Espectáculos
Zubin Mehta dirigió a la agrupación del Maggio Musicale Fiorentino en el teatro Colón

Gran orquesta para un maestro

Ficha técnica: 

Mozart: Sinfonía Nº 41, en do mayor, K 551, "Júpiter"; Bruckner: Sinfonía Nº 4, en mi bemol mayor, A 95, "Romántica". Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino (Zubin Mehta). En el teatro Colón, el martes 14.
 
 
La sexta función de abono del Mozarteum Argentino trajo de nuevo a nuestro medio a Zubin Mehta, quien al frente de la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino, de la que es conductor principal, produjo el martes en el Colón una velada de alta calidad. En efecto; si bien la segunda parte del concierto estuvo ocupada por un trabajo artificial, de grandeza sólo retórica, en su porción inicial la Sinfonía "Júpiter", de Mozart, fue objeto de una versión realmente modelo, esbelta, fluída, de absoluta solidez en su entramado estético.
 
VERDADERO MAESTRO
 
Magnífica obra de arte en sus complejidades (de escritura) simples (de audición), la Nº 41, último trabajo de Mozart en este género es según se lo ha dicho una Sinfonía "trascendente y solar", y resultó traducida en la ocasión con perfecto sentido del equilibrio, magnífica articulación global y una construcción dinámica de exquisita naturalidad. Compacto pero al mismo tiempo curiosamente transparente, el conjunto italiano fue dirigido sin partitura por el maestro indio con gesto claro, trazos vigorosos y una musicalidad decididamente superior.
 
La cuerda alta se oyó diáfana, tersa, los timbales fueron de inusual delicadeza y el fraseo reveló un armonioso sentido de las proporciones, de la gradación, de refinamiento estilístico.
 
MAXIMA EXIGENCIA
 
En la sección final de la velada, la agrupación de la Toscana encaró la "Romántica", de Bruckner, compositor austríaco (1824-1896) sin trascendencia actual, cuyas facultades creativas se vieron limitadas en su momento debido a sus arrobamientos místico-católicos.
 
En esa senda, su Quinta Sinfonía exhibe estructuras dinámicas y rítmicas de linealidad escolástica, notorio desabrimiento armónico y una suerte de fragores permanentes en la estridencia restallante de los bronces, con sus énfasis grandilocuentes, vacíos de todo contenido. En este particular contexto, la orquesta italiana entregó una ejecución "brillante", nerviosa, de contrastes excesivamente efectistas, pero que exigió al máximo sus notables capacidades físicas y técnicas.