Cumplido ya un siglo de su muerte, la obra de Antoni Gaudí no ha perdido vigencia. Millones de personas llegadas de todo el mundo se acercan cada año para admirar sus creaciones. El motivo es que el incomparable arquitecto catalán, proclamado Venerable por el papa Francisco en 2025, logró en ellas algo muy poco común: unir arte, ingeniería, espiritualidad e identidad cultural en un mismo espacio.
La arquitectura nacida de su singular imaginación no solo es bella. También cuenta una historia, transmite una visión del mundo e invita a mirar la realidad con otros ojos.
Quizá este sea el secreto de su vigencia. Mientras muchas obras son hijas de su tiempo, Gaudí sigue hablando a todas las generaciones porque supo conectar tres dimensiones universales: la busca de la belleza, la necesidad de sentido y la capacidad humana de crear.
Por eso Antoni Gaudí no es solo un gran arquitecto. Es una de las figuras más extraordinarias de la historia de Cataluña y uno de los creadores más influyentes de la cultura universal.
Al pensar en Gaudí aparecen de inmediato las formas imposibles de la Sagrada Familia, los mosaicos de colores del Parque Güell o las fachadas ondulantes de la Casa Batlló. Pero detrás del denominado “arquitecto de Dios” asoma una historia mucho más profunda: la de un hombre que convirtió su fe, su tierra y su talento en una obra única en el mundo.
En vida Gaudí debió soportar cuestionamientos de críticos, colegas y de otros artistas, como Miguel de Unamuno, Eugenio D’Ors o Pablo Picasso, quien nunca consiguió apreciarlo.
A la distancia, apuntó el holandés Gijs Van Hensbergen, uno de sus principales biógrafos internacionales, pesa sobre él cierto prejuicio: el de que fue “un incomprendido un poco loco y excéntrico, el último de los románticos”.
UNA MIRADA
Antoni Gaudí i Cornet nació en 1852 entre Reus y Riudoms, en la llanura de Tarragona. Hijo de una familia de artesanos caldereros, desde pequeño aprendió a observar las formas de la naturaleza y a entender cómo funcionaban las estructuras. Esa mirada, heredada de un linaje de “gente de espacio y situación”, habría de marcar el resto de su vida.
Después de formarse en Barcelona, se convirtió en una de las figuras más destacadas del modernismo catalán. Sin embargo, pronto su arquitectura excedió las características de un estilo artístico. Gaudí creó un lenguaje propio que no se parecía a nada de lo que existía en su tiempo.
El arquitecto entendía que la naturaleza era la gran obra de Dios. No la veía simplemente como fuente de inspiración estética, sino como un modelo de perfección. “La originalidad consiste en volver al origen”, enseñaría más tarde a sus discípulos.
Su trayectoria quedó enlazada con el auge del “renacimiento” de la identidad catalana, un fenómeno cultural e identitario centrado en la lengua pero dotado también de un fuerte matiz de tradición católica.
Según Van Hensbergen, la matriz cultural de Gaudí fue “un cóctel de catolicismo, romanticismo, fraternidad, catalanismo, todo ello mezclado con el amor romántico por las ruinas y las causas perdidas”.
Las columnas de la Sagrada Familia recuerdan troncos de árboles. Las bóvedas parecen ramas que se entrelazan. Las formas geométricas a las que recurrió pueden hallarse en plantas, animales y paisajes. Es una obra que no copia la naturaleza: la interpreta.
“La creación continúa incesantemente por mediación de los hombres -afirmó alguna vez Gaudí-. El hombre no crea: descubre y parte de ese descubrimiento. Los que buscan las leyes de la naturaleza para formar nuevas obras, colaboran con el creador”.
Esta capacidad de observar y transformar las formas naturales es una de las claves que explican por qué sus trabajos siguen pareciendo modernos a un siglo de su muerte.
