Opinión

Había una vez… un tapir bombero

- Abuelo, ¿es cierto que los elefantes apagan los incendios pisoteando el fuego?

- Ni idea, oí algo parecido de nuestros tapires…

- ¡Los dos son trompudos! ¿Te acordás de esa historia?

- Algo… Sucedió en el corazón verde y húmedo de la selva misionera, donde los árboles gigantes están poblados de infinitos pájaros y otros animales, donde abundan los más lindos ríos, arroyos y cascadas. Fue una tragedia…

- ¡Siempre tus cuentos son tragedias!

- No seas mala… casi siempre terminan bien…

- Mmmmm…

- Bueno, si no terminan bien, nunca falta la esperanza final de la “eucatástrofe”.

- Ni faltan palabras raras…

- Ja… bueno, sigo… otro día te la explico. La selva había vivido en relativa paz durante generaciones. Los yaguaretés cazaban conviviendo con los pumas, los tucanes llenaban el aire con sus colores y gritos, los monos carayá se hamacaban entre las copas y los tapires caminaban tranquilos trazando nuevos senderos. Pero todo cambió cuando una vieja mona, a la que bromeando llamaban “la reina”, se convenció de que ella en serio era reina de toda la selva.

Era astuta y habladora, organizaba asambleas y tenía palabras para todo. Con los años, el poder se le subió a la cabeza. Empezó a creer que solo ella sabía cuál era la forma correcta de vivir en la selva. Decretó que todos los animales debían seguir sus reglas: obligó a los pájaros a cambiar sus nidos de lugar, prohibió a los yaguaretés cazar de cierta manera y hasta intentó que los árboles crecieran más rápido.

- Esta selva es mía, repetía desde lo alto de su árbol favorito. En realidad, era de la raza de los monos aulladores, así que gritaba más que hablar. - Y voy a modernizar toda la selva, aunque tenga que quemar lo viejo para que nazca lo nuevo.

Una tarde, en su afán de “renovar”, la vieja mona ordenó a sus seguidores más fieles, un grupo de monos jóvenes, que prendieran fuegos para “limpiar” algunas zonas de la selva. Pero el viento cambió de repente, las chispas volaron más lejos de lo esperado y lo que empezó como un “fuego controlado” se convirtió en un incendio voraz que avanzaba sin piedad. El humo negro cubrió todo. Las llamas consumieron siglos de lapachos. Los animales huían. Los que antes la seguían ahora corrían despavoridos.

En medio del pánico, se convocaron los animales junto a laguna grande.

- ¿Qué vamos a hacer? -dijo uno- el fuego ya está cerca de la cascada.

- Hay que llamar a alguien que sepa apagar incendios, dijo el tucán. En el límite de la selva vive un tapir bombero. Es un tipo raro, habla mucho y tiene ideas extrañas, pero cuando hay fuego, él dice que sabe apagarlo.

Lo enviaron al tucán como mensajero. Escuchó al tucán con atención, levantó el pulgar y dijo con voz firme: - ¡Vamos que la selva me necesita!

Cuando llegó al lugar de la asamblea, los animales lo recibieron como a un salvador. El fuego ya había destruido buena parte del sector norte y amenazaba con. Desesperados y por miedo a la mona loca, los animales le suplicaron:

- Apague el fuego… y después quédese como cacique. La selva necesita orden.

El tapir los miró uno por uno. No dudó: - Está bien. Apagaré el fuego. Y luego pondremos orden, pero después me vuelvo al pago.

Los primeros días fueron de alivio. Sin la mona las cosas parecían volver a la normalidad. El tapir bombero trabajó sin descanso. Organizó brigadas y logró contener el avance de las llamas en varios frentes. Los animales lo festejaban. Pero cuando el fuego estuvo más o menos bajo control, el tapir se quedó y dijo que iba necesitar por lo menos veinte años para arreglar todo.

- Esta selva tenía muchos vicios -decía, mientras caminaba con su casco puesto-. Hay que cambiarlo todo si queremos salir adelante.

Y dio órdenes: cortó árboles que consideraba “medio quemados e inútiles”, aunque algunos todavía podían recuperarse. Redirigió arroyos porque “el agua debía fluir de forma más eficiente”. Muchas familias de animales tuvieron que cambiar sus territorios “para una mejor distribución”. Intentó incluso reorganizar las colonias de hormigas y abejas porque “no podían seguir viviendo como antes”.

Los problemas no tardaron en aparecer. Y hasta los que lo habían elegido se empezaron a arrepentir. Provocó derrumbes, inundó las zonas bajas. Los monos aulladores que en un principio se habían mantenido en silencio, empezaron a decir en voz alta que con “su” reina estaban mejor.

- Supo apagar incendios, pero no sabe construir –dijo el yaguareté mientras trazaba un círculo sobre su cabeza con una de sus garras-…confunde todo, y como a la mona su “yo” se le subió a la cabeza…

Un día, uno de los suyos se le acercó con algo de miedo:

- Jefe Tapir, con todo respeto… quizás deberíamos corregir algunas cosas que no andan bien…

El tapir se volvió loco y empezó a insultar a todos llamándolos traidores desagradecidos. Cuando se calmó un poco, se pudo entender lo que decía:

- Más que nunca hay que actuar con decisión. Si esperamos demasiado, volveremos a caer en los vicios de la vieja mona. Hay que cortar con el pasado.

Una tarde, mientras el tapir intentaba “modernizar” un claro importante tirando abajo un monte viejo, se escuchó que gritó el tucán:

- ¡Cuidado don cacique

Una rama grande y aún humeante cayó muy cerca de él aplastando a un pobre coatí.

El tapir se sacudió el polvo, levantó el pulgar y sonrió con esa mezcla de chifladura y convicción que lo caracterizaba: - Un pequeño precio por el progreso. Esta selva va a ser grande otra vez.

Todos los animales se miraron en silencio. Habían escapado del delirio de una vieja mona que se creía reina y ahora tenían a un tapir bombero que también alucinaba creyendo que sabía cómo gobernar la selva.

- Uno peor que el otro, volvió a sentenciar el yaguareté, marchándose monte adentro.

Pero la selva misionera, herida por los unos y por los otros, todavía viva, seguía respirando. Fin.

 

MORALEJA

Esta vez el cuento sí tiene moraleja, se la robé a un gran maestro y amigo, Héctor, y dice así: los bomberos apagan el fuego, después tiene que venir alguien que sepa construir para poder superar las desgracias.

- Las moralejas tienen rimas…, me corrigieron.

-¡Bien! Improvisemos: “Un bombero apaga el fuego, / no le pidan sutilezas. / Y al terminar su labor, / debe irse con presteza.” ¿Te gustó?

- No –dijo mi nieta, pero se quedó pensando… Al rato me preguntó: —¿Ahí se terminó todo?

- No… claro que no…

- ¿Terminó bien?

- Todo terminará bien… siempre y aunque a veces parezca imposible; eso es la “eucatástrofe”.