Por Mariangel Marquez
El 25 de marzo sta no es solo una fecha: es una pregunta incómoda. ¿Cuándo empieza a valer una vida?
Si la dignidad depende de la fuerza, la conciencia o la voluntad, entonces no es dignidad, es condición. Porque lo que es condicional puede otorgarse o quitarse. Pero si la dignidad es propia del ser humano por el simple hecho de existir, entonces está presente desde el inicio, incluso cuando nadie la ve.
Ahí está el punto. No se trata solo de una discusión teórica o legal, sino del modo en que entendemos el valor de la vida humana. ¿Vale por lo que es o por lo que puede hacer?
En Argentina, la legalización del aborto marcó un antes y un después. No solo por sus implicancias jurídicas, sino porque estableció, de hecho, un criterio: hay vidas cuya protección puede ser interrumpida. Se trazó una línea. Y toda línea, cuando se trata de dignidad humana, obliga a preguntarse quién la dibuja y con qué fundamento.
Pero la contradicción no termina ahí. En un país que cuenta con una Defensoría de Niños, Niñas y Adolescentes (una institución pensada para resguardar a los más vulnerables) fue designada al frente una figura públicamente a favor del aborto. La tensión es evidente: ¿Cómo se encarna la defensa integral de la niñez cuando quien debe representarla sostiene que hay una etapa de esa misma niñez que puede ser excluida?
No es un señalamiento personal, sino un problema de coherencia institucional. Porque si los derechos dependen de una etapa, de una decisión o de una circunstancia, entonces dejan de ser universales. Y cuando dejan de ser universales, dejan de ser verdaderamente derechos.
NO MIRAR
De esa manera, el niño por nacer queda exactamente en ese lugar incómodo que la sociedad prefiere no mirar. No tiene voz, no tiene representación y en muchos casos, ni siquiera es reconocido como sujeto.
Se habla de derechos, de protección y de infancia, pero se hace una excepción silenciosa justo en el inicio. Y esa excepción no es menor: define quién entra en la comunidad de los que importan y quién puede quedar afuera sin demasiadas preguntas.
Por eso cada 25 de marzo no debería pasar desapercibido. No es solo una conmemoración. Es un llamado incómodo pero necesario: recordar que hay una vida que no tiene voz, pero sí valor; que no tiene lugar en el debate, pero sí existencia. Y que una sociedad se define, en última instancia, no por las excepciones que permite, sino por las vidas que decide proteger.
Este recordatorio nos enfrenta a la reflexión más profunda: si no defendemos la vida en su estado más indefenso, cuando no puede reclamar por sí misma, ¿en qué momento estaremos realmente dispuestos a reconocer su valor? Defender solo lo que ya es visible, fuerte o aceptable, no prueba la justicia de una sociedad; solo revela los límites de la coherencia ética.