Opinión

Había una vez… una bella, una bestia y un caballero

Sé bien que el plagio es robo, así que lo aclaro: este relato es la explicación del título de un libro de un brillante teólogo: el Cardenal Giacomo Biffi. Lo subtituló “ensayo de teología inactual.” La transcribo recortándola un poco, así que no me animo a ponerle su firma. Él fue un escritor exquisito. Sí les prometo, que más adelante nos dedicaremos a comentar algo. Aquí va:

“Todo comenzó con una pesadilla durante una siesta en verano. Normalmente mis sueños son serenos, pero esa vez no, hasta el punto de que me es imposible olvidarla.

Era un viernes del verano y, para contar las cosas tal como son, había comido con apetito un buen plato de ñoquis con estofado. Apenas hubo desaparecido el último ñoqui, mi vieja concien#cia de cristiano preconciliar me advirtió enseguida con tono severo que aquel poco de carne bastaba para hacerme violar la ley de la abstinencia. Ahí mi conciencia de católico bien informado, se apresuró a recordarme caritativamente la posibilidad que se me daba de sustituir la tradicional abstinencia con cualquier acto piadoso o penitencia.

A decir verdad, no sé cuál de las dos conciencias era mejor: si la primera había logrado aguarme el placer de la comida, para la segunda me quedaba todavía la obligación de hacer algo.

Ahí fue que la conciencia ´postconciliar´ me dio una sugerencia por la que se me reveló culturalmente complicada y con alguna propensión al masoquismo: un ejercicio de mortificación y a la vez un acto de gran mérito intelectual, la lectura de cualquier teólogo contemporáneo de renombre. Me resigné así a leer un capítulo del tratado sobre la Iglesia de uno de los más famosos. Y como ciertos trabajos conviene liquidarlos cuanto antes si no quiere uno exasperarse en su tormento, me sumergí en la lectura y… me quedé dormido.

 

LA PESADILLA

Creí ver ante mí un páramo desolado, donde sólo había dos criaturas vivas, muy distintas entre sí. De un lado había una muchacha bellísima, atada de modo cruel, que lloraba, gemía y pedía ayuda destrozándome el corazón. Del otro, una bestia horripilante que la miraba golosa con la complacencia de quien, hambriento, se encuentra al fin ante un banquete apetitoso.

El terror al monstruo me inducía a la fuga, mientras que la voluntad de correr a salvar a la bella muchacha me empujaba a arriesgarme. Y así no conseguía dar ni un paso. Y cuando un golpe de coraje -que a veces experimento en sueños- me llevaron a la decisión más valiente y más noble, resultó que un extraño entumecimiento retenía mis miembros y me impedía mover. Entre tanto, la fiera se acercaba implacablemente a su codiciado manjar, y crecía el lamento desesperado de la muchacha.

Inerme, atónito, desalentado, me revolvía de piedad, de rabia, de horror, mientras un sudor frío me helaba. No era capaz de liberarme. De pronto, llamado por los alaridos de la doncella, apareció el perfil de un caballero, refulgente en su armadura, montado en su gallardo palafrén, con un escudo dorado y ´un blanco penacho por casco´: era la viva figura de la salvación.

Vi el alivio en el bello rostro femenino, como la nueva luz de un cielo que se serena hace brillar las últimas gotas de lluvia. Vi a la fiera revolverse con rabia ante el obstáculo imprevisto. Y me preparé para asistir al combate, al triunfo seguro del libertador, a la gratitud de la doncella.

Pero la pesadilla no había terminado: a causa quizá de la trabajosa digestión o quizá por el peso de la lectura que acababa de hacer, la agitación onírica estaba lejos todavía de calmarse en un sueño tranquilo y desaparecer. Por el contrario, comenzaba de nuevo.

 

LA PESADILLA SE MODERNIZA

El caballero no se aprestó enseguida a la batalla, sino que analizó la situación. Y, por un prodigio sólo posible en los sueños, yo seguía sus pensamientos como si fueran los míos.

´Lo primero -se decía el joven- es no precipitarse: mala cosa es tomar partido antes de haber examinado bien la cuestión y de haber observado a los contendientes. Hay que huir de la intolerancia de quien divide sin matices el bien del mal y encuentra todas las razones y todos los entuertos, toda la verdad y todo el error, toda la belleza y toda la fealdad a esta parte sola o a aquella.

Quizá si se hubiera encontrado en esta situación uno de los muchos caballeros antiguos, famosos por su gran bondad y por su ingenuidad todavía más grande, ciertamente habría tomado partido de inmediato por la muchacha que llora y habría atacado con todas sus fuerzas a la bestia. Y así habría repetido una vez más la hazaña obvia, consabida, ya mil veces contada; lo que representa la culpa más grande que puede cometer un espíritu avanzado. Pero no la cometeré yo, que he hecho de la falta de prejuicios y del anticonformismo mi divisa.

Examinemos de cerca a esta mujer que se queja y llora. Llora, sí; pero también mi mujer llora muchas veces, y precisamente durante sus más tercos caprichos. Parece aterrada y sin defensa; pero hay algo en su rostro que me recuerda a mi suegra. Es una semejanza inquietante: también mi suegra asume con gusto el papel de víctima desvalida de injusticias imaginarias.

Como bella es bella; pero su belleza no pasa el examen de una mirada experta. En cuanto a su virtud, mejor no investigar; ¿y si ella se metió sola en este lío? Parece no saber luchar, pero si yo fuera el dragón no me fiaría.

Pobre animal: en todas las historias de caballería y en todas las pinturas sacras es la víctima predestinada de los campeones del fanatismo. Todos le aborrecen, y sin embargo también él tendrá una madre que le quiere. Por lo demás, en sus ojos de fuego, y en sus colmillos brillantes y afilados, es posible ver una especie de terrible y fascinante belleza.

Y esto sin hablar de que este monstruo, tan malvado en apariencia, no trata en el fondo más que de procurarse con qué vivir, movido quizá para saciar el hambre de sus monstruitos. Impedírselo podría juzgarse como una acción ecológicamente incorrecta….´

Así reflexionaba el caballero. Poco a poco volvía el terror a la muchacha y comenzaban otra vez a brillar de esperanza los ojos hambrientos del dragón. Por mi parte, había pasado del primer respiro de alivio a la consternación.

´Será posible -me decía- que ahora tenga que asistir a un pacto de alianza entre el guerrero y la bestia en detrimento de la bella desventurada?´. Era excesivo soportar este final grotesco: el hilo de mi sueño se rompió piadosamente. Desde entonces vengo rumiando esta pesadilla de una tarde de verano, debida quizá a los ñoquis o quizá a la literatura teológica contemporánea”.

 

                                               ***

Hasta aquí la explicación de un título. Después vino un libro excepcional. Pero el lector no se me vaya echando falsas culpas. A mí me pasó algo parecido sin ñoquis: me fui a la siesta entristecido al oír la canción oficial elegida para recibir al Papa León. Y mi sueño fue peor: una especie de Terminator, inmensamente gordo y risueño, nos aniquilaba entre las ruinas de una Argentina que supo ser bella. Con una monstruosa boca elástica, nos engullía uno a uno diciendo burlonamente: ¡hay lugar para todos! Era tan realista que ni siquiera sé si desperté.