La tributación, signo de servidumbre es el título del libro de Meir Zylberberg con prólogo de Ana Caprav. Hoy viene a cuento porque un Estado elefantiásico nos viene desmayando al país desde hace muchísimos años.
El autor resalta en primer término que administrar la cosa pública y cobrar por los servicios prestados, no es lo mismo que los procedimientos brutales de la tributación.
Nos muestra como la enorme presión impositiva trajo a la Argentina, empobrecimiento, delincuencia, desempleo, destrucción de las instituciones y decadencia de la supremacía de la ley formal.
También que el deterioro de las prestaciones del hospital público y del régimen de jubilaciones, el impuesto al valor agregado a los servicios de medicina prepaga privados y a la televisión por cable, son ejemplos, todos, de que los regímenes de sensibilidad social son un simple saqueo a la sociedad.
Sylberberg señala que los impuestos moderados constituyen una condición necesaria pero no suficiente para el progreso del país ya que el problema reside en identificar las funciones ineludibles que debe llevar a cabo el Gobierno, a favor de los ciudadanos, y adoptar los criterios apropiados para distribuir los gastos públicos.
Si bien, apunta, todo impuesto debe ser de bajas alícuotas, en Argentina, si existen recursos disponibles, crece el gasto público a la par que las tasas y el proceso no se acaba hasta convertir al país en socialista, dado que se anteponen las demandas de los políticos a la de los ciudadanos.
La censura pública a las ideas contrarias a las opiniones generalizadas, los convenios colectivos de trabajo, son resabios de la mentalidad de rebaño vigente en nuestra sociedad y también en otras. La preponderancia del papel de políticos y sindicalistas nos revela la profunda crisis de la responsabilidad individual.
La solidaridad con lo ajeno, llevada a cabo por los impuestos distorsivos, hizo ennoblecer la imagen de los recaudadores. El mito de la gratuidad permitió que se castigue o beneficie, impunemente, a buena parte de la sociedad. A la ignorancia del costo se lo denomina “gratuito”. Se olvida que en una sociedad libre de trabas, quienes más ganan son quienes mejor sirven a sus semejantes.
En una parte de la obra Zylberberg explica que el inicio de la debacle comenzó en Argentina en 1931 con los decretos de controles cambiarios: los impuestos internos a los réditos y a las ventas, se constituyeron en los tributos centrales de la nueva Argentina corporativa.
En 1932, mediante un decreto, se estableció el impuesto a los réditos a nivel nacional, con lo cual la decadencia institucional y económica se prolongó hasta nuestros días. Desde entonces la riqueza del país fue sinónimo de ingresos del Gobierno, sin tener en cuenta que los capitalistas extranjeros no se animan a invertir con impuestos progresivos y decisiones arbitrarias de los administradores del Estado.
El autor plantea las implicancias de que las leyes fiscales se convirtieran en supremas de la República, desplazando a las normas de derecho privado, las cuales cumplieron, desde entonces, un papel secundario. Más aun, con la reforma tributaria de 1999, el poder judicial se convirtió en mero espectador. Su actividad pasó a ser suplida por los nuevos jueces, los funcionarios de la Dirección General Impositiva, jueces administrativos que ni siquiera necesitan ser abogados. Pueden llegar hasta rematar los bienes del demandado administrativamente. Solo necesitan autorización judicial para llevar a cabo allanamientos, pero no para las restantes medidas cautelares. Incluso, el funcionario ejecutor quedó facultado para incautar, requisar y disponer, como si fuera una orden judicial y sin el contralor de ningún funcionario del poder judicial, pudiendo solicitar el secuestro de fondos por vía de internet y prevaleciendo esta ultima metodología, sobre cualquier otra.
La evasión, que es enorme, muestra que los representantes del pueblo están lejos de reflejar la voluntad de sus representados. Resalta Meir Zylberberg que al trabajo espontaneo, los políticos le llaman negro o ilegal y al trabajo condicionado por registros previsionales e impositivos, reglamentado, o convenido colectivamente, que nada tiene de blanco por su carácter opresivo, resulta que se lo considera formal, por lo cual la libertad de trabajo se ha convertido en una actividad condicionada por requisitos previos.
En las elecciones, sostiene el autor, no se eligen administradores de bienes públicos, comunes a todos los ciudadanos que garanticen la vida y la propiedad de las personas, sino gobernantes, especie de amos y señores que deciden sobre nuestras vidas, durante varios años.
Considera un grave error del constitucionalismo republicano consagrar la tributación como método idóneo para financiar los gastos del Estado, porque al dejar intactos los métodos brutales de la tributación, los regímenes democráticos contribuyeron, en gran medida, al sobredimensionamiento de las funciones del Estado.
En cuanto al gasto social, aspecto crucial del libro, lo considera un eufemismo que encubre la destrucción de las sociedades civilizadas, otro ejemplo demostrativo que la democracia tributaria es una nueva versión del autoritarismo.
La democracia sui generis argentina, tomó vuelo con los controles de cambio, las normas que introdujeron la política de monedas autónomas de emisión elástica y los impuestos progresivos sobre el ingreso y la riqueza de las personas físicas y jurídicas. Se da el hecho de que mientras los gobiernos se llenan la boca con los derechos humanos como política de Estado, siguen eliminadas las Declaraciones de Derechos y Garantías consagradas por la Constitución Nacional.
En cuanto al problema de la pobreza y su incidencia en el gasto público, argumenta Zilberberg, que los impuestos, al poner valla al trabajo útil, arrojan a los pobres al asistencialismo, lo que crea la necesidad de darles trabajo, vivienda, alimentos, entretenimientos e indumentaria para evitar que tomen el camino del delito.
En realidad, Argentina ha sido predominantemente administrada por gobiernos populistas donde la noción de reparto o distribución es fundamental: hay que sacarle al rico para darle al pobre, sin tener en cuenta que los que tienen más, salvo excepciones, han creado riquezas antes inexistentes y que sin su participación no hubieran existido.
Los gobiernos populistas se dedican a crear riqueza desde el Estado impulsando de ese modo la limitación de la propiedad privada y el control político del Estado. Meil Zilberberg lo analiza muy bien en su descripción del saqueo del Estado a la sociedad.
El Gobierno actual pretende un cambio radical para devolver al ciudadano el derecho a gozar del resultado de su trabajo, sin sufrir injustos impuestos sobre lo que produce.
El Congreso ha venido siendo un obstáculo por intereses particulares en muchos casos y por otro lado por las ideas retrogradas de casi la mayoría de sus miembros. Ojalá se produzca el cambio y se logre una buena y completa reforma tributaria, el Gobierno debería tener en cuenta que las elecciones dependerán de cómo vaya la economía: los argentinos votan con el bolsillo: crecimiento, baja inflación, nivel de vida más alto y una continua caída del desempleo.
El Estado debe pensar en impuestos razonables y sobre todo en que se incremente la riqueza de los argentinos para que puedan soportarlos.