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Fendrich: 32 años buscando los tres palos

En 1994 salió del Banco Nación con casi 3,2 millones de dólares, estuvo prófugo 109 días y cumplió su condena. Murió en Cuba y el dinero nunca apareció.

—Dale, pibe, que parecés Mario Fendrich.

El grito salió desde el otro lado del alambrado donde se jugaba el torneo interno del Poder Judicial de la provincia de Santa Fe. Ahí, el Real Bañil perdía 3 a 2 con el Notingan Miedo y el arquero local se había comido las tres pepas que dejaban a su equipo abajo en el marcador.

La referencia no era caprichosa. Y mucho menos en esa provincia. Un 23 de septiembre de 1994, Mario César Fendrich, subtesorero de la sucursal Santa Fe del Banco Nación, había salido de la bóveda con casi 3,2 millones de dólares.

Hoy, 32 años después, nadie sabe dónde están esos tres palos. Como el arquero del Real Bañil.

 

ME VOY A PESCAR

Aquel 23 de septiembre era viernes. Fendrich tenía 53 años, estaba casado, tenía dos hijos, era hincha de Colón y llevaba una vida que difícilmente pudiera servir como argumento para una película. Trabajaba desde hacía años en el Banco Nación, era metódico, puntual y pescaba. Pescaba mucho.

Por eso, cuando aquella mañana avisó en su casa que después del trabajo se iría a pescar, no había motivos para sospechar.

Juan José Sagardía, tesorero de la sucursal, estaba fuera de Santa Fe por una reunión de personal jerárquico y Fendrich quedó prácticamente al mando del tesoro. Durante la tarde esperó un camión blindado que llegó demorado por un desperfecto mecánico. Fendrich tenía apuro. Tenía que irse a pescar.

Entonces comenzó el golpe. No hubo armas, encapuchados, boquete, explosivos ni clientes tirados en el piso. Fendrich tenía algo bastante más efectivo: las llaves.

Con la suya y una copia de la correspondiente a uno de los gerentes entró al tesoro, desconectó las alarmas y sacó tres millones de pesos y 187 mil dólares. Regía la Convertibilidad: en términos de aquellos días, casi 3,2 millones de dólares.

Si todo el botín hubiera estado compuesto por billetes de 100 dólares, serían casi 32.000 billetes y unos 32 kilos. Por volumen entrarían en un bolso de viaje grande o en una valija mediana con rueditas. El problema era el peso. En realidad, el grueso eran pesos y Fendrich sacó el dinero en cajas que cargó en su vehículo.

La cerradura quedó programada para que el tesoro pudiera abrirse recién el martes. Así se compró algo tan importante como el dinero: tiempo.

Antes de irse dejó una nota para Sagardía: “Gallego, me llevé tres millones de pesos del tesoro y 187 mil dólares de la caja”.

Después se fue. A pescar. O a algún lugar que durante 109 días nadie pudo establecer con certeza.

 

EL LUNES QUE FENDRICH FALTÓ

El lunes 26 los empleados intentaron abrir el tesoro y no pudieron. Fendrich tampoco apareció. Llamaron a su casa y encontraron otro dato inquietante: su mujer también lo buscaba. Mario había salido el viernes para ir a pescar y no había regresado.

El martes 27 finalmente abrieron la bóveda. Faltaba el dinero y estaba la nota al Gallego. Fendrich dejó de ser un pescador demorado para convertirse en el hombre más buscado del país.

Hubo orden de captura internacional y versiones para todos los gustos: Paraguay, Brasil, una amante, propiedades, casinos, cómplices o dinero enterrado. Cuanto menos se sabía, más crecía el personaje.

Había sacado una fortuna sin disparar un tiro ni lastimar a nadie. El caso llegó al Libro Guinness por la magnitud de un robo individual cometido sin violencia y Fendrich adquirió cierta dimensión de antihéroe. Años después todavía le pedían autógrafos.

Para otros hubo pocas razones para festejar. Sagardía había entrado al Banco Nación a los 17 años y llevaba 33 allí. Él y otros cuatro empleados terminaron cesanteados pese a no haber participado del robo. El tesorero, que calculó entonces que sus ahorros alcanzaban para vivir seis meses, terminaría contando su versión en el libro “3.200.000, el robo nacional”.

 

109 DÍAS DESPUÉS

El 9 de enero de 1995 Santa Fe estaba pendiente de la muerte de Carlos Monzón, ocurrida el día anterior en un accidente. En medio de aquella conmoción reapareció Fendrich. Llevaba 109 días prófugo, tenía barba, se había cambiado el color del pelo y se entregó a la Justicia.

Pero llegó sin los tres millones.

Dijo que había sido secuestrado por un grupo que amenazó a su familia y lo obligó a sacar el dinero. Según esa historia, él también era una víctima. Había un pequeño inconveniente: no podía demostrarlo.

El juicio comenzó en noviembre de 1996. El expediente tenía más de dos mil fojas y declararon 33 testigos. El Tribunal Oral Federal de Santa Fe no creyó el secuestro y lo condenó por peculado a ocho años, dos meses y 15 días de prisión.

