Opinión

Había una vez… guanacos bipartidistas

- ¡Abuelo, contanos otra historia de guanacos!, pidió el más chiquito, saltando en su asiento.

- ¡Sí! ¡Con pumas, abuelo!, agregó otro, haciendo gestos de garras con las manos.

- ¡Y que sea de las que dan miedo!, gritó una de las chicas, cruzando los brazos como si ya estuviera escuchando el final trágico.

- Bueno… Allí va: Cerca del valle del río Deseado, en el medio de la Patagonia, en un lugar desolado donde el viento es amo y señor, vivía una manada de guanacos tan grande que parecía un ejército de nubes moviéndose entre las piedras. Eran tiempos de abundancia: el pasto estaba alto.

Al jefe de la manada lo llamaban “el Capitán”, con mayúscula y con respeto. Había sobrevivido a mil peligros y había luchado por su libertad. Pero lo que “el Capitán” no había superado era la discusión constante de su gente…

- Abuelo, los guanacos no son gente, salió al cruce la nieta mayor.

- Punto para vos, muy bien… sigamos, acepté caballerescamente.

- Estos “bichos” vivían divididos para todo en dos bandos y eso les servía de excusas para discutir, pelearse, hablar mal de los otros… Se habían dividido, no por comida, ni por agua, ni por el mejor lugar para dormir al sol. No, señor. Se habían dividido por sus propios egoísmos. 

- ¡Hacia el este! - gritaban los del Partido de la Loma. ¡Allá el pasto es más tierno y el sol sale primero!

- ¡Hacia el oeste!, respondían los del Partido del Valle.

- ¡Allá el atardecer es más rojo y el viento trae noticias de otros valles!

Y así, día tras día, la manada se partía en dos. Los de la Loma se juntaban a un lado del cerro, los del Valle, abajo, y en el medio quedaba “el Capitán” con unos pocos amigos, cada vez más cansados de esta situación.

- ¡Qué hacemos cuidando a esta manga de… guanacos…!, se decía constantemente. ¡El pasto es bueno en todas partes!

- ¡No es lo mismo!, gritaban unos.

- ¡El de allá es más tierno! ¡El de arriba es más abundante!

- ¡Y el de más allá tiene más pumas!, murmuraba “el Capitán”, pero ya nadie le hacía caso.

Un día, mientras los guanacos discutían si el cielo era más lindo al amanecer o al atardecer, un puma llamado “el Manchao” (porque tenía una mancha blanca en la cabeza, probablemente fruto de una vieja herida) los observaba desde una roca. Era un puma viejo, astuto, que sabía que una manada dividida era como un asadito listo para el fuego.

- Si estos lanudos siguen así, pensó, lamiéndose los bigotes, no voy a tener que correr ni un metro. Se van a pelear solos y yo me llevo el banquete.

Y así fue. Al día siguiente, mientras los del Partido de la Loma pastaban en un lado y los del Partido del Valle en el otro, “el Manchao” se coló sigilosamente entre los dos grupos. No atacó. No rugió. Solo se sentó en medio del camino, como si fuera un vecinito esperando el colectivo.

Los guanacos lo vieron, pero cada bando pensó: - Es problema es de los otros, ¡qué se joroben!

Y el puma, que entendía de política mejor que un diputado, se frotó las patas, bostezo y se tendió a dormir al sol, como si fuera el dueño del lugar.

- ¡Esto es un peligro!, bramó “el Capitán”. Pero cuando quiso unir a los suyos, ya era tarde. Los del Partido de la Loma le dijeron: - ¡Vos siempre defendés a los otros!

Lo mismo dijeron “los otros”. “El Capitán” bajó la cabeza y suspiró: - En mis tiempos, un guanaco era guanaco, y si venía un puma, entre todos le dábamos patadas y mordiscones y se iba corriendo.  Ahora… ahora cada uno mira para su lado creyendo que el enemigo es el otro partido y no el puma…

Esa noche, mientras la luna iluminaba fantasmalmente, “el Manchao” se despertó y decidió que ya era hora de cenar. Se acercó sigilosamente al grupo de los Partidarios del Valle. Los guanacos de la Loma lo vieron venir, pero en vez de unirse para defenderse entre todos, se pusieron a mirar como los abajeños gritaban:

- ¡Hay que correr hacia el este!

- ¡No, hacia el norte!

- ¡Hacia el sur, que el puma viene del oeste!

Y mientras discutían, “el Manchao” se llevó a uno de los más gordos eligiéndolo como en un almacén.

Los de la Loma, al escuchar los gritos, en vez de ayudar, dijeron:

- ¡Seguro que es una trampa de los del Valle para que nos movamos de nuestro lugar! Y se quedaron quietos, como estatuas.

Al día siguiente, el puma volvió. Esta vez se acercó a los de la Loma, que, aprendiendo de los errores ajenos (o eso creían), habían puesto guardias. Pero los guardianes estaban tan ocupadas discutiendo quién debía avistar primero al enemigo, que no vieron al “Manchao” hasta que ya tenía a otro guanaco entre los dientes.

- ¡Esto es un desastre!, rugió “el Capitán”. ¡Nos estamos matando entre nosotros sin que el puma tenga que hacer nada!

Esa noche, la manada se reunió en círculo. Toda, como en los viejos tiempos. “El Capitán” con voz ronca pero firme, dijo: - Miren, muchachos. El puma no era el problema. El problema es que ustedes en el corazón solo tienen odio por los del partido de enfrente.  Mientras discutían por tonterías, “el Manchao” se reía…, hizo una pausa dramática

- Y se va a seguir riendo, porque ustedes ya no tienen remedio… Yo crucé las montañas más altas de los Andes y peleé para que ustedes sean libres, no para que vivan odiándose.

Los guanacos bajaron la cabeza, avergonzados. Incluso los más testarudos de los dos Partidos lo admitieron. Pero todavía se miraban con desconfianza. Y el puma, que los veía desde lejos, supo que tendría que comerse al “Capitán” antes que los demás se avivaran…

- Pero, ¡todos ahí se iban a unir para defenderlo!, saltó un justiciero.

- No, al “Capitán” no le hubiese importado morir luchando, ¡toda su vida lo había hecho! Pero no soportaba la idea de ver que esos guanacos a quienes él les había dado una vida libre, la aprovechaban solamente para pelearse entre sí. Así que se fue... Marchó al exilio. Solo, con una hijita que se llamaba Merceditas.

Mientras tanto sus guanacos siguieron odiándose, para ganancia del puma.

“El Capitán” murió ciego, lejos… Respirando el aire de un mar que no veía, pero que, al oírlo, le confortaba el alma.

- ¿Los guanacos tienen alma?, preguntó uno.

- Depende… , le respondí.