Normalmente hago referencia a hombres que no sólo caminaron, sino que también dejaron huellas. Y como generalmente aludo a seres a los que no traté de cerca, puedo manejarme con el equilibrio y la serenidad que un hombre de radio debe poseer.
Un 30 de noviembre del año 1989, llevaba más de diez u once años en “La Noche con Amigos”, me tocó una tarea penosa, aludir a la muerte de un querido amigo que aunque la noticia la conocía desde esa misma mañana, no me resultó fácil, por el hondo afecto que sentía por el, referirme a él en mi columna.
Hablo de Joaquín Carballo Serantes el relator radial de fútbol uruguayo, que trabajó en Radio Splendid y Radio El Mundo, de nuestro país. Había nacido en Montevideo en 1911 y era más conocido por su seudónimo Fioravanti.
Había estado incluso en su velatorio. Lo traté mucho, especialmente los últimos años.
Pocos días antes de su deceso, recuerdo que hablando por teléfono con Mary, su esposa, ella me decía:
- ¿Sabe una cosa, Narosky?, mi esposo no quiere vivir. Y agregaba: -Tiene la desventaja, en su quebranto orgánico, de tener clara conciencia que ya no puede ser quien fue. Ni siquiera en lo físico. Y no se resigna.
Y acotaba la Sra. Mary: - Creo que desea su muerte.
Se me ocurre agregar que “quien desea su propia muerte, ya está muerto…”.
Lo traté mucho a Fioravanti. Y aunque me llevaba muchos años de edad, se había establecido una firme amistad.
Solía visitarme en mi casa, en Adrogué. Y así pude conocer “de adentro” a este hombre serio y cálido, firme y suave simultáneamente.
Era poseedor de una cultura excepcional. Y en todo lo referente a la actividad teatral era un verdadero erudito, aunque con pudor trataba de no mostrar sus conocimientos en ese terreno. Además estaba dotado de una alta dosis de comprensión hacia sus semejantes. Es que más grande es el hombre, mejor comprende lo pequeño.
Recuerdo también que Fioravanti, gustaba de la música clásica. Y que un cantante al que admiraba fervorosamente –y había incluso tratado personalmente- era el tenor italiano Beniamino Gigli.
Y aquí una acotación que no quiero omitir.
Gigli falleció un 30 de noviembre de 1957 y Fioravanti moriría un 30 de noviembre, aunque 32 años después en 1989. ¿Destino?, ¿casualidad?, quien pudiera saberlo… Pero confieso que me sobrecogió la coincidencia.
Para terminar quiero brindar mi modesto homenaje de gratitud a este excepcional ser humano que fue Fioravanti. Porque tuvo para conmigo una delicadeza que no podré olvidar.
En muchas de las notas radiales y periodísticas de sus últimos años, en su profesión de relator deportivo, en la mayoría de los reportajes que le efectuaban, tenía la gentileza de mencionar alguno de mis aforismos, que había memorizado, hecho que me enorgullecía.
Y le daba placer decírmelos de memoria en las frecuentes visitas que le hice en su departamento de Santa Fe al 2800, en Buenos Aires.
Y hoy me voy a permitir recordar su auténtica hombría de bien, con uno de mis aforismos: “El homenaje a un muerto ilustre no lo resucita. Pero lo ilumina...”.