BIBLIA EN PIEDRA
La Sagrada Familia, cuyos trabajos se iniciaron en el lejano 1882, es la obra más conocida de Gaudí, y también la que mejor explica su pensamiento.
No se trataba simplemente de diseñar y construir una iglesia monumental. Su intención era crear una Biblia construida en piedra. Cada fachada, cada torre y cada detalle tienen un significado religioso. El objetivo (logrado) era que cualquier persona pudiera comprender la historia del cristianismo simplemente contemplando el templo.
Gaudí dedicó los últimos años de su vida casi exclusivamente a esta obra. Invirtió en ella todas sus energías, hasta dormía entre los andamios, convencido de que trabajaba en pos de una misión superior.
De cabello pelirrojo y cutis claro, sus penetrantes ojos azules “resultaban bastante raros entre gentes predominantemente morenas”, observó Van Hensbergen. Era vegetariano y solo bebía agua mineral. Su dieta habitual eran verduras sin sal, solo sazonadas con aceite de oliva extra virgen. En el tiempo de Cuaresma practicaba ayunos rigurosos.
Con el paso de los años, la dimensión religiosa de Gaudí se fue haciendo cada vez más intensa. Asistía a diario a misa, dedicaba muchas horas a la oración y llevaba una vida austera.
“He aquí la gran paradoja de Gaudí -destacó Van Hensbergen-, pues cuanto más se alejaba del idealismo de su juventud y más estrictamente católico se volvía, a la vez que antiliberal, pesimista y obsesionado por el sufrimiento, tanto más espléndida se tornaba su arquitectura”.
Cuando murió, atropellado por un tranvía en 1926, muchos lo confundieron con un indigente por la sencillez con la que vivía. Ese día se dirigía a la iglesia de San Felipe Neri para su oración habitual. Fue trasladado al Hospital de la Santa Creu, el hospital para pobres de Barcelona, y falleció tras recibir los últimos sacramentos. Decenas de miles de personas acompañaron el cortejo fúnebre.
Esta faceta de honda religiosidad, que no siempre suele ser valorada en su justa dimensión por los expertos, resulta imprescindible para entender su obra. Sin su fe, la Sagrada Familia sería incomprensible.
OTROS HITOS
Aunque la Sagrada Familia es la culminación de su trayectoria, Gaudí dejó un legado arquitectónico extraordinario que hace de Barcelona en una ciudad única en el mundo.
La Casa Batlló, en el paseo de Gràcia, es probablemente el edificio más imaginativo que creó. La fachada ondulante, los balcones que recuerdan máscaras y el tejado inspirado en el dragón de San Jorge convierten al edificio en un auténtico cuento de piedra y color.
Muy cerca se alza la Casa Milà, conocida popularmente como La Pedrera, una obra revolucionaria que contrarió todas las convenciones arquitectónicas de la época. Sus formas curvas, la ausencia de muros de carga interiores y los famosos guerreros de piedra de la azotea siguen sorprendiendo a los visitantes más de un siglo después de su construcción.
Otra de sus creaciones más emblemáticas es el Parque Güell, que en un comienzo fue concebido como una ciudad jardín. Hoy es uno de los espacios más visitados de Cataluña. Sus mosaicos en trencadís, uno de los aspectos más distintivos de su arquitectura; las formas orgánicas, y la integración con el paisaje son un reflejo perfecto de la idea que tenía Gaudí sobre la relación entre arquitectura y naturaleza.
También merecen destacarse la Cripta de la Colonia Güell, considerada un laboratorio de ideas para la futura Sagrada Familia; la Casa Vicens, una de las joyas de sus inicios; o El Capricho, en Comillas (Cantabria), una de las pocas obras que construyó fuera de Cataluña.
Siete de sus creaciones han sido declaradas Patrimonio Mundial por la Unesco, un reconocimiento excepcional que confirma la trascendencia universal de su obra. Más que edificios, Gaudí creó un universo propio en el que la naturaleza, la técnica, la simbología y la belleza dialogan de manera constante.