Nicolás Gueilburt lleva más de dos décadas dedicado a contar historias. Como guionista participó de películas que dejaron huella en el cine argentino como El bonaerense, Los paranoicos y La fiesta silenciosa, mientras que, en paralelo, desarrolla una intensa tarea como docente en la Universidad del Cine, donde acompaña la formación de nuevas generaciones de realizadores y escritores. Un recorrido construido entre guiones, aulas y proyectos audiovisuales, que desemboca ahora en un nuevo desafío, Un soldado siempre está solo (Ediciones B, 240 páginas), su primera novela, en la que encontró otra forma de explorar los conflictos, las emociones y el recuerdo.
Su reciente lanzamiento no representa un cambio de rumbo sino una continuidad natural de una voz que desde hace años explora las fronteras entre la identidad y los silencios que dejan las experiencias más extremas.
En sus páginas, Gueilburt (51 años) se aleja de la estructura del guion para internarse en un territorio donde la literatura le permite respirar con otro ritmo, profundizar en la intimidad de sus personajes y construir una narración que combina el policial, la poesía y la evocación de la Guerra de Malvinas.
El resultado es una obra donde la belleza del lenguaje convive con el desgarro de la memoria y donde cada escena parece escrita con la precisión visual de quien conoce el cine, pero también descubre un espacio nuevo para contar.
Con un estilo sobrio, sensible y profundamente cinematográfico, Gueilburt confirma que la escritura no entiende de formatos ni géneros, sino de miradas e interpretaciones.
DOS MUNDOS
-El protagonista de tu novela es Ciro Burgos, árbitro de fútbol y ex combatiente de Malvinas. ¿Cómo surgió su figura?
-La primera imagen que tuve suya fue de espaldas, solo, sentado en un banco, abatido; y de fondo golpes en la puerta, gritos e insultos. Esa imagen no quedó en el texto final. Cambió por la de un hombre saliendo por una puerta protegido por policías, rodeado de fotógrafos y fanáticos que lo insultan, mientras lo suben a un patrullero. Pensé: “es un criminal”, y después: “no, es un árbitro de futbol”. Esa ambigüedad me pareció divertida, casi de humor negro. Y el proceso, que fue inconsciente por supuesto, se fue dando en la escritura misma, hasta concluir la novela.
-Se unen dos mundos claros, la Guerra de Malvinas y el costado oscuro del fútbol.
-No hubo un porqué previo, más bien reconocí dos ideas en apariencia disímiles y por alguna razón que desconozco las uní. La primera, la noticia de un árbitro de fútbol que en un partido fue tomado por las cámaras de televisión cantando una canción de una de las parcialidades. Me llamó la atención cómo alguien que está acostumbrado a ocultar sus emociones, no se puede controlar, y deja escapar algo vinculado con su pasión. Y tiempo después, investigando para escribir un guion sobre un personaje que había estado en Malvinas, me encontré con una situación que me pareció terrible. Cuando los excombatientes regresaron del frente, muchos fueron llevados a Campo de Mayo y, antes de darles la baja definitiva, los encerraron en el cuartel, les dieron de comer para aparentar que estaban en mejores condiciones de las que habían llegado y les hicieron firmar un consentimiento comprometiéndose a no revelar lo que habían vivido en la guerra. La situación de alguien que tiene que reprimir y ocultar el horror, se me pegó con el personaje al que algo incontenible se le escapaba. Y en esa conjunción de represión y expresión se armó la novela.
INVESTIGACION
-¿Cómo fue ese proceso de investigación?
-Hablé con un árbitro de Primera División y con otro del ascenso. Indagué en los aspectos sentimentales, por qué se habían hecho árbitros de fútbol y los sentimientos que tenían durante los partidos, cómo habían sido educados, cuáles eran sus miedos, sus debilidades, sus cábalas, sus aspiraciones y sus frustraciones. Me contaron anécdotas, me hablaron del reglamento, del sentido de la justicia. Entonces fui conformando un mundo particular para que los personajes pudieran habitarlo. En cuanto a Malvinas, quise hablar con excombatientes, pero no tuve la posibilidad, y entonces me dediqué a leer crónicas, reportajes, testimonios, y fui recopilando anécdotas y sensaciones.

-¿Cómo decidió escribir esta primera novela después de muchos años como guionista?
-En ningún momento tomé la decisión de escribir mi primera novela. Básicamente empecé a escribir una imagen que tenía en la cabeza, que es la que describí de un hombre asediado, que no sabía si era un asesino, un árbitro o qué. Y empecé a escribir eso, y seguí escribiendo, y en un momento me di cuenta que era una novela, y continué, y fue creciendo, y la verdad que no tenía un plan armado de antemano. Iba un poco descubriendo la historia a medida que la escribía. Uno al comienzo no busca que el libro atrape al público lector, pero hay algo misterioso en la escritura, que va envolviendo, intrigando y uno sigue creyendo en eso sin saber muy bien hacia dónde va. Tampoco busco lugares seguros en la literatura, justamente, si hay algo que no hay en la literatura es seguridad. Es más bien algo difícil de transitar, apasionante también, que ningún escritor puede dejar de hacer.
CINE Y LETRAS
-Entre sus antecedentes está haber sido coautor junto a Pablo Trapero del reconocido filme ‘El bonaerense’.
-Yo estudié cine un tiempo. Luego empecé a estudiar literatura y, en paralelo, hice un taller de guion con Roberto Scheuer, a quien considero un maestro. Fue él quien, habiendo leído un guion que yo había escrito con Diego Fried, un director amigo, me preguntó si quería dedicarme a ser guionista profesional. Le dije que sí, y entonces me convocó para escribir junto a él y a Trapero El bonaerense. Fue una experiencia extraordinaria, de mucho aprendizaje. Tuve la suerte de que uno de los primeros guiones que escribí pasó a la pantalla y eso ayuda mucho, ver las escenas que uno escribe interpretada por actores y puestas en escena por un director me estimuló para seguir escribiendo. Así fui aprendiendo el oficio del guionista.
-La escritura es muy solitaria, pero el cine es un trabajo en equipo. ¿Cómo son sus procesos creativos?
-En los periodos que estoy escribiendo mi vida se termina organizando alrededor del impulso vital que me da la escritura. A veces tortuoso, generalmente satisfactorio, pero siempre intenso. Por lo demás, la rutina es más o menos la misma: levantarme, ir al bar, escribir en un cuaderno un diario personal, tomar café, escuchar música, volver a mi casa, caminar, escuchar música, pensar, escribir, siempre intermediado con otras cosas como meditar, fumar, estar con mis hijos, salir con amigos, intentar dejar el teléfono y mirar el cielo. De todo un poco para matizar. Cuando no escribo hago lo mismo, pero más aburrido. Entonces me desespero y me pongo a escribir. Las clases en el taller de la Universidad del Cine me permiten conocer lo que están escribiendo los más jóvenes y conectarme con ellos, me da energía, me gusta.