En septiembre de 1997 Fendrich admitió que había mentido: nadie lo había secuestrado y había actuado voluntariamente. También contó que durante la fuga manejó hasta Rosario y dejó dinero en casas de “amigos y no amigos”. Nunca precisó cuánto, a quiénes ni qué ocurrió después.

Había aclarado cómo empezó la historia. Seguía sin responder lo único que importaba: dónde estaba la plata.

 

PRESO MODELO

En la cárcel de Las Flores fue un preso ordenado y de buen comportamiento. Hizo tareas administrativas, estudió computación y jugó al ajedrez. Sus compañeros le preguntaban dónde había “encanutado” la plata. Fendrich sonreía.

Obtuvo la libertad condicional el 29 de octubre de 1999, después de cuatro años, nueve meses y veinte días preso. Durante una salida, un periodista le preguntó dónde estaba el dinero. “Vaya uno a saber”, respondió.

La Justicia le exigió vivir con su familia, trabajar y devolver el dinero si aparecía. No apareció. El 24 de marzo de 2002 terminó definitivamente su condena.

Podía entonces empezar la vida de millonario que muchos imaginaban. Pero esa vida nunca llegó.

Trabajó en una parrilla, una fábrica de placas de yeso, reparó lanchas, cultivó frutillas y atendió una agencia de quiniela. Seguía en Santa Fe, iba a ver a Colón y pescaba en el Paraná. No aparecieron mansiones, autos importados ni yates.

En 2013 un periodista entró a un local de calle Francia al 2100 para comprar cigarrillos. Detrás del mostrador estaba Mario Fendrich. El hombre que había sacado casi 3,2 millones del Banco Nación ahora recibía apuestas y daba vueltos.

 

UNA VENGANZA BIEN ARGENTINA

Existe otra explicación posible para aquella vida sin lujos. Y tiene bastante de argentina.

Sólo 187 mil del botín eran dólares. El grueso eran tres millones de pesos que en 1994, por la Convertibilidad, valían tres millones de dólares. Había una condición: había que gastarlos a tiempo.

Nadie sabe qué hizo Fendrich con esos pesos. Pudo cambiarlos por dólares, comprar bienes, invertirlos o repartirlos. También pudo esconderlos.

Si hizo esto último, la espera le salió carísima. Su condena terminó el domingo 24 de marzo de 2002. En la última jornada cambiaria anterior, el dólar había cerrado alrededor de 3,10 pesos.

Aquellos tres millones ya no compraban tres millones de dólares. Alcanzaban para unos 968 mil. Si los había guardado intactos, la devaluación le había hecho desaparecer más de dos millones de dólares sin necesidad de encontrar un solo billete.

Fendrich consiguió ganarle a un banco, mantenerse prófugo 109 días y cumplir su condena sin revelar dónde estaba el dinero. Pero, si guardó los pesos, hubo un adversario al que no pudo ganarle: la economía argentina.

 

¿DÓNDE ESTÁN LOS TRES PALOS?

La búsqueda tuvo capítulos dignos de una ficción. Rogelio Picazo, amigo de Fendrich y administrador del cementerio privado Parque de la Eternidad, llegó a juicio acusado de ser uno de los ideólogos del robo. Fue absuelto.

La coincidencia merece un paréntesis. A principios del siglo XX, otro argentino, Eduardo de Valfierno, había quedado ligado al robo de la Mona Lisa del Museo del Louvre. Durante aquella investigación uno de los sospechosos fue Pablo Picasso. También fue absuelto.

Dos golpes legendarios vinculados con argentinos. Dos Picazos —con distinta ortografía— acusados. Y los dos absueltos.

Los investigadores incluso evaluaron que el dinero podía estar enterrado en el cementerio y estuvieron cerca de abrir tumbas para buscarlo. También hubo versiones sobre Paraguay, propiedades, casinos, inversiones y terceros que podrían haberse quedado con parte de la fortuna. Versiones sobraron. Pruebas, no.

El misterio sobrevivió a Fendrich. En diciembre de 2018 estaba de vacaciones en Cuba cuando sufrió un accidente cerebrovascular. Sus hijos viajaron para acompañarlo y murió en un hospital cubano a los 77 años.

Con él se fue la única persona que podía responder la pregunta pendiente desde 1994. Si escondió la plata, nunca mostró haberla disfrutado. Si la convirtió a dólares, nadie sabe dónde están. Si la repartió, nunca dijo con quién. Y si guardó los pesos, probablemente la Argentina haya resuelto parte del misterio por su cuenta.

Treinta y dos años después siguen faltando tres millones de pesos de 1994 y 187 mil dólares. En aquella Argentina del uno a uno, casi 3,2 millones de dólares.

Una fortuna que entró en unas cajas, salió por la puerta de un banco y desapareció.

Tres palos, pero distintos de los que todavía está buscando el arquero del Real Bañil.