Espectáculos

"Hoy existe una vanguardia ramplona"

La dramaturga Eva Halac estrenó una obra sobre Jacobo Timerman en el contexto de los años "70. Directora artística del teatro Regio y ex subdirectora del Cervantes, se atreve a decir que en la escena oficial "hay muchísimo miedo a quedar como poco vanguardista", lo que -cree- provoca una competencia desleal con el circuito independiente.

 "Ahora hay miedo de quedar como antiguos", dice Eva Halac, titiritera, dramaturga y directora teatral, respecto de tanta vanguardia performática "moderna" en la escena actual. "Llenar un teatro es fácil", agregará después. Halac, quien desde hace años ocupa un espacio de mucha producción y de cruce de temáticas y lenguajes -con obras recordadas como "Café irlandés" y "Los Kaplan"-, acaba de estrenar "J. Timerman" en el Centro Cultural San Martín.

Su tema no es, por supuesto, sólo la obra que dirige y escribió, sino la actividad teatral en general. Sucede que además de creadora, Halac se distingue por su labor como funcionaria -fue subdirectora del teatro Cervantes y ahora es la directora artística -"curadora sin oficina", dirá- del teatro Regio. Siente el teatro, le interesa la escena actual y lanza opiniones fuertes. "Si me preguntan, respondo", advierte.

En diálogo con La Prensa, se muestra muy entusiasmada con su estreno que recuerda la figura de Jacobo Timerman -el director del diario La Opinión- y de una época muy particular: comienzos de los años "70. Su padre, el consagrado autor Ricardo Halac, fue periodista en esa redacción y, según confiesa, le contó todos los pormenores de lo que allí sucedía. A eso sumó una labor de investigación y contacto con otros testigos de la época que le brindaron el suficiente material para armar el texto.

AMOR Y ODIO
"Timerman tiene toda la carnadura de los personajes trágicos -asegura Halac-. Fue tan querido como odiado. Se convirtió en una especie de símbolo de cierta libertad, de mucha impunidad y también diría, de una combinación entre vanidad y verdad. Es un tipo que se hace a sí mismo, un self-made man sudamericano con una mirada europea. Es una postal. Toda la atmósfera de esa época a mí me seducía mucho, todo este aire de espías franceses. Hay algo de Casablanca, inclusive. Esta postal sin palmeras y sin mar que añora imágenes mejores".

-También aparece Lanusse como personaje.
-Sí. En realidad, tomo un período muy corto. El marco es el casamiento de la hija de Lanusse con el cantante Roberto Rimoldi Fraga. Hay gente que me pregunta cómo junté todo eso. ¡Y es que lo juntó la realidad! Ese casamiento se dio con dos levantamientos militares, con el cumpleaños de Perón, el aniversario del "Che" con los estudiantes tirando piedras a los bancos. Más allá de eso, siento que hay una resonancia muy actual con aquellos lenguajes y aquellos relatos. Siento que vuelve a haber un deseo y un deber ser. Hay sueños heroicos. Es inevitable.

-Timerman era terriblemente despótico, dicen.
-Sí, totalmente. El hace uso y alarde de eso. Creo que también pudo ser quién fue a partir de ese carácter y personalidad porque así como construía, destruía.

-Sería difícil trabajar para él. ¿Su padre qué le contó?
-Me habló mucho. Todo. El los conoció a todos. Era una generación de whiskys con el ruido de la máquina de escribir de fondo. Eso hacía a ese romanticismo. También estaba el riesgo del periodista. Eran muy jóvenes, ellos firmaban (sus notas) y hacerlo era riesgoso. En ese momento podías pensar que te iban a pegar un tiro.

-¿Cuánto hay de usted en este texto?
-Siento que me puedo identificar en distintos instantes de los personajes, por las pocas ocasiones que tuve de vivir espacios de poder como director de teatro, aunque fueran mínimos.

-¿Qué sintió?
-Lo que sentí siempre es que resulta difícil ser la autoridad aquí, ejercer la autoridad. Hay un juego donde el que tiene responsabilidad, pierde.

EL LENGUAJE
-¿Qué tono tiene la obra? El tema de qué lenguaje utilizar es un problema.
-Lo es. Pasa que ahora hay miedo de pasar por antiguo. Yo busqué un lenguaje que tuviera lo que estoy trabajando que es el simultáneo, donde las voces están equilibradas y el personaje es de acuerdo a cómo es para los demás. Se trata de una mirada artística sobre el comportamiento humano. No me interesa lo coyuntural.

-¿Por qué se da ese miedo del que habla? ¿Dónde lo ve?
-Existe una vanguardia ramplona. Hay muchísimo miedo a quedar como poco vanguardista. En general, no hay nada más común que querer quedar como diferente. La búsqueda tiene que ver con lo artístico. Hay una mirada artística que a veces pasa desapercibida. No me interesa hacer ninguna analogía con la realidad, creo que la realidad existe de por sí. Y hay que hacer teatro para la gente a la que le gusta el teatro. Hay un teatro para quienes no les gusta. Buscan disimularlo, lavarlo. Prefiero la tele para eso. O ver una serie.

-Usted fue subdirectora del Cervantes. ¿Cómo ve el trabajo de Alejandro Tantanian, el actual director?
-Lo único que vi es "La terquedad". Por supuesto que sé del movimiento que hay. Igualmente, siendo teatro nacional todavía hay una deuda con las provincias. La idea del Plan Federal que yo impulsé era producir en las provincias. Eso se fue degradando.

-Igual el Plan continúa.
-Pero de otra manera. Se eligen grupos. No está mal, la idea me parece buena, pero yo continuaría con la producción local. Que ese gran dinero que se le da a una producción vaya para generar polos culturales, y no está pasando.

-Usted apuesta al teatro clásico en el Regio. Por ejemplo, con "Un enemigo del pueblo", que fue un éxito.
-Es que el clásico tiene algo que puede ser resignificado, aunque debe estar vivo, por supuesto. Pero trae las ideas de un genio que está bueno que se sigan derramando; si no, al final, en los teatros oficiales terminamos haciendo la vanguardia que debería estar en los independientes. Se oficializa la vanguardia. Esto provoca una competencia desleal. Yo creo que llenar es fácil: el Regio está lleno desde que empecé. Es un éxito, aunque es una palabra que a mí no me gusta.

-Pero el riesgo es importante.
-Claro que sí. Las miradas de riesgo deben estar, pero competir en el riesgo con el teatro independiente no deja de ser gracioso. Hay algo del miedo a envejecer que aparece ahí.