Con el ascenso de las derechas en el mundo, tanto académicos como periodistas y analistas políticos pasaron del desconcierto inicial a un interés creciente por interpretar este fenómeno al que muchos siguen viendo como algo anómalo. En la Argentina son numerosos los títulos que se publicaron en los últimos años con la intención de examinar este evidente avance discursivo o electoral de la derecha, tanto a escala local como global.
La rebeldia se volvió de derecha, de Pablo Stefanoni, Está entre nosotros. ¿De dónde sale y hasta dónde puede llegar la extrema derecha que no vimos venir, de Pablo Seman o Desquiciados: los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha, compilado por Alejandro Grimson, son títulos que hablan de un estupor. Con o sin ese pasmo, el renovado interés por el tema terminó por engrosar la bibliografía que ya existía desde décadas anteriores, proveniente del ámbito de la historia y de las ciencias sociales.
El historiador Ernesto Bohoslavsky y el politólogo Sergio Morresi, ambos profesores e investigadores del Conicet, consideraron entonces oportuno reconstruir la historia de las derechas con una obra que ofreciera una nueva síntesis de la bibliografía conocida. El resultado es Historia de las derechas en Argentina. De fines del siglo XIX a Milei (Fondo de Cultura Económica, 310 páginas). La obra repasa la historia argentina, centrando la mirada en la pluralidad de fuerzas que se manifestaron dentro de este sector, en sus transformaciones y estrategias de gravitación.
INTERROGANTES
Las preguntas que se plantean son interesantes: ¿desde cuándo existe la derecha en Argentina? ¿De cuántas derechas hablamos y qué significa ser de derecha? Pero también ¿por qué las derechas vuelven a ser una fuerza decisiva?
La primera dificultad que se les presenta, claro, es definir qué es ser de derechas y más todavía en nuestro país, donde hasta hace muy poco tiempo nadie osaba reivindicarse como tal.
Los autores admiten que en el mundo académico se viene buscando identificar cuáles son las ideas comunes, los rasgos, las actitudes, que identifican a este campo ideológico. Estos rasgos serían, para algunos, el mayor o menor apego a la religión; para otros, la creencia en el carácter natural o conveniente de las desigualdades; y para otros, una cierta mirada antropológica, resumen los autores.
Bohoslavsky y Morresi se decantan por considerar que el mínimo común que hay entre todas las fuerzas de derecha, aquello que las define, es su “rechazo” o “desconfianza” hacia la “igualdad y la inclusión en términos sociales, económicos o políticos". Una caracterización que resulta equívoca, porque asimila posturas que no son asimilables, pero que les sirve a ellos para navegar entre las discusiones alegando que el espacio ideológico donde conviven esas fuerzas sería como un campo magnético que atraería a los desiguales.
Bajo este supuesto, sostienen que en nuestro país hubo a lo largo de la historia, en esencia, dos grandes familias de derechas en tensión, la liberal-conservadora y la nacionalista-reaccionaria, cada una con sus subgrupos internos, que con Milei por primera vez "parecen haber abandonado su recíproca belicosidad y han unificado consignas".
Los autores observan, con razón, que en La Libertad Avanza "conviven ideas y prácticas que por muchas décadas eran consideradas incompatibles: libre mercado y antiglobalismo, nacionalismo conservador y alineamiento con Estados Unidos e Israel, antiestatismo y exaltación de las Fuerzas Armadas". Habría que reconocer a los autores que, ya solo por constatar estas paradojas -que son a la vez inexplicables e ineludibles- se acercan mucho a la perplejidad mayor que presenta hoy nuestra realidad y que no se atreven a afrontar ni siquiera los protagonistas.
"El tiempo dirá -advierten con prudencia- si estamos ante el final de la división en dos familias o si solo se trató de un breve idilio iniciado durante la pandemia del covid-19".
