Estaba escuchando coros alpinos y al llegar a “L’ultima notte degli alpini”, me quedé pensando ¡qué historia para contarle a mis nietos! Y sale una primera aclaración: los “alpinos” son un cuerpo italiano de infantería de montaña. A primera vista se los distingue porque llevan un sombrero de fieltro verde con una larga pluma negra. Pero cuando uno los conoce, lo que queda en el alma es que son soldados que se distinguen de todos los demás por infinidad de razones. Y una, no menor, es que cantan. Y en sus cantos hay memoria, orgullo y dolores entremezclados.
La canción fue escrita por un genio musical Bepi De Marzi, alpino también él, sobre letra de un amigo, Carlo Geminiani. Y esto que podría ser una curiosidad, se transforma en una gran página de la Historia cuando conocemos a los protagonistas. Vamos desde lo general a lo particular. Les contaba que los “alpinos” son soldados, pero no cualquiera, son “de elite” verdadera. No son “máquinas de combate”, como los dibuja Hollywood, son mucho más. Tanto que saben que una vez que fueron alpinos, lo serán el resto de su vida. Y hoy, sus veteranos, forman la asociación más numerosa y activa de militares veteranos de todo el mundo. ¿Exagero? Ni un poco. Lo puede constatar mirando las actividades de la Associazione Nazionale Alpini (A.N.A.) en todo el mundo. Los veteranos, una vez que se retiran, encausan su vida en el servicio, y cuando se los necesita, allí van a estar, ayudando y dando testimonio que el combate no termina nunca. “Una vez alpino, alpino hasta el fin”. Volvamos a la historia…
Segunda Guerra Mundial, 1943. Los alpinos, tropa de montaña, como dijimos, habían sido mandados a combatir en el frente ruso. ¿A las montañas? No, a las mismas llanuras en las que hoy combaten Ucrania y Rusia. 40° bajo cero, literalmente muertos de hambre, en un territorio para el cual no estaban preparados y en una encerrona final. Rodeados de tropas soviéticas 40.000 soldados ya condenados. En realidad, habría cerca de 30.000 que sólo eran fantasmas a punto de morir. Heridos, congelados… Pero también estaban los alpinos y tenían con ellos a dos “generales” fuera de serie: Luigi Reverberi y Giulio Martinat. Eran los últimos en condiciones de combatir. Y lo hicieron. Martinat murió con el fusil en la mano alentando a sus tropas. Combate cuerpo a cuerpo. Agotados y ya casi sin municiones, todo se acababa… No se podía superar un terraplén de ferrocarril tras el cual estaban resguardados los soviéticos.
Reveberi, en el momento decisivo, se subió al último carro armado que todavía funcionaba y arengó a sus alpinos. La frase que quedó en la historia fue: “Tridentina, avanti!”. En la División Tridentina estaba un sacerdote que después sería beatificado: Don Carlo Gnocchi. Así relató ese momento: "Allí, en el terraplén de Nikolayevka, la masa humana parecía haber perdido su forma. Éramos miles bloqueados por el fuego y el hielo. Pero cuando resonó el grito y la orden de avanzar, ocurrió una transfiguración. Dios estuvo con ellos en ese instante, y los hombres se mostraron dignos de Él. No fue una carga militar común; fue el estallido de un instinto sagrado de vida frente a una muerte segura".
El General, de 51 años, no daba una orden, encabezaba lo que se tenía que hacer, de pie, frente a las miras de las metrallas enemigas: daba el ejemplo. Si la ofensiva fracasaba 20.000 soldados nunca regresarían a sus hogares. “Tridentina, avanti!”, gritó el General. “Tridentina, avanti!”, repitieron todos sus soldados. Y vencieron. Con sus últimas fuerzas. Detrás quedaban miles de muertos, heridos y prisioneros. De la mayoría, nunca se supo nada y sus familias los esperaron infructuosamente por largos años. La maquinaria soviética los devoró lejos de su tierra. Sin misericordia.
Pero fueron muchos miles de jóvenes los que pudieron volver gracias a ese grito. Durante la retirada, cuentan sus soldados que su General iba de una punta a la otra de la interminable fila de soldados-fantasmas. Era el primero, para marcar el camino, era el último, para sostener a los caídos. Infatigable. “Cammina, cammina, la casa è lontana / la morte è vicina e c’è una campana / che suona, che suona: Din don, dan…” Así siguen cantando sus soldados, los viejos y los nuevos en coro eterno.
Hasta aquí, sería una historia triste, pero edificante, se la podría contar a mis nietos. Pero viene lo peor y no sé si lo debo hacer o es demasiado...
Luigi Reverberi hoy es recordado como lo que fue, uno de los más grandes héroes; condecorado cuando era joven en la Primera Guerra Mundial, vuelto a condecorar en la Segunda con el mayor honor que se le concede a un combatiente, la “medalla de oro al honor militar”. El general sigue siendo amado por sus soldados por todo lo que representa, pero el italiano más condecorado terminó siendo dado de baja a los pocos años de terminar la guerra. Intrigas. Envidias. Suele pasar con los héroes: una vez terminada la guerra, una vez que se silencian los cañones, empiezan a molestar. El heroísmo molesta siempre a los mediocres. Pasó con San Martín. Pasó con Malvinas. O damos un paso más… el bien, la verdad y la belleza irritan al hombre moderno. Reverberi era ya inoportuno.
Parece ser que, hasta el día de su muerte en 1954 nunca más habló de la guerra, ni en familia. Había escrito: “La primavera ya no me basta para levantarme… el frío invierno, las heladas y la oscuridad persisten en mi corazón, todo parece olvidado…” Pero no era del todo cierto, él nunca se olvidó de sus muchachos, y menos aún de los que nunca volvieron. Quizás con el único que habló de aquellos tiempos fue con su capellán en Rusia, el beato Carlo Gnocchi. Quizás repasaban las listas con los encargos que le hicieron los moribundos allá en la nieve. Los que no volvieron y volverían con ellos. Lo que sí es cierto es que soñaban con un mundo mejor: “¿no llegará el día en que deba escribirme a mí mismo la palabra fin de esta tragedia inaudita que ensangrienta y destruye el mundo?” Esta pregunta que se hacía, seguramente es la misma que se han hecho todos los verdaderos héroes que se enfrentaron a la guerra. Y aunque no tiene respuesta, nuestro amigo Luigi Reverberi la encontró a través de la A.N.A. La reorganizó de tal manera que hoy no tiene par en el mundo: 320.000 socios por todo el mundo, incluyendo Argentina. ¿Para qué? Para seguir el combate ayudando a quien lo necesite. ¡Ahhh! Y para seguir cantando, porque no hay alpino que no cante, y un soldado que canta vale por dos… o diez… o mil.