La triste y conmovedora noticia de que un aviso de un frigorífico en la Provincia de Buenos Aires había convocado a miles de personas para postularse a ocupar escasos 60 puestos de baja importancia y sueldo sintetiza y pone nuevamente en evidencia el problema de la escasez de trabajo que padece el país. Ciertamente esta situación no es atribuible al actual gobierno, y se trata además de un drama que en mayor medida afecta a buena parte del mundo.
El crecimiento de la población mundial -que se quintuplicó en un siglo, por diversas razones- los cambios tecnológicos, los avances en los diversos procesos productivos de toda índole, el cambio en los formatos de consumo, la evolución de las ciencias médicas que prolongaron la vida notablemente, aumentaron la oferta laboral por encima de la demanda, más allá de los errores de diverso tipo en que incurrieron los gobiernos.
Ese conjunto de cambios volvió obsoletas o al menos revisables, todas las teorías sobre el trabajo, desde Marx a Smith, cuyas ponencias se elaboraron con una población mundial 10 veces menor que la actual y en contextos sociales, políticos y culturales totalmente distinto a los de hoy.
Ya no es tan verificable la “Ley de Say”, que sostenía que toda oferta crea su propia demanda. Ni tampoco la idea de que el aumento poblacional automáticamente creaba un aumento de demanda que debía ser satisfecho con más producción y entonces ese aumento de la demanda creaba nuevos puestos de trabajo para las nuevas generaciones. La disminución en el crecimiento poblacional de los últimos años bien puede tener mucho que ver con la necesidad de las familias de adecuar el número de hijos a sus posibilidades económicas. (La política de restricción en el número de hijos, que aplicó y aplica China, fue seguida espontáneamente, sin necesidad de dictadura alguna, por las familias de todo el mundo)
Las sociedades que siguieron el método de Ogino-Naus, (teoría sostenida a rajatabla por el catolicismo) y más allá de cualquier consideración religiosa sobre lo que la columna no puede opinar, están sufriendo en un mayor grado esta suma de efectos. La promesa de que “Dios proveerá” suena algo demagógica ante la realidad actual. Ha sido reemplazada (con igual inconsecuencia) por la idea de que “el Estado tiene que ocuparse”.
La idea que se usó en Argentina de subsidiar el aumento en el número de nacimientos vía planes y AUH, mostrada como un logro por tantos gobiernos, (nativos y migrantes procrean en muchos casos hijos como un recurso económico) va en el sentido opuesto al de China, y termina creando más daño que soluciones. Países como Uruguay, que cree que aumentando su población solucionará el problema de crecimiento y del sistema jubilatorio, suelen olvidar la contraparte de cómo se generará empleo para ese número incremental. La idea de que “cada uno traerá un pan bajo el brazo” o -en términos académicos generará su propia demanda, lo que aumentará a su vez la demanda laboral, no parece ser realista.
Una baja de los niveles salariales o de las rigideces del contrato laboral, puede mejorar muy limitadamente esta situación, por el efecto opuesto de todos los demás factores. En el caso de las economías asiáticas, que tuvieron un crecimiento exponencial después de la Segunda Guerra mundial basándose en la exportación de productos a muy bajo costo, ello se debió durante bastante tiempo a las políticas de los vencedores en la contienda, que abrieron sus mercados (y perdieron participación) a esos productos.
Posteriormente algunos de esos países desarrollaron un avance tecnológico propio basados en una educación rigurosa que privilegiaba los conocimientos tecnológicos, lo que no siempre aumentó el consumo mundial de bienes, sino que en muchos casos desplazó del mercado a otros competidores o cambió el mix de consumo o desplazó el empleo de un país a otro. Al igual que la demanda laboral. Algo parecido ocurre con las migraciones, que ocupan puestos de bajo ingreso en detrimento de los locales. Las torpes ideas de Trump, tanto la de prohibición de inmigración como la de aplicar recargos o la de prohibir hacer negocios con China, guarda mucha mayor relación con esos efectos que las argüidas por el mandatario estadounidense sobre seguridad nacional y otras excusas.
Por supuesto este análisis se refiere a los grandes números y a las consecuencias de las políticas, no al individuo aislado, que hace lo que puede para conseguir su sustento, su riqueza o su simple supervivencia y que se supone debería ser la razón misma de toda acción política o económica.
El terrible castigo del Génesis con que se titula esta nota también ha cambiado su significado. Hoy el trabajo no es un castigo, mayoritariamente. Es un objetivo y una bendición, es dignidad. Un derecho, diría un woke. La sociedad mundial considera que es el medio más idóneo de subsistencia, calidad de vida y hasta de inserción y significado social y una cuestión moral. Dolorosamente, el empleo se ha convertido en uno de los bienes más escasos.