Para desembocar en esa constatación, rastrean los orígenes y el derrotero de estas dos familias. Y lo hacen remontándose hasta fines del siglo XIX, cuando se consolidó finalmente un orden político estable, después de décadas de conflicto interno, bajo el liderazgo de fuerzas políticas liberal-conservadoras.
El presupuesto desde el que parten es que la Argentina tuvo “de alguna manera muchas fundaciones”, empezando -dicen los autores- por 1810 con el primer gobierno criollo. Es importante señalar que no se consideran, así, los 300 años de historia transcurridos desde la fundación de Buenos Aires, ni el quiebre que significó la Revolución, ni nuestra ascendencia española, ni la tradición. Se interesan en cambio en otros “hitos fundaciones” hacia adelante hasta 1912 con la sanción de la ley Sáez-Peña que abrió el camino para ampliar el derecho al voto.

GRAMATICA LIBERAL
A partir de ese presupuesto señalan que, desde aquel “primer” hito “fundacional” de 1810 hasta 1916, se fue dando una “hegemonía de una gramática liberal”, según la cual “la Argentina nació liberal” y tendría un destino en esa línea ideológica, gramática que -dicen- no fue discutida. ¿Y por qué no?
Según los autores, porque ese liberalismo era un entramado de posturas diferentes, donde había algunos más proclives a la modernidad y otros a la tradición.
El argumento es que ni las élites argentinas tuvieron un afán reformista tan radical como en Chile, México o Colombia, ni debieron enfrentarse a un conservadurismo puro, en toda regla, porque la Iglesia católica no tenía tampoco la fortaleza suficiente para ponerle un freno a las autoridades republicanas.
Con este punto de partida, la tesis que sostienen para su primer período de estudio, que va de 1880 a 1916, es que hubo entonces “un liberalismo no tan liberal” o “no tan anticlerical”, precisamente por aquel entramado de intereses mencionado antes, que fue armonizado por el Partido Autonomista Nacional.
“No tan liberal” como pudo haber sido, parecen querer decir. Porque sí admiten que hubo reformas de alto impacto, como el matrimonio civil o la instrucción pública laica obligatoria, que valoran en forma positiva. Y, en paralelo con este liberalismo “no tan liberal”, hubo -según sostienen- un “Episcopado que tampoco fue tan duro” porque, durante el orden conservador, para unos y otros la preocupación era el desafío que planteaban “la cuestión obrera” y el radicalismo.
Cuando se produjo finalmente el auge del radicalismo en las primeras décadas del siglo pasado, en un contexto en que las fuerzas liberal-conservadoras ya no podían fidelizar a un electorado que se había ampliado, sobrevino el cimbronazo de la Primera Guerra Mundial y su impacto en el comercio. Fue entonces que “germinó” -dicen los autores- en el seno de esa “sociabilidad liberal-conservadora” una sensibilidad nacionalista-reaccionaria, disconforme primero con la calidad moral y política de la ciudadanía y luego con la experiencia republicana.
“Germinó” es la palabra que usan para aludir a una reacción nacionalista contra el orden conservador y contra el positivismo, que reivindicó a la Argentina concebida como inseparable del legado hispano-católico. Un legado que había fructificado en estas tierras durante 300 años -un período que todavía hoy es mayor al de toda nuestra vida independiente-, pero que los autores llaman “mito” fundador.
Como parte de esa reacción mencionan desde los Cursos de Cultura Católica (1922), que fueron un intento del mundo católico por influir en la cultura, hasta la Liga Patriótica Argentina (1919), dirigida por Manuel Carlés, fuerza paraestatal de choque, nacida tras la Semana Trágica para enfrentar el desorden y la agitación de trabajadores extranjeros, en un contexto de temor a una intentona soviética.
En esa reacción ubican también a un nacionalismo antiliberal, antidemocrático y antipopular que los autores ven como “la derecha más extrema”. En ese último sector mencionan al grupo que se nucleó en La Nueva República, donde estaba entre otros el historiador Julio Irazusta. De todas esas vertientes de desencanto con el régimen conservador se llega, según Bohoslavsky y Morresi, a la primera “tentación autoritaria” y a la dictadura de Uriburu.
