Es discutible que la literatura sea el mejor medio para interpretar la realidad o revisar el pasado histórico, sobre todo cuando se trata de conflictos, dramas nacionales o sonoras injusticias. Pero sin aferrarse a entusiasmos tajantes, es cierto que la ficción logra, en el mejor de los casos, abrir caminos, eludir prohibiciones mentales, aproximarse a un problema por el atajo de la metáfora o la alusión.
Puede postularse que mucho de eso consiguió John le Carré en La chica del tambor, la novela de 1983 con la que abordó algunos de los aspectos más perturbadores del interminable enfrentamiento de Medio Oriente, hoy de estremecedora actualidad.
En esa complicada historia de infiltraciones y venganzas escrita bajo el influjo evidente de Joseph Conrad y Graham Greene, el maestro de la literatura de espías urdió una trama que gira, de manera obsesiva, en torno a la idea de actuación.
La realidad del conflicto entre israelíes y palestinos, graficada en una oleada de atentados terroristas en Europa que la inteligencia del estado judío busca detener y desactivar, se presenta como un siniestro decorado móvil que puede montarse o desmontarse a voluntad de los conspiradores.
LA PROTAGONISTA
Por eso la protagonista es una joven actriz, Charlie, inglesa y no judía, sensual “subversiva” de la izquierda revolucionaria y antisionista sin mucha formación. Ella es la pieza elegida por uno de los cerebros del espionaje israelí, Kurtz (guiño a Conrad), para penetrar en la red terrorista palestina y neutralizar a Jalil, su misterioso jefe en el Viejo Continente. Una “idiota útil” vulnerable, débil, “que, en el fondo, como la mayoría de los rebeldes, sólo buscaba un conformismo mayor”, razona el maquiavélico operador israelí.
Charlie llegará a ser “doblada” a fuerza de coerción psicológica y tensión sexual por un adiestrador experto, Gadi Becker, alias Joseph.
Este veterano de todas las guerras israelíes, un mito viviente de sus servicios secretos, se ocupará de entrenarla para que represente el papel más peligroso de su modesta carrera teatral, ya no en un escenario de provincias sino en el multiforme y variable “teatro de la realidad”.
Su misión será tender la trampa maestra que facilite liquidar al esquivo Jalil, convertida en “señuelo, prostituta y traidora”.
“Para atrapar al león, primero hay que atar el cordero”, repiten sus manipuladores citando un antiguo dicho de su tierra.
FINES Y MEDIOS
Los espías israelíes imaginados por Le Carré bordean la omnisciencia. La fría eficiencia de sus métodos operativos resultaría inverosímil si no conociéramos la historia del Mossad, al menos según la cuentan sus admiradores más fervorosos.
Estos agentes no tienen límites en su ambición manipuladora porque, para ellos, el fin siempre justifica los medios. Se mueven con impunidad a través de las fronteras y saltan sin dificultades entre continentes: las dos Alemanias previas a la caída del Muro de Berlín, Grecia, Yugoslavia, Austria, Inglaterra, el Líbano. Secuestran o eliminan a sospechosos según les convenga. Fraguan “accidentes” para encubrir asesinatos ilegales o inventan muertes que nunca ocurrieron a manera de engaño táctico. Y someten a sus colegas de países aliados (la entonces República Federal Alemana, el Reino Unido) alternando entre la presión, el chantaje, el halago o la fingida obsecuencia.
Todo en ellos es falso: sus identidades, pasaportes, rutinas, biografías, hasta los nombres. Son personajes efímeros dentro de la más vasta narración que sus jefes superponen a la realidad que después habrán de mentir los diarios y justificar los gobiernos dóciles.
VERDAD Y MENTIRA
En ese “teatro de la realidad” la verdad y la mentira son intercambiables. Los relatos fundacionales, las ideologías, los credos: todos pueden ser instrumentados como armas al servicio del terrorismo intelectual o la acción psicológica. Pese a la asimetría de recursos, los dos bandos enfrentados comparten la misma estrategia. “El terror es teatro -admite Jalil-. Inspiramos, aterramos, suscitamos indignación, ira, amor. Esclarecemos. Lo mismo que el teatro. El guerrillero es el gran actor del mundo”.
El argumento del libro, y ese es uno de sus grandes méritos, se mueve en el terreno, muy adecuado para el género de la novela de espías, de las fachadas, las “leyendas”, las repetidas mascaradas que inventan los organismos de inteligencia para encubrir sus operaciones clandestinas, las más caprichosas e inconfesables.
Nada es real en esa estructura de cajas chinas ficcionales, todo es (o puede ser) simulación y representación. La cándida Charlie lo comprueba al inicio de la segunda parte del libro, cuando ya ha penetrado en los círculos del terrorismo palestino y se embarca como doble agente en la primera misión asignada por sus nuevos jefes:
“...después de haber tomado ese curso relámpago en técnicas de conspiración, jamás volvería a confiar en los informes oficiales”.

INTERPRETACIONES
La inspiración inicial de La chica del tambor situaba la historia en el entorno de los servicios secretos británicos a fines de la década de 1970. Más tarde Le Carré la adaptó para que se ajustara a la lucha entre israelíes y palestinos.
Procuró documentarse a conciencia antes de embarcarse en la escritura. Viajó a Israel y al Líbano, habló con ex espías israelíes, con un general que había dirigido la inteligencia militar del estado judío y con el entonces alcalde de Jerusalén, Teddy Kolleck. Visitó campamentos de refugiados palestinos en territorio libanés y conversó con uno de sus comandantes militares, Salah Taamari, de quien observó que merecía un libro propio.
“Por ahora -anotó en el prólogo de la novela- sirva este libro de testimonio de su valentía y de mi gratitud por haberme mostrado el corazón palestino”.
Pese al párrafo anterior, no puede decirse que La chica del tambor sea un libro “pro-palestino”, aunque desde su publicación circuló esa interpretación y no han faltado las acusaciones de “antisemitismo” dirigidas contra Le Carré.
Novelista especializado en satirizar los vicios del espionaje británico, en La chica del tambor se cuidó mucho de repetir el escarnio con el Mossad (al que nunca se nombra, por otra parte). Su retrato de los agentes israelíes los muestra como seres cerebrales, exigentes hasta el paroxismo, casi infalibles. Actúan movidos por un férreo idealismo y, en más de un caso, es cierto, por un odio gélido que el autor se encarga de justificar en función de las antiguas penurias de su pueblo.
Tal vez su pecado a ojos de ciertos críticos fue que también dio cuenta de las penurias no menos oprobiosas de los palestinos, ese pueblo que “sabe hacerse amar”, según la frase no irónica que pone en poca de un agente israelí.
Si la literatura puede ayudar a recordar la historia más allá de las versiones oficiales y si contribuye a descifrar la realidad en todos sus matices, entonces la lectura cautivante de La chica del tambor cobra renovada urgencia en un tiempo como el actual, desquiciado por el fanatismo, la guerra y la propaganda traficada como información.