El futuro de nuestro país dependerá de la suerte que tenga el actual gobierno para cambiar el sistema fracasado en el pasado pero prendido en la mente de todavía muchos argentinos. Sobre todo en la de próximos candidatos para las elecciones del 2027.
El problema fundamental que la Argentina tiene, de cara al futuro, es convencer que la alternativa es la elección entre prolongar el sistema autoritario que se ha presentado durante años bajo la forma aparentemente democrática o la implantación de un verdadero sistema liberal.
Los argentinos tendrán que elegir otra vez el año que viene entre acentuar la decadencia o el resurgimiento de un país tan castigado por la política intervencionista, dirigista, de desorden monetario y con fuerte tinte autoritario de los gobiernos kirchneristas.
Las alternativas que existen y proclaman defender ideas liberales, en la práctica son socialdemócratas, por lo cual no sirven para hacer progresar al país. Ya lo han demostrado. El sobredimensionamiento del Estado, justificado con ideas socialistas y keynesianas, ha destruido la economía, aumentando la inflación y disminuido la productividad.
Los avances del Estado sobre la economía, las múltiples regulaciones, las interferencias de todo tipo al mercado y la inflación han ahogado la vida de los argentinos y llevado a repetidas crisis.
Lo interesante es que poco a poco, desde fines de los ‘80 en adelante, hubo un cambio en parte de la opinión pública: ha cobrado importancia el deseo de que el Estado vuelva a las funciones que le son propias, se desregule la economía, se limite la burocracia y el poder del sindicalismo, entre otras cosas saludables para la República.
Ello está siendo aprovechado por el Gobierno para intentar revertir las políticas negativas para el progreso y poder introducir las reformas estructurales que cambiarán la matriz antiliberal que tiene el país desde hace tantos años. Ello, hay que subrayarlo, va a llevar enorme sacrificio y mucho esfuerzo, como lo estamos observando.
La capacidad de sintetizar depende en gran parte de la aptitud de explicar cómo no todo aquello que suena como algo posible es correcto y muchas cosas que son correctas no parecen plausibles la primera vez que se las presenta. El enfoque excesivamente teórico del presidente pasa por alto, muchas veces, la tensión que lleva consigo la toma de una decisión en momentos cruciales como este.
Lo que pueda ser importante para la política no solo depende de una verdad académica sino también de lo que pueda imponerse bajo un clima de tensión. A veces su utilidad depende de un criterio exclusivamente psicológico.
Para ser políticamente inteligibles sus propuestas deben ser comprendidas y aceptadas por la gente. La explicación del plan económico y su publicidad son de suma importancia pues de ello depende la confianza que la opinión pública le otorgue al Gobierno y la afluencia de capitales al país.
Para satisfacer las necesidades de la población se necesitaría no solo bajar la inflación sino también generar trabajo y productividad. Vivimos en un círculo vicioso donde no se puede ahorrar y formar capitales, la recesión y la todavía alta inflación lo impiden. Para colmo no se puede atacar ambos problemas careciendo de capital.
Hacia allí se está dirigiendo el esfuerzo, se están tomando medidas para que regresen los capitales argentinos y lleguen capitales extranjeros; vendrán si se afianza la confianza, se ofrece seguridad, estabilidad política y jurídica, como también expectativas de un retorno apropiado. El Estado, además, debería deshacerse de todas las actividades económicas que aún, indebidamente, realiza y transferirlas al sector privado, transformar a fondo la economía.
Las resistencias y obstáculos que provoca parte de la oposición pueden ser motivo que determine el fracaso de los planes de transformación.
La actual administración ha realizado mucho: dejó de emprender obras faraónicas y empresas antieconómicas, sobredimensionadas, por razones meramente políticas. No financió más el déficit, disminuyendo de ese modo el índice inflacionario; derogó la ley de alquileres; eliminó las regulaciones de precios; desreguló el sector aerocomercial y abrió la economía, simplificando además el comercio exterior y liberando también el Mercado de Capitales y Seguros.
Acaba de presentar el proyecto para cambiar la Carta Orgánica del Banco Central, consiguió la aprobación de la Ley Laboral, la regulación de servicios esenciales, la eliminación de los intermediarios y la reducción del Estado, entre muchísimos otros logros.
Es cierto que muchas de sus medidas trajeron recesión y afectaron la actividad industrial, el consumo masivo y al poder adquisitivo, pero fueron necesarias para la recuperación, la cual se hará notar en un mediano plazo. Recién están apareciendo los primeros signos del progreso, en una carrera cuyo significado no todos comprenden.
No se arregla el tsunami kirchnerista en 4 años. Tampoco se puede pretender que se cumpla, en absoluto, con todo lo prometido. Creer en las soluciones totales sería como pedirle peras al olmo. Lo importante es que se realice todo lo que humanamente se pueda, dejando el camino libre de malezas para que en el futuro se pueda consumar, con más facilidad, por lo ya hecho, el cambio que se anhela.
El Gobierno sólo puede tener éxito si logra un consenso con respecto a los objetivos que pretende, tanto en el interior como en el exterior del país. Debería preguntarse qué grado de complejidad se puede afrontar sin compañía.
La histeria de Argentina es, en parte, consecuencia de una estructura interior en donde los partidos carecen de la responsabilidad necesaria y los ministros se ven obligados a mantener el equilibrio entre un presidente que actúa, en demasiadas ocasiones, individualmente, con un estilo poco conciliador y un Congreso donde al presidente le es muy difícil obtener, sobre buena parte de sus representantes, influencia gubernamental. La negociación debería ser el mecanismo de la estabilidad ya que presupone el mantenimiento del orden.
Javier Milei parece creer que la forma más fácil de obtener consenso es por medio de arranques de pasión, ellos pueden inquietar a los países que quieren tener alguna relación comercial con Argentina y a buena parte de los votantes. Además, la política exterior se hace inestable cuando en su estructura interior no se hace nada para parar las improvisaciones caprichosas e incluso se le otorga un premio a las mismas.
Para Argentina sería conveniente reducir las confrontaciones a un mínimo, lo mejor sería seguir con una cooperación estrecha con los países occidentales, como se está haciendo con Estados Unidos, minimizando costos y riesgos.
La confrontación en política no nos hace ganar nada, solo satisfacciones emocionales que no llevan a ningún lado, no tienen nada que ver con el honor y la dignidad nacionales, por el contrario, nos alejan de inversiones y aumentan los costos y riesgos en vez de reducirlos.
El Gobierno necesitará, si quiere ganar las elecciones, desplegar todo el arte expositivo para sintetizar y hacer comprensible lo que se está haciendo y adónde se pretende llegar, sin olvidar corregir errores y señalar con énfasis las consecuencias positivas que las medidas aportarán en un futuro no muy lejano. Por el bien del país, como gran parte de los argentinos, le deseo lo mejor.