Lo que aquí se sostiene no incorpora los efectos de la Inteligencia Artificial, la robótica y demás avances tecnológicos y científicos que se avecinan, que son imposibles de predecir, al menos para este espacio. Ese puede ser un mundo totalmente distinto al actual que requerirá una revolución universal de análisis, políticas y hasta una nueva concepción económica integral.
En el plano local se advierten muchas coincidencias con la descripción mundial, corregidas por el hecho de que la estructura económica nacional es de poco valor agregado exportable, la innovación es poca y ha dejado hace décadas de tener una educación de nivel, a la vez que el sistema educativo ha desperdiciado la mayoría de sus recursos de todo tipo en formar profesionales de disciplinas no productivas, no tecnológicas, científicas o ni siquiera de beneficios concretos para la sociedad. Más allá de la calidad de enseñanza en cualquier disciplina, el mecanismo de admisión sin cupos, gratuito y sin exigencias de ingreso garantiza la inutilidad del sistema para crear recursos, crecimiento y bienestar.
Se suele afirmar que si se impulsara una formación especializada en el trabajador podrían aumentarse las chances de obtener buenos empleos o simplemente de obtener empleo. También esa frase debe condicionarse. Ese elemento no aumenta per se el empleo. Aumenta las chances de un individuo para competir en un sector más alto del mercado laboral/salarial, lo que hasta puede llegar a bajar el nivel de remuneración de esos trabajos de calidad, salvo que aumente la innovación a tal punto que eso incremente la capacidad adquisitiva de toda la sociedad, y que la exigencia formativa sea muy importante.
Es cierto que el accionar sindical puede obrar en contra del propio trabajador y del empleo total, al forzar el cierre de Pymes que generan una importante demanda de trabajo. Pero si no se aumenta el valor agregado de la producción o los servicios se tratará en la mayoría de los casos de una substitución.
En Argentina se han disimulado estos problemas con una mezcla de remedios casi de brujería económica. La inflación. Los subsidios y planes. El empleo estatal. La creación de regímenes de exención, subsidios, zonas de fomento. Limitación de la competencia externa. El trabajo en negro. Todos esos mecanismos tienen costos e ineficiencias ocultas que conspiran contra la idea de crear trabajo genuino y de calidad vía el aumento del PBI y del valor agregado. Terminan en default, impuestazos, rodrigazos, ajustazos, motosierras, licuadora, aumento de gasto del estado, déficit fiscal, endeudamiento interno y externo, cepos diversos y manoseo del tipo de cambio y default.
Argentina necesita facilitar la creación de millones de puestos de trabajo formales, no miles. Es la única forma de absorber la masa de empleados públicos, planeros, trabajo en negro, desocupados, marginales, de equilibrar el sistema jubilatorio y de conseguir mejores salarios, golpeados además por este último brusco ajuste. Pero si cualquier gobierno prescindiera solamente de 100,000 de los casi cuatro millones de empleados públicos que pueblan sus filas, no habría trabajo privado para ofrecerles.
Paradójicamente, esos empleados públicos son parte integrante del gasto que obliga a emitir, o a cobrar altos impuestos a la nación y a las provincias. (Sin considerar el robo)
Al hacer una bandera de eliminar el déficit el Gobierno ha dado dos grandes pasos. Ha bajado la inflación y puede seguir bajándola, y ha empezado a caminar rumbo a la creación de nuevos puestos de trabajo auténticos. Pero por ahora, sólo ha dado los primeros pasos. No se puede ignorar que el ajuste sobre las clases media y baja tendrá que moderarse con bastante urgencia. Deberá ser reemplazado por un ajuste más estudiado, más meduloso y preciso para evitar que sea percibido como una gran injusticia e inequidad y en efecto lo sea.
Tiene razón en buscar el desarrollo de industrias extractivas, como el petróleo, el gas y tierras raras y minerales. Tal vez el país no esté en condiciones ideales para exportar otros bienes relevantes.
Desde algún punto de vista, esta decisión generará más divisas “para el país”. Eso es relativo. Las divisas que se generen con cualquier nueva actividad exportadora no son “del país”. Son de los exportadores, y si se quiere acceder a ellas habrá que comprarlas en un mercado libre sin obligación del exportador de venderle al Banco Central, como hoy, con los efectos negativos pertinentes, salvo que haya superávit fiscal.
