Las necrológicas y obituarios, más allá de su función informativa, poseen la capacidad de convertirse en testimonios profundamente emotivos que reflejan la pasión, el compromiso y el legado de quienes, en este caso, dedicaron su vida al arte. Efímeras y volátiles, sin embargo, cuando evocan la entrega total de personas excepcionales, logran trascender su carácter momentáneo y se transforman en verdaderos puentes entre el recuerdo y la inspiración.
Es el caso de José van Dam, cuya muerte el 18 de febrero pasado demuestra que la memoria de su vocación permanece viva no solo en las palabras escritas, sino también en el impacto que generan en quienes se dejan tocar por su arte y ejemplo. La capacidad para integrar interpretación vocal, presencia escénica y una sensibilidad artística excepcional lo convirtió en un verdadero exponente del llamado Arte Total, concepto que alude a quienes logran fusionar distintas disciplinas y cualidades artísticas en cada presentación, trascendiendo así los límites convencionales de la música.
TRAYECTORIA
José van Dam (1940-2026), cuyo nombre completo era Joseph van Damme, logró armonizar las diferencias lingüísticas y políticas de su país natal. Nació en Ixelles, uno de los municipios de la Región de Bruselas-Capital, en el seno de una familia aristocrática. Dominaba tanto el francés como el flamenco en su interpretación vocal.
Durante la adolescencia demostró una inclinación musical que lo llevó a completar sus estudios en el Conservatorio de Lieja. Ingresó luego en la clase de Frédéric Anspach en el Conservatorio Real de Bruselas, maestro reconocido por su formación de destacados profesionales como Julien Haas y Jules Bastin. Era un especialista en oratorio y lied, disciplinas que se alineaban con las preferencias musicales del joven alumno, quien cantaba obras de Schubert en la iglesia desde los once años. Van Dam se distinguió por su interpretación profunda y reflexiva, casi mística, caracterizada por una expresión sobria y precisa.
A la edad de veintiún años interpretó ‘Les Troyens’ en la Opera de París y obtuvo diversos primeros premios en prestigiosos concursos. Se destaca especialmente su desempeño como Leporello, sirviente de ‘Don Giovanni’ de Mozart, en la Opera de Berlín durante varios años, rol que sería determinante en su trayectoria artística. Su timbre transparente y preciso logró que el drama se despliegue sin caer jamás en lamentos ni sentimentalismos; la intensidad controlada de su voz, lejos de lo ordinario, convertía cada frase en un destello de sensibilidad artística.
CONSOLIDACION
Es poco común que un bajo-barítono interprete papeles tradicionalmente asignados a bajos. Sin embargo, en el caso de van Dam, la claridad y precisión de su voz proporcionaban al personaje una cualidad distintiva, alejándolo de matices de rudeza o excesiva gravedad. Su interpretación vocal lograba proyectar una presencia escénica marcada por transparencia y luminosidad.
Su debut en el Festival de Salzburgo a los veintisiete años supuso el inicio de su consolidación profesional, reforzada con la presentaciones en La Scala de Milán dos años después, y posteriormente en reconocidos escenarios internacionales como el Metropolitan, la Opera de París, Covent Garden, La Monnaie y la Opera Estatal de Viena. Actuó en el teatro Colón en dos oportunidades: en ‘Simon Boccanegra’, de Verdi, en 1995, y en un recital el 20 de septiembre de 2026.
Sin embargo, si se intenta definir la esencia de la vida y personalidad de José van Dam, se la podría encontrar en la búsqueda de Don Quijote en ‘El hombre de La Mancha’, basada en la versión francesa de Jacques Brel que se produjo en Lieja en 1988 y 1999. El reflejo perfecto de su dualidad: la luz y la sombra, el idealismo y la introspección, manifestándose en cada nota como un abanico de matices que escapaban de las convenciones teatrales. Su arte invita a imaginar y el oyente experimenta no solo la música, sino la vibración de un sueño noble y profundo, siempre apartado de artificios y vanidades, pero colmado de autenticidad y belleza trascendente.
Este pasaje representa claramente su estilo, caracterizado por una profunda introspección sin recurrir a la grandilocuencia. Su objetivo no era buscar reconocimiento, sino comunicar de manera íntima el sentimiento de finitud. Durante su interpretación del ‘Réquiem’ de Verdi, von Karajan pidió a los músicos que hicieran una pausa e indicó: "Caballeros, escuchen".

Van Dam interpretó el papel principal de ‘San Francisco de Asís’, de Messiaen, en el estreno mundial de 1983 en la Opera de París.
EL CINE
Hace unos meses, en la sección The Kindness of Strangers, el periódico inglés The Guardian publicó un artículo en el que la autora relataba cómo, a los veinte años, desarrolló una profunda admiración por la ópera tras ver la adaptación cinematográfica de ‘Don Giovanni’ dirigida por Joseph Losey. A partir de ese momento, se convirtió en asidua espectadora de la Opera Australiana, presenciando numerosas producciones. No se dispone de información precisa sobre cuántos espectadores han experimentado un impacto cultural similar, ni cuántos fueron conmovidos por la producción ‘El maestro de música’, de Gérard Corbiau, de la que Van Dam fue protagonista.
En dicho filme, el personaje principal, Joachim Dallayrac, un reconocido cantante, decide retirarse del escenario después de una noche triunfal para dedicarse a la formación de Sophie, una joven dotada de una voz excepcional. Estelle, su mujer, lo acompaña durante este proceso, apoyando la preparación de Sophie, cuyo talento él busca perfeccionar. Más adelante, Joachim acoge a un joven con antecedentes delictivos pero con una voz prometedora, permitiéndoles a ambos participar en un prestigioso concurso de canto organizado por el príncipe Scotti, un mecenas frívolo y riquísimo que mantiene una marcada hostilidad hacia el protagonista.
Así, la memoria de artistas como van Dam se perpetúa no solo en sus interpretaciones, sino también en la huella imborrable que dejan en quienes los admiraron y compartieron su camino.
La última estrofa del poema de Friedrich Rückert, musicalizado por Gustav Mahler en ‘Ichbin der Welt abhanden gekommen’, ofrece una despedida apropiada y evocadora para cerrar esta nota: "Morí en su torbellino y descanso en un lugar tranquilo. Vivo solo en mi paraíso, en mi amor, en mis canciones".