Opinión
EL ANALISIS DEL DIA

¿Hasta dónde llega el nuevo nacionalismo de Milei?

Desde el jueves 3 de septiembre por la noche, Javier Milei se ha internado en un territorio que hasta entonces estaba fuera de sus mapas. Terra incognita. Incorporó a su discurso la palabra soberanía y puso en marcha procedimientos (preexistentes, pero hasta allí desestimados) de presión del Estado sobre intereses privados.

Ese jueves por la noche, el Presidente transmitió por la cadena nacional una enérgica reivindicación de la soberanía argentina sobre las islas Malvinas, sus espacios marítimos y los recursos naturales que yacen bajo sus aguas. Alegó una reacción (si bien se mira, tardía) frente al desarrollo de un proyecto petrolero en aguas de jurisdicción argentina convocado hace meses por el régimen isleño tutelado por Londres, en el que participan una firma británica, Rockhopper Exploration y una israelí, Navitas Petroleum. El tema no había sido hastg allí mencionado en las reuniones que el Presidente y sus funcionarios han mantenido, sea con Londres, sea con Tel Aviv.

No es una novedad conjeturar que lo que seguramente gatilló la movida presidencial fue el hecho de que Donald Trump, un día antes, había deslizado en rueda de prensa que Washington podría repensar y revisar su tradicional “neutralidad” frente al diferendo de soberanía por Malvinas (que, en los hechos y en momentos decisivos, amparó la conducta británica) para respaldar la posición argentina.

La guerra de Malvinas, que para el mundo era, en el mejor de los casos, tema de documentales o de programas de historia, irrumpió en la atención global y recuperó plena actualidad cuando los jugadores del seleccionado argentino que acababan de ganarle a Inglaterra en el Mundial exhibieron en el campo de juego un cartel improvisado por hinchas sobre un trozo de sábana de hotel donde se leía: “Las Malvinas son argentinas”. Ese gesto, que reprodujeron todos los medios del mundo, reflejaba en rigor un sentimiento nacionalista o patriótico que también reemergía vigorosamente en la sociedad argentina.

EL PESO DE UN SENTIMIENTO

El sentimiento y el gesto del Mundial ocurrieron antes de que Trump hablara sobre el tema Malvinas. Hasta es probable que la repercusión los haya inspirado a él y a su gobierno para emplear el asunto como instrumento de presión en sus discusiones con Londres por la renuencia del gobierno inglés tanto a contribuir más generosamente a sostener la OTAN como a colaborar con Washington en la empantanada aventura de la guerra contra Irán.

Milei actuó rápidamente, impulsado por esa doble inspiración. Si había callado cuando empezó a conocerse el proyecto petrolero kelper-británico-israelí, si había desfinanciado el Polo Logístico Antártico que puso en marcha el gobierno anterior y si su gobierno había censurado anticipadamente la agitación de insignias malvineras en el Mundial, no demoró en cobijarse con esas banderas cuando leyó mejor las encuestas de opinión y cuando la frase de Trump le despejó el camino.

Los hechos prevalecen sobre las palabras. Podrá opinarse que el giro nacionalista de Milei en relación con las islas Malvinas no guarda coherencia con actitudes y definiciones previas de su gobierno y de él mismo o que, como comentó el semanario británico The Economist, “refleja el debilitamiento de su posición política interna” registrado en los estudios de opinión pública.

Al meterse en esta pelea, Milei invierte la hermética seguridad que le proporcionan las definiciones de economía teórica y se arriesga a ser cuestionado por inconsistencias, al misturar las recetas libertarias con las razones de Estado. Si responde a una mirada estratégica nacional más que a una especulación táctica, es una apuesta interesante.

Lo cierto es que la jugada presidencial -que para el imaginario de muchos está combinada con la Casa Blanca- ha producido efectos inmediatos tanto en el plano de la política doméstica como en el escenario internacional. Trump no ha vuelto a mencionar el asunto.

Tras el discurso del Presidente, cayó la cotización de las empresas que participan en el proyecto Sea Lion, aunque el consorcio británico-israelí aseguró que “las recientes medidas anunciadas por el Gobierno argentino no modificarán de manera significativa el desarrollo del proyecto. La sociedad opera en virtud de licencias petroleras válidas, otorgadas legalmente por el gobierno de las islas, un territorio británico de ultramar autónomo, y con el pleno y continuo apoyo del gobierno del Reino Unido”; el gobierno inglés, por su parte, insistió con énfasis en que “la posición del Reino Unido sobre las islas es inquebrantable. Son británicas y seguirán siéndolo porque esa es la posición abrumadora de los isleños. Su derecho a la autodeterminación es primordial, fundamentado en el derecho internacional, y lo defenderemos con firmeza”. Milei ha recuperado la postura clásica argentina, que no reconoce a los isleños derecho a la autodeterminación por tratarse de una población implantada tras la usurpación.

