Opinión
Cien días de pontificado en medio de una fuerte expectativa de cambios alentada por gestos de innovación y espontaneidad

Francisco empieza a dejar su marca

El papa argentino que desea una Iglesia de los pobres e insiste en la misericordia de Dios, busca contagiar optimismo y transmitir la alegría de ser cristiano. Sus prioridades: colegialidad, reforma de la curia y ecumenismo.

El papa Francisco cumple este jueves cien días de pontificado en el marco de una inédita transición, sin luto ni grandes homenajes, y con su predecesor retirado en un monasterio de clausura dentro de los muros vaticanos.

Una experiencia de cohabitación que no lo opacó, como se temía, en gran medida por el silencio de Benedicto XVI pero también por la enorme expectativa que rodea al nuevo papa. Una expectativa alentada por el nuevo estilo que le está imprimiendo al pontificado pero también por las insinuaciones de cambios de fondo que rápidamente lo ubicaron en el centro de los reflectores.

Han sido cien días de intensas jornadas, con las exigentes actividades de la Pascua incluidas, en las que el nuevo papa ha estado siempre presente en los medios a partir de sus gestos informales, su espontaneidad y sus homilías diarias, que van aportando pistas sobre su modo de ser pontífice y sobre el rumbo que adoptará.
Jorge Mario Bergoglio no se prepara en soledad para esta tarea. Es cierto que llegó sin personas de su confianza, a tal punto que como secretario privado eligió al obispo maltés Alfred Xuereb, que era segundo asistente de Benedicto XVI.

Pero ya creó un grupo de ocho cardenales para que lo asesoraran en el gobierno de la Iglesia y en una reforma de la curia. Una suerte de consejo de la corona que nombró a un mes exacto de su elección, en su decisión más significativa hasta el momento y con posibles implicancias sobre el ejercicio del poder.

UN DESCONOCIDO

Desde aquella tarde del 13 de marzo cuando lo eligieron, Francisco conquistó el corazón de muchos fieles con su austeridad, sus modos de párroco simple, cálido, que sale a la puerta a saludar, se expone al contacto con la multitud y busca una empatía con los aficionados al fútbol, en una época en que la gestualidad es más importante que las palabras.

El papa argentino atrae a la plaza de San Pedro multitudes por arriba del promedio y las iglesias y confesionarios se llenaron en los primeros días.

Pero el papa venido "desde el fin del mundo" es todavía un desconocido, incluso en Roma. Una evidencia que sorprende frente a las insistentes versiones sobre la relevancia que habría tenido en el cónclave del 2005.

Ese desconocimiento está obligando a los analistas a un esfuerzo de exégesis diario, con conclusiones siempre provisionales. En ese contexto, su nombre, sus gestos y sus palabras han sido observados con atención en busca de alguna señal.

Así, por ejemplo, el nombre Francisco, todo un emblema de la pobreza, fue tomado como una definición programática, algo que el mismo papa parece confirmar con su expreso compromiso social, que a veces se confundió con la Teología de la Liberación.

Sus gestos de sencillez fueron los más comentados y elogiados. Aunque también su abandono de símbolos pontificios y su insistencia en presentarse como un obispo más evocó a algunos la figura de un "primus inter pares", que encierra un contenido preciso en el sentido de la colegialidad y el ecumenismo.

HOMILIAS

Hasta ahora, tal vez, la mayor fuente de indicios para conocerlo haya sido la pastoral de sus homilías matutinas en la capilla de la residencia Santa Marta, el hotel adyacente a la basílica de San Pedro donde decidió vivir por el momento, en lugar de ocupar el tradicional apartamento pontificio del Palacio Apostólico.

El papa adoptó la novedosa costumbre de celebrar la Santa Misa en esa capilla ante unas cincuenta personas, entre empleados vaticanos e invitados que se van rotando cada día, en lugar de hacerlo en privado como sus predecesores. Y sus homilías, resumidas y difundidas después por Radio Vaticano y el diario L"Osservatore Romano, tienen un alcance mundial.

Son homilías breves, personales, mayormente improvisadas, en las que echa mano a expresiones coloquiales para remarcar conceptos, en un lenguaje por momentos insólito para un pontífice.