Lo que sí es importante es que decisión de eliminar el déficit y la de empujar las inversiones necesariamente ayudan a aumentar el empleo, al no obligar al país a ser un deudor compulsivo que ahuyenta cualquier radicación, y también al dar la oportunidad de bajar los impuestos nacionales, provinciales y municipales, la mejor manera de fomentar inversiones, competitividad, exportaciones y crecimiento. Y el empleo, por supuesto.
Donde, en la opinión de esta columna, hay que tener cautela es en la aplicación del RIGI y ahora del SuperRIGI. Las exenciones, subsidios y rebajas de estos regímenes apuntan a las industrias extractivas. La idea de usar esos rubros para empezar rápidamente el crecimiento es adecuada, no se pueden perder las oportunidades y el país tiene la fortuna de tener en su subsuelo los bienes que todo el mundo busca. También pueden generar recursos y empleo en las provincias, donde tanta falta hacen para poder bajar impuestos.
Las dudas son: ¿Para qué el subsidio? Las empresas que explotan estas industrias están acostumbradas mundialmente a pagar los mismos impuestos que paga el resto de la economía y en muchos casos una sobretasa importante por ser extractivas de productos no renovables. El mejor ejemplo es Noruega, donde su gran economía se basa en los ingresos impositivos que vienen de las petroleras, que son considerablemente más altos que los del resto de las industrias. Los países tienen claro que se trata de recursos no renovables y cobran en consecuencia, no por razones ambientales, sino por puras razones comerciales.
Estas actividades no requieren ni esperan bajas de impuestos. Si un país es rico en minerales ya les resulta interesante. Les importa solamente poder pagar dividendos sin restricciones ni control de cambios, o devolver su capital cuando lo crean pertinente, sin trabas. También que los litigios y reclamos se diriman en un tribunal internacional, no ante el simulacro de justicia argentina. Muy parecido a lo que Exxon le requirió al gobierno de Cristina Kirchner cuando se lo invitó a participar del proyecto de Vaca Muerta, que obviamente no se lo concedió, por eso la presencia de Chevron, que claramente no es Exxon. El super RIGI puede ser muy parecido a aquel reclamo de Exxon.
El RIGI original asegura varias rebajas impositivas. Supuestamente eso se debe a la gran generación de empleos que su actividad genera. Ese es el argumento principal de todas las exenciones y regímenes de promoción que se han otorgado durante medio siglo. Los empleos pueden ser interesantes, aunque habrá que ver las tecnologías y sistemas que se aplican, que tienden al ahorro de personal y de insumos locales. Pero esos empleos vendrían de todos modos, sin rebaja alguna de impuestos.
También recuerda al sistema peronista, de hacer que el agro y las actividades tradicionales pagaran el costo de la “nueva industria”. Una exención impositiva a cualquier nueva empresa nacional, extranjera, se dedique a lo que fuera, implica que los impuestos y retenciones del resto de la economía tardarán más en ser bajados, lo que no parece muy justo. Debe recordarse que las empresas tradicionales existentes también pueden generar riqueza y divisas adicionales, y seguramente igual o mejor tasa de empleos, en especial las PYME.
Acaso sería mejor que toda nueva radicación pague la misma tasa que el resto y se bajen algunos puntos la alícuota general y se eliminen algunos impuestos distorsivos. Las extractivas no dejarán de venir. Si, como se dice, el superRIGI incluirá alguna diferenciación en el sistema cambiario, también sería un costo que soportarían las empresas existentes, porque se demoraría la liberación de ese mercado y la aplicación de un tipo de cambio realmente libre y realista.
A las industrias del tipo que se intenta fomentar les interesa fundamentalmente la continuidad de las reglas de juego, aunque cambien los gobiernos, no depender de la discrecionalidad o arbitrariedad de la burocracia y que el país no sea un paria del sistema financiero mundial. No hace falta nada más que esos requisitos y que el país tenga riquezas bajo tierra. No persiguen rebajas impositivas, ni les importa la democracia ni el libertarismo ni el kirchnerismo, ni el socialismo.
Uruguay, en menor escala, cometió el mismo error con su pastera. Habría que usar su experiencia para maximizar recursos. También la experiencia de las exenciones concedidas en el pasado por un abanico de gobiernos argentinos.
El trabajo es la mayor riqueza de un individuo. Como decía la gran Biblia gaucha:
El trabajar es la ley,
Porque es preciso alquirir,
No se expongan a sufrir
Una triste situación,
Sangra mucho el corazón
Del que tiene que pedir.
Martín Fierro no sabía economía, pero en su rudimentaria sapiencia y con la escuela de la vasta pampa argentina, intuía lo que sentía el ser humano y se lo trasmitía a sus hijos y a todos sus compatriotas de los siglos venideros.