Opinión

Había una vez… honor y piratas

- Abuelo, ¿cuál es la historia de hoy?

- ¡Una de piratas! –dijo uno de los varones. Sí, es uno de sus temas preferidos. Pero no quiero que crean que mi “argentinidad” me hace perder la objetividad, al contrario, me hace ver las cosas con la lupa del dolor. Así empecé:

- Hoy en día la piratería cambió… En otros tiempos dominaron los mares. Hubo piratas musulmanes (les decían berberiscos), ingleses, franceses, holandeses… y no sé si de algún otro lugar. ¿Y a que no saben quiénes fueron los peores ladrones?

- ¡Los ingleses!, dijeron al unísono. Y es cierto. No es animadversión, ya les dije que es el dolor de heridas viejas y nuevas. La corona británica siempre fue aliada de la piratería. Uno de los más odiosos piratas fue un preferido de la reina Isabel I. Y como “el mal nunca paga”, y eso hay que dejárselos en claro a los chicos, se me ocurrió contarles su última gran fechoría, donde fue frenado por una mujer. Así las chicas también se ponían contentas.

- A “Sir” Francis Drake, le decían “el Dragón”. Prototipo de criminal “bajo bandera”, comenzó su historia, allá por el siglo XVI, traficando esclavos negros. Los cazaban como animales en África y los vendían por el mundo. Una de las páginas más terribles y crueles de la humanidad. ¡Y después tienen la caradurez de dar lecciones! Más tarde se dedicó a robar en poblaciones casi indefensas de Hispanoamérica. Cuando saqueó la isla de Santo Domingo, por ejemplo, empezó a colgar a monjes dominicos hasta que le dieran la recompensa que quería. De paso destruyó media ciudad. Así con todo. Un hombre desalmado e inmoral. Por eso lo nombraron “Sir”.

La cosa es que después de que la suerte ayudó a los ingleses a derrotar a la que ellos mismos bautizaron “armada invencible española”, su reina, la sanguinaria Isabel I, intentó terminar con sus enemigos armando una flota gigantesca y dándole el mando a su pirata favorito. Mandó 120 navíos y cerca de 25.000 hombres. El objetivo inicial parecía sencillo: asestar un golpe mortal, terminar con su flota y de paso lo de siempre: robar todo lo que pudiesen. Corría el año 1589.

 

LA BATALLA

Cuando las velas inglesas recortaron el horizonte de La Coruña, el miedo fue tremendo.  El puerto no estaba preparado para resistirlos. Apenas un puñado de soldados y viejas murallas medievales custodiaban el hogar de miles de almas. La disparidad numérica era abrumadora: un defensor español por cada veinte atacantes. Humanamente, la rendición o la huida se eran las únicas opciones lógicas. Pero los piratas no sabían lo que era la fuerza más inquebrantable que tenían aquellos españoles: honor y patriotismo.

Durante diez sangrientos días, los cañones machacaron las defensas.  Drake ordenó avanzar sobre el puerto. El asedio fue despiadado. El agua escaseaba, también los alimentos. Los escombros se amontonaban, pero a pesar de todo, el pueblo no aflojó. Los ancianos tomaban los arcabuces de los caídos; los niños llevaban agua para enfriar los cañones y muchas mujeres valientes desafiaban el peligro llevando arena y rocas para remendar los muros desmoronados. No se luchaba únicamente para sobrevivir; se peleaba por la Fe, por las tradiciones, la soberanía de la patria y el sagrado derecho a existir libres en su propia tierra.

Sin embargo, un día la tragedia amenazó con quebrar el espíritu de la resistencia. Los piratas lograron hacer estallar una poderosa mina bajo las murallas, abriendo una brecha en las defensas; comenzó a filtrarse una marea de ingleses… Y el miedo, ese enemigo silencioso, amenazó con el fin.