ESTRATEGIAS
La travesía que proponen los autores -aun cuando está concebida para un paladar progresista-, es un sustrato que resulta auspicioso para ulteriores reflexiones.
Bohoslavsky y Morresi avanzan a lo largo de seis capítulos analizando estas dos corrientes, las ideas, debates, prácticas políticas y estrategias que utilizaron para afrontar la coyuntura nacional o global.
Después de repasar el orden conservador de 1880-1916, los autores se detienen en el período 1930-1943, marcado por el regreso del conservadurismo, el fraude y la corrupción, en un contexto de creciente impugnación que provenía del nacionalismo reaccionario, un sector contrario tanto a esa clase política dominante como al régimen liberal y republicano todo, al que consideraban necesario combatir con medidas extraordinarias.
Sobre ese auge nacionalista que, dicen, tuvo un proceso de popularización a mediados de los años treinta, sostienen que no llegó a traducirse en un éxito electoral en gran parte por su tendencia a la fragmentación. Pero afirman que sí dio lugar a un revisionismo histórico que trazó una filiación histórica “novedosa” al postular que hay un país auténtico y potente, sepultado bajo las instituciones liberales y republicanas. Y admiten que, si bien no logró muchos adherentes, a partir de fines de los años 50, y tras una serie de transmutaciones, llegó a trascender su esfera de influencia y “comenzó a formar parte del sentido común de una parte importante de la ciudadanía”.
El repaso histórico que proponen continúa, a la sombra de la Segunda Guerra Mundial, con el golpe del 43 y luego con “el terremoto” que significó el peronismo y sus oscilaciones a lo largo de los años, que cristalizó diferentes posturas en las derechas. Estas posturas van desde la oposición que encarnó la tradición liberal-conservadora, que consideró siempre al peronismo como “inadmisible”, hasta los matices que se manifestaron dentro de la familia nacionalista. Así, figuras como Ernesto Palacio se incorporarían al peronismo, mientras que otras como el padre Leonardo Castellani mantendría un “apoyo selectivo y crítico”, y otras como los hermanos Irazusta llevarían adelante críticas intransigentes.
El recorrido que ofrecen ambos profesores avanza por la Guerra Fría y muestran cómo el factor aglutinante de la política fue cambiando del antiperonismo al anticomunismo, sobre todo con el regreso a la presidencia de Perón.
Parecen sorprendidos al constatar que, en ese proceso, el gobierno peronista -“de forma paradójica”, dicen- fuera convergiendo ideológicamente con las voces del nacionalismo reaccionario que denunciaban la infiltración comunista y reclamaban medidas represivas. Algo “en lo que coincidían varios políticos radicales y liberal-conservadores”. Es muy notable el reconocimiento de que llegó a formarse una “coalición contrarrevolucionaria” que incluía a buena parte de la clase política.
Tras analizar el intento refundacional del Proceso militar y su crueldad, en los últimos capítulos se analizan los años de la vuelta a la democracia, del neoliberalismo (1983-2001), y del renacimiento de las derechas (2001-2023).
En coyunturas tan cambiantes, los autores del estudio señalan que las derechas, sin llegar a formar coaliciones estables o duraderas como en Chile, Colombia, Uruguay o México, oscilaron entre la tentación “purista” -el mantenimiento de sus principios innegociables, “aun cuando estos cambiaran con el tiempo”-, y la tentación “pragmática” para dar lugar a una “convergencia” que permitiera derrotar o contener a un enemigo compartido, aunque fuera de modo transitorio.
Ejemplos de “convergencia” serían las presidencias de Yrigoyen y los primeros meses de la dictadura de Uriburu (1928-1931), como así también el inicio de la Revolución Argentina (1966-1969) y el último proceso militar (1976-1978). Y, en menor medida, también sería expresión de una convergencia la que se produjo contra los gobiernos kirchneristas.
