Suplemento Económico

En defensa del ocio:de Stevenson a las redes sociales

Por Santiago Iñiguez de Onzoño *

El dicho italiano Dolce far niente -“qué dulce es no hacer nada”- alaba la dedicación al ocio, al relax, el descanso y, en general, a todo lo que no entraña trabajo ni obligaciones.

Pocas personas se pueden permitir el lujo de no hacer nada. Aunque acariciemos la ilusión tentadora de dedicarnos enteramente al ocio en el caso remoto de ganar una lotería o cuando lleguemos a la jubilación, lo cierto es que empleamos la mayor parte de nuestro tiempo a tareas asociadas a obligaciones, deberes adquiridos o sobrevenidos.

POCO TIEMPO

De acuerdo con las clasificaciones comunes sobre el uso del tiempo, se suele hablar de tres categorías fundamentales de espacios dedicados a tareas ineludibles, salvo fuerza mayor:

* El trabajo pagado (paid work), referido a la ocupación profesional ligada a un sueldo.

* El trabajo no pagado (unpaid work), referido fundamentalmente a las ocupaciones familiares, mantenimiento de casa, o compras.

* El cuidado personal (personal care), que incluye descanso, comida, aseo personal o ejercicio.

Estos tres grandes capítulos pueden ocupar, de media, alrededor del 85% del día, aunque el porcentaje puede variar, lógicamente, dependiendo de las circunstancias personales y de las prácticas sociales. La conclusión, a los efectos de este artículo, es que tan solo disponemos de un 15% de nuestro tiempo para el ocio. Y, dada la intensidad de las otras tareas, es comprensible que una gran mayoría aproveche para no hacer nada dulcemente. O, en su versión más pasiva, sentarse frente al televisor o una pantalla.

TIEMPO PROPIO

Una de las demandas de muchos jóvenes profesionales, especialmente tras la pandemia, es el balance entre la vida profesional y la vida privada. Esto se refleja en la reducción de la jornada, la ampliación de las vacaciones o la consolidación del teletrabajo, aunque impliquen una disminución del salario.

Su mayor valoración del bienestar personal (wellbeing) y el equilibrio mental y físico implica la ampliación del espacio dedicado al ocio, ya que el tiempo no se puede estirar. De ahí la búsqueda de fórmulas para aumentar la productividad y mantener la dedicación a la empresa que a la vez permitan disfrutar de más tiempo de uso discrecional.

Por mi parte, no veo la necesidad de una separación tajante entre los diversos usos del tiempo, e incluso considero conveniente que la frontera entre las distintas categorías sea difusa. Es normal hablar de cuestiones del trabajo en casa, para pedir consejo o desahogarse, aunque el exceso al contar chismes de la oficina puede hartar a las parejas.

Además, tiene lógica que, si hay temas importantes en el trabajo, los maduremos con más sosiego durante el fin de semana. De forma análoga, cuando vivimos problemas familiares es probable que los compartamos con nuestros colegas más próximos.

OCIO DINAMICO

La ociosidad no significa no hacer nada o sentarse de forma pasiva delante de un televisor. Aunque me conmueven las personas de edad que miran al horizonte, concentrados, quizás ensimismados en sus recuerdos, y pienso que la contemplación de escenas sublimes de la naturaleza son inspiradoras, suscribo el carácter activo, dinámico, del ocio.

En su ensayo En defensa de los ociosos (1877), el escritor británico Robert Luis Stevenson afirmaba:

“La capacidad para el ocio implica un apetito universal y un fuerte sentimiento de identidad personal”.

Stevenson animaba a dedicar tiempo al ocio, a estar en la calle, a la socialización, convencido de que se aprendía más de la experiencia directa que de los libros. El escritor lo experimentó en su propia vida. A pesar de sus problemas de salud, con dificultades respiratorias crónicas, viajó extensamente, hasta los lejanos Mares del Sur, en unos periplos que para su época eran estratosféricos.0

UN OCIO VIRTUOSO

Por su parte, el filósofo británico Bertrand Russell escribió su ensayo Elogio de la ociosidad (1932) desde una perspectiva reivindicativa y social. Conmovido por las circunstancias de los trabajadores de su época, y haciendo crítica de la concepción liberadora del trabajo propuesta por el protestantismo liberal, afirmaba: “La creencia de que el trabajo es virtuoso ha causado un inmenso daño”.

Russell, que abogaba por acortar la semana laboral, consideraba que el empleo del tiempo libre debía estar orientado (“Hay que reconocer que el uso sabio del ocio es producto de la civilización y la educación”). También señalaba que los placeres de las poblaciones urbanas se han vuelto fundamentalmente pasivos.

Al contrario que Russell, pienso que la mejor manera de concebir trabajo y entretenimiento es considerarlos como dos partes inseparables de la vida, que dan sentido a nuestra existencia, algo que ya está presente en el origen etimológico de ocio (en latín otium) y negocio (nec-otium), como conceptos complementarios.

El balance y el énfasis que se ponga en cada una de ellas depende de las características individuales, de la personalidad de cada sujeto, de qué nos hace más felices y nos proporciona más satisfacción, pero ninguna de las dos variables de la ecuación debería ser cero. En todo caso, en línea con lo ya mencionado, el tiempo dedicado a tareas no retribuidas es también un genuino trabajo.

USOS DEL OCIO

Si el tiempo dedicado al ocio tiene, potencialmente, consecuencias positivas, sería conveniente analizar y decidir en qué actividades lo empleamos. Siguiendo a Stevenson, una parte significativa debería estar relacionada con la socialización, pero también habría que dedicar tiempo al desarrollo personal, al aprendizaje de cosas nuevas.

Existe un ocio sano y necesario derivado de las relaciones interpersonales, fundamental para la felicidad y la convivencia social. Pero también hay otro que nos hace crecer hacia dentro, derivado de la reflexión, de la lectura, de la contemplación de obras de arte. Y posiblemente haya un ocio menos encomiable, incluso perjudicial, aunque existe una máxima generalmente respetada por la que, en su tiempo libre, la gente hace lo que le viene en gana, siempre que no perjudique al resto.

A juzgar por las estadísticas, miembros de todas las generaciones invierten una parte significativa del ocio en las redes sociales. Son plataformas de relación interpersonal que han reemplazado, en muchos casos, las formas tradicionales de conectar, informarse y conocer. Con frecuencia debatimos sobre qué principios deberían regir las relaciones en ese medio social y cómo deberían reflejar las mismas pautas de comportamiento y respeto que rigen para el entorno físico, evitando la impunidad que confieren el anonimato y la ausencia.

En uno de sus toques de ironía, el filósofo danés Soren Kierkegaard afirmaba:

“De todas las cosas ridículas, la que más ridícula me parece es estar ocupado”.

Probablemente no se reía tanto del comportamiento de las personas trabajadoras o diligentes como de las que viven sumergidas en una actividad de forma reactiva. En el trabajo y en el ocio, lo importante no es tanto estar ocupado sino aprovechar esos momentos para dar sentido a nuestra existencia.

Es esperable que los desarrollos de la inteligencia artificial generativa sustituyan muchas de las tareas profesionales en todo tipo de trabajos y sectores, por lo que, previsiblemente, aumentará el tiempo de ocio. Esa variación en la ecuación de los tiempos dedicados a diversas actividades debería ser objeto de análisis, y asunto de estudio para los educadores, de forma que preparemos mejor a los ciudadanos del futuro para el uso de su tiempo de ocio.

* Presidente del IE University.