 

EL NACIMIENTO DE UNA LEYENDA

En la vanguardia del asalto inglés, liderando la columna que pretendía izar el estandarte de San Jorge en lo alto de la plaza, avanzaba quien dicen que era el propio hermano de Drake. Parecía imparable. Blandía la bandera enemiga con arrogancia, pisoteando los cadáveres de los defensores. Entre esos cuerpos caídos entre el barro y la sangre se encontraba Gregorio. Su muerte encendió la chispa que cambiaría el curso de la historia.

Al lado de Gregorio estaba su esposa, María Pita. Al verlo muerto María se enfureció y se abrió paso entre la humareda. No midió las consecuencias ni la diferencia de fuerzas. Recogió del suelo una espada y se abalanzó con la velocidad del rayo sobre el arrogante inglés. Antes de que éste pudiera reaccionar, María hundió el hierro en su pecho con la fuerza de un pueblo entero. El estandarte inglés cayó al suelo manchado de sangre, vergüenza y anunciando derrota. Allí gritó con toda su alma una frase que quedó esculpida con letras de oro en el alma de España: “¡Quien tenga honra, que me siga!”.

Y la siguieron. Fue un relámpago divino que disipó instantáneamente el desaliento. El patriotismo, cuando es puro, es contagioso. El bien es siempre atractivo.

Los heridos se pusieron en pie, los soldados renovaron su fervor. Un rugido brotó de todas las gargantas y una contraofensiva furiosa se desató sobre la brecha. Los ingleses, quedaron paralizados y retrocedieron espantados. Lo que iba a ser una victoria fácil para la corona británica y sus piratas se les transformó en una masacre.

Drake observaba desde la distancia cómo sus veteranos de mil batallas huían temerosos ante un pueblo liderado por una mujer. Y al poco tiempo, las velas de los barcos piratas se retiraron derrotadas. Dejaban atrás miles de bajas y la vergüenza de haber sido humilladas por el coraje español. Perdieron entre 11.000 y 15.000 hombres y unas 40 naves.

María Pita no solo salvó una ciudad, nos regaló un ejemplo inmortal de valor.

- ¿Y qué pasó después?

- El gran rey español, Felipe II premió a todos los defensores, especialmente a la heroína. En cambio, la reina inglesa, furiosa, intentó silenciar su derrota con muertes y sangre. Se decretó la prohibición estricta de publicar cualquier noticia que detallara las pérdidas sufridas. Mintieron, como lo han hecho siempre. Como con Malvinas… Oficialmente se dijo que las bajas habían sido mínimas y le echaron la culpa a Drake. Después, directamente borraron este episodio de la Historia. Lo mismo que hicieron años después cuando pierden en el sitio de Cartagena contra Blas de Leso, el “mediohombre”. Esa historia se las conté hace un tiempo… ¿Se acuerdan?

- No…,

los chicos son sinceros.

- Bueno, pasó algo parecido. Gran paliza a los ingleses que tenían una fuerza muchísimo mayor y un episodio más tachado de su historia oficial. Pero esta vez lo cubrieron con su propia sangre: los marineros vencidos, a los que nunca se les pagaron sus sueldos, empezaron a protestar. Su reina para callarlos los mandó a ahorcar…

- ¿A su misma gente?

- A sus mismos soldados, no creo que los reyes ingleses hayan creído nunca que sus soldados eran su “propia gente”.

- ¡Sí lo creía el Rey Ricardo Corazón de León!, dijo uno de los varones, fanático de los caballeros medievales.

- Cierto, le respondí, tenés razón, pero era otra Inglaterra; a pesar de ser tiempos distintos, ellos combatían por una misma Fe, la nuestra… Así que: ¡vivan los reyes Ricardo y Felipe! ¡Y viva María Pita que nos enseña a nunca rendirnos!

- ¡Viva!, gritaron todos. Probablemente porque les gusta gritar, pero que el rey Ricardo hubiese estado del lado de Felipe yo se los aseguro. Los enemigos eran semejantes… O más todavía, en el fondo era el mismo enemigo, era la misma vieja lucha de siempre: los piratas contra el honor. Las dos banderas.