DEMOCRACIA
En ese contexto, se considera la relación irregular que las fuerzas de este campo ideológico tuvieron con la democracia, principalmente -dicen- por su propia fragmentación y por no forjar una alternativa perdurable. Lo que se tradujo en buena parte del siglo pasado en esfuerzos por “copar, condicionar o ingresar a gobiernos de partidos mayoritarios o promover dictaduras”. Pero admiten que esa relación irregular con la democracia lo fue, en ambas “familias”, por motivos diferentes.
En el caso de los nacionalistas, recelosos de comunistas y liberales por igual, los autores ven que muchas veces adoptaron esa actitud por su convicción de que se debe superar el régimen “demoliberal” y el pluralismo democrático al que consideran peligroso. En cambio, en el caso de los liberal-conservadores señalan que impulsaron estrategias no democráticas para imponer ideas que no tenían arraigo, y lo hicieron en nombre de la república o del crecimiento económico.
Esta dinámica irregular con la democracia, según observan, se rompió desde 1983. En el período posterior destacan el crecimiento de la Ucede, cuyos postulados ayudaron a moldear una mentalidad que impregnó toda la década siguiente. Y luego la creación del Pro, al que los autores ya se animan a calificar como la experiencia de derecha más “longeva” en muchos años, si bien admiten que en el presente su continuidad no está asegurada.
El Pro sería, según estos autores, la primera expresión, aunque germinal, de “un pueblo de derecha”, al que ven como posperonista más que antiperonista, microfragmentado y sin pertenencia de clase.
Lo que siguió a esa experiencia es la curiosa convergencia del presente entre las dos familias de la derecha, o lo que los autores denominan el “fusionismo”. Esta novedosa composición tiene, entre otras singularidades marcadas por los autores, una expresión juvenil, popular, surgida de las redes, orgullosa, chabacana, provocativa -tanto hacia la izquierda como hacia la derecha dominante-, encarnada sobre todo por los llamados “picantes del liberalismo”.
Lo que ven como novedoso en este fenómeno de la nueva derecha sería su pragmatismo, al que ven replicado en amplios sectores sociales, y que -a juicio de los investigadores- parece señalar el inicio de una etapa distinta a las anteriores. Esto es lo que abre el interrogante de hacia dónde irán las derechas y si asistimos al inicio de un proceso no ya de convivencia sino de integración.
Bohoslavsky y Morresi no responden esa pregunta, que es un poco prematura en este momento, aunque el creciente rumbo de divergencia entre Milei y Villarruel parece apuntar a lo contrario. Pero el recorrido histórico que proponen es muy interesante y deja otras preguntas abiertas. Por ejemplo: si la inclinación de los conservadores a sumarse a gobiernos de impronta liberal no ha impedido históricamente el crecimiento de la otra familia de la derecha, y si no hay otros factores que han pesado más que el sólo “purismo doctrinal” para explicar la falta de avance de este último sector.
Hacia el final del ensayo los autores se acercan a explorar esa posibilidad al mencionar dos interpretaciones sobre por qué las derechas no lograron imponer a sus líderes en elecciones abiertas: una es la fragmentación y la otra es la fortaleza de la élite económica para “controlar el juego”. Una élite -dicen- que comparte con la rama liberal “afinidades electivas”, y que “cumple el papel de una derecha no electoral”.
Tirar de este último hilo, ver hasta dónde llega en el exterior, obligaría a un replanteo mayor que ayudaría a entender muchas cosas, no sólo el presente sino incluso la desconfianza creciente de algunos sectores en el sistema.
En cualquier caso, la rareza de la alianza que sostiene a Milei se presenta en este ensayo como el punto de llegada, aunque bien podría suponerse que fue más bien el punto de largada “para imaginar otros caminos posibles”, como admiten explícitamente los autores.