El expremier británico Boris Johnson, conservador y cofrade de Milei (lo visitó en la Casa Rosada y el Presidente lo invitó a saludar la Plaza de Mayo desde el balcón) teme menos al presidente argentino que a eventuales consecuencias de su movida. “Milei es anglófilo y admirador de Thatcher -escribió, tranquilizador, en el Daily Mail-. No creo ni por un segundo que quiera una confrontación con el Reino Unido por este tema. Pero también enfrenta una difícil campaña de reelección y puede considerar necesario avivar el sentimiento público de la manera tradicional de los nacionalistas”. Por este motivo, Johnson conjetura el riesgo mayor de “algún tipo de provocación” que podría desembocar en “otro trágico error de cálculo argentino”. ¿Piensa Johnson que Milei puede ser desbordado por las fuerzas que desata con su giro político?

EL PESO DE ALGUNAS PALABRAS

Pese al deliberado equilibrio que quiso trasmitir el discurso de Milei del jueves último, algunas frases introducen una alarma dramática. El Presidente pide colaboración (interna y “de nuestros amigos”) para “disuadir a los actores estatales y no estatales que violenten nuestra soberanía”, porque “hoy nuestra causa nacional enfrenta un peligro claro y urgente y demanda una respuesta proporcional. No lo vamos a permitir“ y “cualquier avance adicional sobre las Islas Malvinas, será considerado como una violación a nuestra seguridad nacional”. Ese lenguaje implica un compromiso y, en su momento, la consiguiente accountability (rendición de cuentas).

Una primera medida de defensa es encarecer los costos de las empresas que usurpan recursos argentinos y hacerles difícil (o imposible) su acción ilegítima. La Cancillería ya comenzó a advertir a unas 180 empresas asentadas en Argentina de las consecuencias legales y económicas que podrían enfrentar si mantienen relaciones comerciales con proyectos no autorizados por el país.

“No hay por qué dudar de la consistencia técnica de la arremetida penal de la Casa Rosada -escribía Carlos Pagni en La Nación-. En todo caso, esa consistencia se podrá calibrar por un detalle: las excepciones que se vayan decidiendo”. El columnista se preguntaba si no hay bancos y compañías de trading que, involucradas en el proyecto kelper, no están relacionadas con Vaca Muerta.

Es seguramente cierto que, como varios observadores sospechan, el giro nacionalista de Milei tiene relación con la situación política interna y con el desafío de la reelección que su gobierno se ha impuesto como objetivo prioritario.

El Presidente ha pedido “una pausa” en las discusiones: “hagamos nuestras armas a un lado y mostremos un frente unido ante el mundo, como nación, y como sociedad. Porque hay causas que están por encima de cualquier diferencia política. Malvinas es una de ellas”.

¿Cómo haría la oposición para hacer oídos sordos a esa solicitud? Especialmente el peronismo, cuando Milei está aplicando normas que fueron consagradas bajo gobiernos de ese signo, se propone continuar iniciativas (la base aeronaval en Ushuaia) lanzadas en esa misma etapa y, más allá de ello, cuando el peronismo se ha ufanado de ser la fuerza más comprometida con la causa de Malvinas. El Presidente no pide que se acuerde con él en otros asuntos (“podemos discutir sobre cualquier otra cosa”, admite); reclama unidad para enfrentar la amenaza al interés nacional que crece en el Atlántico Sur.

Aunque la jugada presidencial ha puesto nuevamente el mazo en sus manos, la oposición está diferenciando el tema Malvinas de las cuestiones domésticas en pugna. Esta semana impuso en diputados su quórum para forzar la discusión del tema de la atísima morosidad generalizada en la población y la situación de la discapacidad. La Libertad Avanza admitió el hecho y se allanó a ese debate.

De hecho, la necesidad de este giro empuja a Milei hacia la idea de encontrar denominadores comunes en el campo político. “Por eso quiero invitar a toda la dirigencia política, económica y social de la Argentina a sumarse con una misma voz a este reclamo”.

Si se quiere, podría entreverse una oportunidad para gestar una mesa que encuentre esa voz común para el reclamo y que, en paralelo, analice aspectos que contribuyen al fortalecimiento nacional porque, como destaca el propio Presidente, “un país empobrecido no tiene capacidad de imponer costos a quienes intentan vulnerar su soberanía” y necesitamos “covertirnos en una gran nación capaz de defender de verdad nuestra soberanía”.

Si el Presidente ha buscado con su giro y sus propuestas evadirse del declive en que se encontraba en la opinión pública, quizás contribuya también a que las fuerzas opositoras encuentren otro plano de acción, más propositivo que crítico, y convergente con el objetivo de unión nacional.

Como escribió en estas páginas el coronel Gabriel Camilli, “el mensaje presidencial recupera principios históricos verdaderos. Pero la soberanía no se demuestra mediante anuncios: se ejerce con continuidad, autonomía de decisión y poder nacional”. El tema Malvinas y su proyección sobre el futuro de Argentina demandan participación, debate y unidad en la pluralidad. Por una vez, los argentinos podemos encontrar un tema que conecta lo propio. Y tenemos la chance de identificar un rival ajeno.