La escena en la reunión cumbre del Grupo de los 20 (G-20) de la semana pasada habría sido impensable hace una década: cientos de dignatarios reunidos en opulentos hoteles y salones de convenciones mexicanos con el propósito de negociar un plan de rescate económico para Europa mientras que los gobernantes de Brasil y China inyectan miles de millones de dólares al Fondo Monetario Internacional para rescatar a España y Grecia.
Aunque la reunión no produjo una solución para la eurozona, sí esbozó el nuevo equilibrio de poder en el mundo. Los países en desarrollo proyectaron optimismo y riqueza a lo largo de los dos días de la cumbre, mientras que los líderes de Europa y Estados Unidos sólo pugnaron por mantener la solvencia.
"Es una foto diferente y refleja el hecho de que las economías en desarrollo son no sólo las de más amplio y rápido crecimiento, sino que se encuentran entre las mayores economías del mundo", expresó Uri Dadush, director del programa de economía internacional en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional.
"Es evidente que ni los estadounidenses ni los europeos están en posición de decir a las economías más grandes lo que deben hacer", agregó.
China prometió 43.000 millones de dólares al FMI, mientras que la India, México, Brasil y Rusia aportaron cada uno 10.000 millones de dólares. Estados Unidos, en cambio, no puso un solo centavo debido a "serias restricciones de carácter jurídico y político", explicó el presidente de México y anfitrión, Felipe Calderón.
Este nuevo poder económico se traduce también en poder político. De hecho, los países del llamado grupo Brics de economías emergentes, que representa a Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica, fueron los que hicieron exigencias a Europa durante la cita, al señalar que les deben dar un mayor papel en la conducción del FMI si van a aportar miles de millones de dólares a la entidad.