Por Javier Liendo *
¿Estamos presenciando una política exterior errática o el anticipo de un nuevo patrón de poder? ¿Se trata de decisiones aisladas o de una arquitectura estratégica adaptada a un sistema internacional en transformación? Y, sobre todo, ¿qué tipo de orden mundial emerge cuando las normas dejan de estructurar el comportamiento de las grandes potencias?
Estas preguntas atraviesan la política exterior de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump y permiten reinterpretar movimientos que, a primera vista, parecen contradictorios: la tensión con Europa por Groenlandia, el acercamiento pragmático al chavismo en Venezuela y la presión calibrada sobre Irán.
Leídas en conjunto, estas decisiones sugieren menos improvisación y más adaptación a un entorno global crecientemente inestable.
Durante décadas, el orden internacional liberal ofreció previsibilidad mediante reglas, instituciones y consensos multilaterales. Hoy, ese marco muestra signos evidentes de agotamiento.
La guerra en Ucrania, la parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU y la pérdida de autoridad de organismos como la OMC plantean una cuestión central: ¿Siguen siendo las instituciones internacionales capaces de disciplinar a las grandes potencias?
En la práctica, los Estados actúan cada vez más en función de costos, oportunidades y correlaciones de fuerza. Trump no inaugura esta tendencia, pero la expone sin ambigüedades.
Su política exterior parece asumir que el sistema ya no garantiza estabilidad y que la gestión del riesgo ha reemplazado a la obediencia normativa.
La toma de decisiones de Trump se inscribe en lo que la literatura estratégica denomina madman theory: la construcción deliberada de imprevisibilidad como herramienta de presión.
Pero cabe preguntarse: ¿es la imprevisibilidad una anomalía personal o una respuesta funcional a un sistema donde las reglas han perdido capacidad de anclaje?
En un entorno de normas debilitadas, aumentar la incertidumbre del adversario puede ser una forma de recuperar ventaja estratégica.
La pregunta es si este método contribuye a estabilizar el sistema o, por el contrario, acelera su fragmentación.
La tensión con Europa por Groenlandia ha sido interpretada como una excentricidad geopolítica. Sin embargo, su función parece menos territorial y más simbólica. Al introducir fricción dentro del bloque atlántico, Washington envía un mensaje incómodo: las alianzas ya no son incondicionales.
¿A quién va dirigida realmente esta señal? Todo indica que el principal receptor es Rusia. Desde Moscú, el conflicto sugiere desalineación occidental y un desplazamiento de prioridades hacia el Ártico. En un sistema sin árbitros sólidos, ¿puede la confusión convertirse en una herramienta legítima de poder?
Mientras el debate estratégico suele centrarse en Rusia o China, Irán representa un riesgo de otra naturaleza: estructural.
Su ubicación en el corazón del sistema energético global convierte cualquier escalada en un potencial detonante de inestabilidad económica mundial.
Aquí surge otra interrogante clave: ¿hasta qué punto las decisiones de política exterior están hoy condicionadas menos por principios y más por la necesidad de evitar shocks sistémicos?
En este contexto, el derecho internacional parece ofrecer pocas garantías frente a la lógica del poder y la disuasión.
El acercamiento al chavismo y la decisión de mantener a Delcy Rodríguez como interlocutora funcional desafían las narrativas tradicionales sobre democracia y legitimidad. Sin embargo, desde una lógica estrictamente operativa, Venezuela aparece como una posible válvula de compensación energética ante una crisis mayor en Medio Oriente.
¿Estamos ante una renuncia deliberada a la promoción de valores o frente a una redefinición de prioridades en un entorno de alta vulnerabilidad?
¿Puede sostenerse un orden internacional cuando la gobernabilidad inmediata pesa más que la legitimidad política?
Leídas en conjunto, estas decisiones parecen articularse en una lógica común: minimizar vulnerabilidades críticas en un sistema cada vez menos predecible. Europa funciona como espacio de señalización disruptiva, Rusia como receptor de ambigüedad estratégica y Venezuela como amortiguador energético ante un posible colapso en Irán.
Pero esta arquitectura plantea una pregunta de fondo: ¿estamos frente a una estrategia transitoria o al bosquejo de un nuevo patrón de poder global?
Conclusión abierta: ¿hacia qué tipo de orden avanzamos?
Trump no parece estar desmontando un orden estable, sino operando dentro de uno ya erosionado. La cuestión no es si este enfoque es moralmente deseable, sino si es estructuralmente sostenible.
¿Puede un sistema internacional basado en la imprevisibilidad generar estabilidad a largo plazo? ¿Estamos entrando en una etapa donde el poder opera sin mediaciones institucionales efectivas? ¿Y qué lugar ocuparán las normas, la legalidad y los regímenes internacionales en el orden que se está configurando?
Más que respuestas cerradas, estas decisiones obligan a replantear una pregunta incómoda: si el orden liberal ha dejado de funcionar, ¿qué lo reemplaza… y a qué costo?
* Analista político y consultor.