De ellas surge un papa que busca contagiar optimismo, que llama a transmitir la alegría del mensaje cristiano, que insiste en el amor, la misericordia de Dios, el perdón. Ese tono positivo es el que lo lleva a presentar los diez mandamientos, no como un himno al "no", sino como un "si" a Dios, y a "no tener miedo" respecto del Juicio Final.

Según el vocero vaticano, el padre Federico Lombardi, su predecesor, el papa teólogo, solía advertir los riesgos que enfrentaba la Iglesia y recordaba a los católicos "el camino equivocado". Eso era importante, según dijo al New York Times. Pero a veces un cambio de énfasis es bueno. "Que nos repitan cómo el amor de Dios y su misericordia pueden transformar los corazones de la gente, era una necesidad", opinó.

El riesgo de improvisar es que las homilías, al no ser revisadas, han quedado abiertas a interpretaciones muy dispares. De hecho, amenazan convertirse en un dolor de cabeza para los voceros del Vaticano, según el vaticanista John Allen. "A veces casi parecen funcionar como un test de Rorschach eclesiástico, que revela la agenda de electores ansiosos por encuadrar al nuevo papa", señaló.

El Santo Padre, por el momento, decidió no cambiar de metodología y prefiere también que las homilías no sean transmitidas en directo, sino solo conocidas por esos resúmenes.

EMANCIPACION

En el fondo, esas homilías indican que Francisco no sólo se identifica con el Concilio Vaticano II (CVII) sino que cree que aún no se le ha dado un total cumplimiento.

Un primer paso en ese sentido podría ser la reforma de la curia, que según observadores citados por La Croix, consistirá en aplicar las recomendaciones de colegialidad previstas en el CVII. En una reciente conversación informal con miembros del consejo ordinario del sínodo de obispos que se reunió en octubre pasado sobre el tema de la evangelización, el papa dijo que deseaba apoyarse para gobernar en la sinodalidad, es decir, darles a los obispos una más grande participación en las decisiones de la Iglesia. Incluso anticipó que el consejo del sínodo de obispos podría devenir en un consejo permanente.

Es todavía una incógnita si ese desarrollo del Concilio le impedirá continuar con el intento de reconciliación con el tradicionalismo de Benedicto XVI. La duda es porque, si bien resaltó la importancia de nutrirse de la tradición, ha criticado a quienes quieren volver el tiempo atrás hasta antes de las reformas conciliares y porque, a diferencia de ellos, él reivindica una relación con la liturgia que es, en sus palabras, "emancipada".

Ni volver atrás ni progresismo adolescente, exclamó la semana pasada en lo más parecido a una definición programática hecha por sí mismo.

Sus prioridades, entonces, serían: dar mayor impulso a la colegialidad episcopal, reformar la curia y promover tanto el ecumenismo como un mayor acercamiento a islámicos y judíos.

Mientras se esperan novedades en este sentido, el papa se tomará unos días de descanso en julio antes de afrontar su primer viaje internacional a Brasil para una nueva "prueba de fuego", las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ), que tendrán lugar en Río entre el 22 y el 28 de ese mes. Pero ya anticipó que no será un viajero frecuente.

La semana pasada anunció la próxima aparición de la primera encíclica bajo su pontificado, un documento sobre la fe comenzado por Benedicto XVI, quien no llegó a terminarla a tiempo antes de renunciar, y que llevará la firma de Francisco. Para más adelante quedará su primera exhortación apostólica, sobre la que ya trabaja y que trata sobre la evangelización, y una posible segunda encíclica, sobre la pobreza, según confió a los obispos de Apulia durante la visita "ad limina" que estos hicieron en mayo pasado. Quizás a partir de esos textos pueda empezar a conocerse mejor al nuevo papa.

En los últimos días, después de tantas novedades, la confirmación por parte de Francisco de que efectivamente hay una corriente de corrupción y un lobby gay que operan en el Vaticano reflotó las sombras de aquellos aciagos días en que Benedicto XVI presentó finalmente su renuncia en latín y que la mayoría de los cardenales ni siquiera entendieron. Quiera Dios iluminar a Francisco, y ampararlo, para que guíe a la Iglesia en este momento tan misterioso de la historia.