El mundo
El rincón de los sensatos

¡Es Putin, estúpido!

El jefe de campaña de Bill Clinton, cuando éste era candidato, acuñó una frase que quedó en la memoria colectiva. Buscó atraer al elector apuntando a la mejora de su bienestar: “Es la economía, estúpido”, dijo. Y fue exitoso. Tal vez, en las próximas elecciones presidenciales de los Estados Unidos, alguien apunte a que el sufragante tenga en cuenta que su país puede dejar de ser la primera potencia mundial. Dejando en el camino, además, un tendal de aliados. Y le espete: “Es Putin, estúpido”.

En marzo de este año, advertíamos en esta columna que Trump estaba siendo “…llamativamente blando con el expansionismo ruso, ejercido hoy a expensas de la agredida Ucrania”. Y nos preguntábamos si sólo aspira a hacer de América una ínsula inexpugnable, olvidando a sus aliados de otros continentes.

Alguien debería recordarle que Estados Unidos no sería lo que es, si hubiera hecho caso a las voces aislacionistas -que no pocos esgrimían- y hubiera dejado de intervenir en las dos guerras mundiales del siglo pasado.

“No es Maduro, es Putin” o “No es Venezuela, es Ucrania”, también dirigidos al “estúpido”, podrían ser formas más explícitas del posible eslogan. Porque en política internacional, confundir títere con titiritero es mucho más que un error. Y enviar el mayor portaviones a patrullar la costa venezolana, mientras no se provee a Ucrania de las armas que le son imprescindibles, es lisa y llanamente una traición a Occidente.

Que se hace ostensible cuando Trump endosa las pretensiones de Rusia de legitimar sus usurpaciones territoriales en Ucrania. Ronald Reagan no podría creer que alguien de su partido pudiera hacer una cosa tal.

La invasión rusa a Ucrania, hizo que países tradicionalmente neutrales de Europa se unieran a la OTAN, tomando en cuenta que lo neutro ya no ofrecía refugio seguro. Así llegaron a ella Finlandia primero, y Suecia poco después.

A ello debe añadirse que esas naciones, junto con Noruega y Dinamarca, han constituido un pacto defensivo que ha dado en llamarse la miniOTAN. Escudo nórdico al cual, el rumbo tomado por Trump, hace previsible la incorporación de Polonia y, también, que Alemania siga sus pasos. Alianza ante la cual, Rusia, en un conflicto no nuclear, llevaría las de perder.

Es llamativa la benevolencia de la administración Trump para con esta Rusia debilitada, a la que los Estados Unidos vencieron en una guerra fría cuyo costo no pudo soportar. Y, también, porque su bloque soviético se derrumbó, cuando los países que lo integraban se rebelaron al unísono. Simultaneidad que hizo imposible la represión que antes aplicara cuando lo hicieron individualmente (así, Polonia en 1956, Hungría en 1956 y Checoeslovaquia en 1968).

¿Qué lleva a Trump a conducirse como lo hace? El FBI y la CIA han comprobado que Putin lo ayudó, por todos los medios a su alcance, para que alcanzara su primera presidencia. También es cierto que el líder ruso le ha ofrecido compartir la explotación de las tierras raras de Ucrania. Por otra parte, es un secreto a voces que el rústico magnate no se siente suficientemente reconocido, y que aspira a ingresar en la historia como Nobel de la Paz.

Si fueran tales razones las que lo impulsaran a actuar como lo hace -a contramano de la historia y de los intereses de su país- sería grave. Y si fueran otras, también. Si el Partido Republicano representa a la derecha norteamericana, si así lo hicieron presidentes como Reagan y Eisenhower, lo de Trump es muy otra cosa.

No es de descartar que sea alguien de ese sector el que termine enarbolando el eslogan que, a nuestro parecer, está a la vuelta de cualquier esquina: “Es Putin, estúpido”.