Desde el siglo XIX a la fecha la expectativa de vida se ha duplicado. De menos de 40 años pasamos a 80. Esto nos da una vida más para disfrutar. Esta espectacular mejoría es multifactorial. No solo se debe a los avances de la medicina y la salud pública.
Según algunos expertos, además de los avances médicos, las vacunas y las terapias antibacterianas, las mejoras en agua potable y la pasteurización, algo que ha mejorado nuestra vida son los fertilizantes. Sí, leyó bien: los fertilizantes. ¿Por qué los nombro? El uso de fertilizantes nitrogenados multiplicó los rendimientos de las cosechas. En el siglo XIX el abono más usado era el guano (excremento de aves) obtenido en las costas de Chile y Perú. Desde allí se lo llevaba a Europa a un alto costo.
Gracias al descubrimiento de la fórmula Haber-Bosch para extraer nitrógeno del aire, se lograron fertilizar mayores áreas. Esto ha hecho que casi la mitad del nitrógeno de nuestro cuerpo (70 % de nuestro peso es agua y el 3 % es nitrógeno, fundamental para la constitución de nuestras proteínas) provenga de los fertilizantes que Fritz Haber logró obtener a partir del aire. Su trabajo fue premiado con el Nobel de 1918.
Sin embargo, la vida de Haber fue trágica y parte de esta tragedia se debió justamente a sus habilidades como químico; fue el científico que salvó la vida de millones, pero también permitió matar a millones.
Esta es su historia, que comienza trágicamente, como corresponde: su madre murió en el parto, por lo que el niño pasó una infancia triste y solitaria.
Su familia era de origen judío, pero Fritz se convirtió al catolicismo a los 25 años.
Joven brillante, se formó en la Universidad de Heidelberg con Robert Bunsen. En 1901 se casó con Clara Immerwahr (1870-1915), la primera mujer en doctorarse en química en una universidad alemana.
Haber se interesó en la producción de fertilizantes que mejoraron la expectativa de vida de miles de millones de personas: “del aire salía pan”.
Junto a Carl Bosch (1874-1940) trabajaron en la síntesis de urea a partir del amonio. Bosch dirigió el complejo BASF y la IG Farben, la empresa química más grande del mundo en su tiempo.
También Bosch trabajó con Bergius, otro químico alemán laureado con el Nobel que creó una gasolina sintética a partir de la madera. Este proceso pudo hacer que la Alemania nazi obtuviese suficiente combustible para sostener el esfuerzo bélico, ya que no tenía producción propia de petróleo. De allí que durante la guerra Alemania intentó acceder a los pozos petroleros del Cáucaso, pero fueron detenidos en Stalingrado y desde entonces el régimen nazi perdió la iniciativa de la guerra.
Bergius se refugió en Argentina, donde ayudó al general Perón a trazar un plan quinquenal. Murió en Buenos Aires y está enterrado en el Cementerio Alemán.
Pero volvamos a 1900, cuando gracias a Haber se multiplicaban las áreas fertilizadas y los rendimientos de campos europeos que desde hacía siglos venían siendo explotados.
Hay estudios que sostienen que dos de cada cinco humanos deben sus vidas a estos fertilizantes, convertidos en uno de los descubrimientos más importantes del siglo XX.
Pero toda historia tiene su lado oscuro y el caso de Haber no fue una excepción, porque el sobrante de nitratos producidos era usado para fabricar bombas y proyectiles.
La Primera Guerra fue un conflicto industrial. Se arrojaban 100.000 proyectiles al día. Eso necesitaba una colosal infraestructura industrial que también era alimentada por Haber y Bosch, uno desde la ciencia, el otro como industrial.
Haber se sentía un patriota y creía que podía socorrer al Imperio con sus conocimientos, a diferencia de su amigo Albert Einstein, que pensaba que la guerra era una locura (si bien, cuando en la Segunda Guerra contempló la posibilidad de que el régimen nazi pudiese tener una bomba atómica, no dudó en escribirle al presidente Roosevelt para que EE. UU. hiciese la propia).
Haber dejó sus investigaciones agrícolas y, con la expresa oposición de su esposa, se puso a trabajar para aumentar la producción de nitrito de sodio de 1 tonelada a 25 toneladas desde 1914 a 1916.
