El hombre de la Leica
Por Fermín Goñi
Fondo de Cultura Económica. 482 páginas
Los escritores que toman riesgos, los tipos con la habilidad para mirar un poco más allá que el común de los artistas, son los que terminan por demostrar que no hay tal cosa como un tema agotado.
Ese fue el modus operandi que escogió Fermín Goñi para escribir El hombre de la Leica, una novela histórica que tiene como escenario a la guerra civil española. Así como el historiador inglés Antony Beevor encontró otra manera de contar la trillada Segunda Guerra Mundial –hizo de cada batalla célebre un libro, desmembrando el conflicto-, el autor vasco (nacido en Pamplona en 1953) tuvo un ingenio de similar calibre.
Goñi no contó la guerra ni sus consecuencias o, mejor dicho, lo hizo de manera sutil, como quien siembra anécdotas aquí y allá, sin premura. Su hallazgo argumental fue tomar el caso en los meses previos, allá cuando se cocinaba a fuego lento el complot, la conspiración golpista. Su protagonista entonces no será el renombrado generalísimo Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España por la gracia de Dios, sino el general Emilio Mola, el Director.
La escritura llevó tiempo y esfuerzo. El propio autor confesó que cada mañana cuando se dirigía a la escuela, siendo un niño, se cruzaba en su camino con una señora vestida de luto que, tras dejar su casa, subía a un auto con chofer. La escena se repetía de manera cotidiana en aquella vereda de Pamplona. Un día, al preguntar, recibió la respuesta: “Es la viuda del general Mola”, el hombre que planificó y encendió la mecha de la contienda fratricida.
Cuarenta años y 14 libretas de apuntes después –cada una de 150 páginas-, el escritor pudo darle forma a la novela. Leyó también los libros que el general Mola escribió sobre su experiencia castrense y de allí obtuvo el tono narrativo para escribir en primera persona buena parte de esta historia.
Goñi se mete en las entrañas del militar, sopesa sus angustias y reproduce diálogos verosímiles. Además, es puntilloso en la descripción de los ambientes y la vestimenta, en líneas depuradas hijas del tiempo y el esmero.
El general Emilio Mola (1887-1937) se puso al hombro la organización del golpe militar contra el gobierno constituido de la República española.
Con la paciencia con la que la araña teje su tela, tendió contactos, sumó voluntades, azuzó espíritus. No llegó a ver el final de la guerra: falleció en un misterioso accidente de aviación, justo cuando su figura se había vuelto molesta para Franco.
Entre las idas y vueltas del general, entre sus lamentos y efusividades, Goñi revela las entretelas del movimiento político insurgente, la inverosímil pulseada entre Carlistas monárquicos y militares católicos. También las indecisiones y el egoísmo. Del otro lado, la resistencia se tensa en la tirria que se tienen comunistas, revolucionarios, sindicalistas varios y anarquistas.

Es por demás interesante cómo el escritor y periodista vasco trabaja la figura de Franco para evitar que el sitio que ocupa en la historia del país lo transforme en protagonista de una novela que no le tiene ese lugar reservado.
Al comienzo es un personaje fantasmagórico y esquivo que no termina por confirmar su alineación con el movimiento golpista. Todo en torno a Franco es incierto, nebuloso. Luego, de manera paulatina, asomará su astucia política más que el genio militar. Los contactos con la Alemania de Adolf Hitler y la Italia de Benito Mussolini le brindarán las armas con las cuales ganar batallas y encumbrarse definitivamente como el Generalísimo de España.
Mientras la figura de Franco crece, desmesurada, la del general Mola se opaca. No logra avanzar en el frente Norte para tomar Bilbao y su nombre y trayectoria se deshilachan. Le molesta sobremanera que el Generalísimo casi no le dirija la palabra y le mezquine municiones. ¿Podrán convivir una vez sellada la victoria?
Con la cámara de fotos marca Leica al cuello –regalo que recibió de sus oficiales tras dejar los cuarteles en Marruecos-, Mola controla la línea del frente, urde estrategias. Suele utilizar para la ocasión un avión Airspeed AS6 Envoy de 700 caballos de fuerza, capaz de volar por sobre las tormentas. La tarde fatal despega rumbo a Valladolid, destino al que nunca llegará. La nave terminará por estrellarse en el campo. Entre los hierros calcinados nada queda del general. Sólo su cámara Leica.