, un niño que ingresa a la primaria lo hace entusiasmado, porque intuye que se le abrirá un mundo nuevo. Lamentablemente, ese mundo lo distrae y lo socializa, pero poco le enseña, porque poco le exige. Termina la primaria con una formación básica paupérrima. Y este problema no se limita a las escuelas públicas: también se advierte en muchas privadas.

EL LIMBO

Al egresar de la primaria, el chico ingresa a un limbo donde se le pide que hiberne hasta los 18 años, cuando quizás pueda conseguir un trabajo que le permita sostenerse. En ese lapso, descubrirá que no puede ganarse la vida porque el "trabajo infantil" está prohibido -el registrado y remunerado, claro-. El otro, el informal: mendigar, ser soldadito del narcotráfico, cartonear o pedir en los semáforos, ese está perfectamente permitido.

Así, el adolescente vegetará en un sistema supuestamente obligatorio, en el que si no asiste, no pasa nada; si no aprende, tampoco. Tarde o temprano lo pasan de año y terminan entregándole un certificado para sacárselo de encima, porque hasta para realizar una tarea que un chimpancé entrenado podría ejecutar se exige ese bendito papel, que sirve para solicitar un empleo, pero no para conseguirlo ni para conservarlo.

Entonces, vuelvo a la pregunta inicial: ¿sirve esta escuela? El resultado está a la vista. Y si escuchamos a los especialistas en educación, seguirán proponiendo más parches. Pero como dicen los gomeros: si tienes demasiados parches, es hora de cambiar la cubierta.
Esta es mi propuesta: cambiemos la cubierta. Basta de parchear. Empecemos todo de nuevo.

PRIMARIA

Obligatoria —privada, estatal o mixta, según se determine—, con exigencias mínimas e inamovibles:

* Asistencia: responsabilidad de los padres, con multas, pérdida de subsidios u otras sanciones a definir.

* Egreso: el alumno deberá leer y escribir en cursiva, leer en voz alta textos no vistos previamente, realizar dictados con corrección ortográfica, comprender conceptos abstractos básicos, y dominar las cuatro operaciones y la regla de tres simple.

* Economía: noción básica de finanzas personales y funcionamiento del mercado.

* Civismo y geografía: comprensión del sistema republicano, conocimiento de la geografía nacional, los próceres y los símbolos patrios. Un chico de La Quiaca debe saber que en Ushuaia hay nieve y salmones, en Buenos Aires subtes y en Mendoza viñedos; y viceversa. El regionalismo mal entendido divide; la Nación une.

Al concluir la primaria, el niño debe poder optar entre continuar estudiando o iniciar una carrera laboral según sus capacidades. El trabajo es la gran escuela: quien trabaja comprende rápidamente que para progresar debe seguir aprendiendo. Es el trabajo el que llama a la escuela, y no al revés. El trabajador entiende enseguida el valor de una buena formación para sus hijos, o el que habría tenido para él mismo si no la tuvo.

LA NUEVA SECUNDARIA

No obligatoria —privada, mixta o estatal—. Deberá ofrecer especializaciones que permitan al estudiante sumergirse en los conocimientos propios de la profesión elegida. La oferta educativa será libre, pero homologada por algún organismo que impida la venta de títulos. Los alumnos podrán armar su trayectoria con las materias que mejor sirvan a su vocación.

UNIVERSIDAD

No obligatoria, con examen de ingreso. Pública, privada o mixta. El financiamiento -estatal, privado o combinado- deberá fomentar la competencia por la excelencia. La investigación científica básica tendrá su sede en los ámbitos universitarios. Los institutos de educación superior podrán integrarse a las universidades con régimen propio.

En síntesis: el énfasis obligatorio y riguroso debe ponerse en la escuela primaria y, si el entorno y las circunstancias lo determinan, en el trabajo temprano.

Seguramente recibiré objeciones de docentes, maestros y especialistas que demostrarán, con sólidos argumentos, que estas ideas son de cumplimiento imposible. Y como quien escribe no es más que un ciudadano preocupado por el país que les dejará a sus nietos, no podrá rebatirlos.

Pero al menos, permítanme, como dice el tango, que este otario -un día cansado- se haya puesto a ladrar.