Pero esto no fue lo peor: estudió el uso de gases como cloro para atacar al enemigo. El 22 de abril de 1915, en plena batalla de Ypres y bajo su propio auspicio, liberó 80 toneladas de gas en el campo de batalla. En pocos minutos por lo menos 5600 soldados morían con los pulmones destruidos.
LA MUERTE DE CLARA
Su esposa estaba completamente en desacuerdo con las investigaciones del marido. Mientras el káiser congratulaba a Haber y lo ascendía a capitán, Clara se suicidó con el arma de su marido, incapaz de tolerar la vergüenza.
Haber, ocupado como estaba por su nueva pasión belicista, no pudo asistir al entierro de su esposa, porque ese día iniciaba el uso de gases en el frente ruso. Solo asistió su hijo de 14 años.
En 1915 probó el fosgeno y el año siguiente el gas mostaza. El problema de estos gases era el cambio de la dirección del viento, porque el arma se convertía en una amenaza para los mismos alemanes (aunque estos gases también fueron usados por distintos países, incluidos Inglaterra, Francia y España).
Se estima que mataron a 90.000 personas, pero dejaron a dos millones de lisiados, incluyendo a muchos con neurosis de guerra.
La actitud de Haber fue muy discutida por esa ambivalencia entre el desarrollo científico y el uso ético de los conocimientos, más aún cuando en 1918 le fue concedido el premio Nobel.
Aun así, hubo varios científicos que le negaron el saludo.
El sufrimiento infligido fue atroz y no había patrioterismo que lo justificara.
Sin embargo, y a pesar de las acusaciones y el traumático suicidio de su esposa, Haber perseveró en su posición y aseguraba que la química “tenía la respuesta a todos los males de la tierra”, sin reconocer que había creado muchos de esos males.
Concluida la guerra, Alemania estaba condenada a pagar enormes indemnizaciones. Una vez más Haber propuso una solución.
El océano tiene oro disuelto en el agua. Si se filtraba suficiente cantidad de agua podría obtenerse ese oro que Alemania no tenía.
Las autoridades se entusiasmaron con la idea de Haber, pero a poco de andar se percataron de que los costos eran enormes y el proyecto fracasó.
A pesar de su encumbrada posición, sus premios, la devoción patriota y su conversión al catolicismo, en 1933, con la imposición de las leyes raciales, Fritz Haber fue tratado como un judío más y le fue impedido el ingreso a cualquier dependencia estatal.
Max Planck, el científico alemán de mayor renombre, habló personalmente con Hitler para interceder por Haber, señalando la capacidad que se perdía al impedirle trabajar. El Führer permaneció impasible: las leyes raciales no tenían excepción.
Ante este futuro poco alentador, Haber se trasladó a Cambridge, Inglaterra, pero la creación de los gases con finalidad bélica lo persiguió. Ernest Rutherford, el científico más notable de Gran Bretaña, se negó a saludarlo.
Fue entonces cuando Chaim Weizmann, un químico que había trabajado con Haber y sería el primer presidente de Israel, le ofreció ser director del Instituto Sieff de Investigación (hoy Instituto Weizmann). Haber aceptó y viajó a Israel, pero ya entonces había sufrido un infarto. Al detenerse en Basilea tuvo una nueva descompensación y falleció en dicha ciudad.
Su historia no termina acá porque sus investigaciones lo siguieron más allá de la muerte. El desarrollo de químicos tóxicos (compuestos cianurados) condujo al desarrollo del Zyklon B, el gas que los nazis usaron para matar a millones de víctimas en los campos de concentración, incluidos parientes de Haber.
No solo debemos rescatar la anécdota de una vida trágica. Cuando se hace investigación científica pura, muchas veces no se sabe cuál será la utilidad del desarrollo. Es como frotar una lámpara de Aladino: se desconoce si el genio será benigno o un demonio.
En el caso de los gases, Haber estaba plenamente consciente de la finalidad de su desarrollo. Y lo siguió aun a expensas del reclamo de su esposa y otros científicos. Y sus desarrollos al final fueron contra la humanidad, la familia y hasta él mismo. El aire produjo pan y de su ingenio también produjo destrucción.
Hoy estamos frotando la lámpara de la IA, un instrumento que da resultados maravillosos pero que en manos de las personas menos escrupulosas puede convertirse en el Zyklon B de la humanidad.
La IA podría ser el nombre de uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis.