El profesor Richard W. Bulliet es un especialista en historia islámica de la neoyorquina Universidad de Columbia, donde dirigió el Instituto de Estudios sobre el Medio Oriente. Ha escrito o editado una decena de libros, el más importante de los cuales, En defensa de la civilización islamo-cristiana (2004), exploraba vías hacia una posible convivencia entre dos mundos que luego de la tragedia del 11-S terminaron encerrados en un aparente combate a muerte. Diez años después las consecuencias de esa mentalidad belicista se respiran todavía en las calles de la superpotencia.
Aunque hoy el norteamericano corriente no se siente en peligro de sufrir nuevos atentados, sabe que su país está en alerta porque así se lo recuerdan constantemente el gobierno y los medios de comunicación, explica Bulliet, quien accedió a responder por correo electrónico la consulta de este diario.
"El esfuerzo de los islamofóbicos por convertir el temor al terrorismo en odio al islam goza de éxito creciente, aunque se deba en parte a que los grupos terroristas musulmanes ya no parecen ser grandes amenazas", advierte.
Por otra parte, todo el que en Estados Unidos sienta desagrado por los musulmanes o su religión "debe decirlo ahora directamente puesto que insinuar que hay terroristas encubiertos o células dormidas se corresponde más con la fantasía de los guionistas que con la experiencia cotidiana de la gente".
-A diez años de distancia, ¿qué grado de importancia histórica le asigna a los hechos del 11 de septiembre de 2001?
-Cuando hoy pregunto a la gente qué tuvo más importancia, si el 11-S o la crisis financiera de 2008, muchos votan por el derrumbe de la burbuja de la vivienda. Los ataques al World Trade Center y al Pentágono no fueron seguidos por más horrores, y en cambio la economía mundial sigue alterada y parece que va a continuar así. De todos modos creo que el 11-S fue un genuino punto de inflexión, a partir del cual la historia siguió un rumbo diferente.
Al margen de quién fuera presidente, Estados Unidos habría respondido militarmente al 11-S y esa reacción se habría expandido inevitablemente. Además, quienquiera hubiera sido presidente habría convocado a los norteamericanos a gastar y a seguir con sus vidas normales. Y ahí está la raíz de la crisis actual. Gastamos billones de dólares en seguridad y alentamos a la gente a que tomara más y más deuda. Aunque los terroristas no pudieron anticiparlo, diez años después la consecuencia es un país tímido, retraído e islamofóbico. En ese sentido, el terrorismo ganó.
LA REPRESALIA
-¿Cómo evalúa la respuesta de Estados Unidos a los ataques?
-Creo que la respuesta era inevitable, en vista de la situación emocional de los ciudadanos estadounidenses. Y creo que era inevitable que una respuesta militar limitada terminara por expandirse.
-¿La justifica?
-Que algo esté justificado implica un cálculo de legalidad, o al menos un bien o mal moral. Es irreal emplear un decenio de distancia para hacer ese juicio. Nada que haga un estado parece totalmente justificado diez años después. Creo que las formas particulares que adoptó la respuesta en Irak, Afganistán, Pakistán y demás fueron, y siguen siendo, impredecibles. Por eso es que debemos ver al 11-S como un parteaguas. La composición mental estadounidense pasó ese día del aislacionismo a la afirmación mundial de su ansiedad por el terrorismo y al temor a participar en algo más que no sea e antiterrorismo.
-¿Hemos dejado atrás el apogeo del extremismo islámico?
-No, no lo creo. Hoy la cantidad de personas en el mundo que viven atemorizadas por atentados de grupos musulmanes extremistas es muy superior a la de 2001. Otros temen que los ataques de Estados Unidos y sus aliados puedan hacerlos víctimas de daños colaterales.
-¿Cómo interpreta en ese contexto las revueltas en el mundo árabe?
-Quizás la primavera árabe haya marcado el momento culminante del extremismo islámico, pero todavía no sabemos el desenlace de estos acontecimientos. Si en los próximos años partidos islámicos moderados, como la Hermandad Musulmana, participan en elecciones creíbles, el atractivo de los grupos islamistas dedicados a la guerra santa se desvanecerá. Por lo tanto, si todo sale bien, esa será la lección más duradera de la primavera árabe y la refutación más eficaz de la propaganda de Osama Bin Laden.