Opinión

Elección: no por mucho madrugar…

El gobierno de Javier Milei  celebra la victoria de Flavio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileras como si se tratara de un triunfo propio. Para entender ese júbilo hay que partir de una circunstancia: aunque aquí todavía falta más de un año para los comicios presidenciales de 2027, el oficialismo argentino - y con él el conjunto de la política doméstica-  ya ha ingresado en tiempo electoral. Lo de Brasil es un aperitivo.

Ese adelantamiento del calendario está empezando a tener consecuencias económicas. Durante buena parte de su gestión, Milei pudo sostener que el tiempo jugaba a su favor. El razonamiento era relativamente sencillo: primero había que ordenar las variables macroeconómicas, terminar con el déficit fiscal, reducir la inflación y modificar algunas de las reglas que habían convertido a la Argentina en una economía cerrada, inestable y poco confiable. Después vendrían la inversión, el crecimiento y la mejora de los ingresos.

Una parte importante de ese programa produjo resultados. El gobierno consiguió imponer la disciplina fiscal como un valor político y no solamente económico; redujo la inflación respecto de los niveles que encontró al asumir; avanzó en una mayor apertura de la economía y consiguió que la Argentina volviera a aparecer en el radar de grandes inversores internacionales.

 

Donde aparecen los problemas

Pero a partir de las elecciones de medio término del último año, después de una prometedora victoria que el oficialismo consiguió con la vital ayuda política y financiera del gobierno de Estados Unidos, comenzó una etapa diferente, en la que el gobierno encontró límites en el campo de la política.

La cuestión ya no reside en que el programa económico haya conseguido estabilizar algunas variables fundamentales, sino si esa estabilización puede transformarse en crecimiento sostenido, inversión, empleo y mejora de los ingresos. Cumplida, en alguna medida, una primera etapa emergen temas de fondo y con ellos aparece el problema político.

Por ejemplo: los empresarios que deben decidir inversiones importantes no están mirando solamente las tasas de interés, el tipo de cambio o el equilibrio fiscal. Se preguntan por 2027.Quieren saber si el rumbo económico iniciado por Milei tendrá continuidad después de las próximas elecciones. Y, sobre todo, quieren saber qué forma tendría esa continuidad.

¿Será reelegido Milei? ¿Aparecerá una alternativa liberal o de centroderecha que preserve los aspectos centrales del programa económico pero modifique su estilo político? ¿Qué ocurrirá con el peronismo? ¿Quién conseguirá representar ese enorme capital electoral que todavía conserva?

Mientras esas preguntas permanezcan abiertas, una parte de las decisiones de inversión puede postergarse. Ese mensaje se transmitió en la reciente reunión de IDEA, en Mar del Plata.

Esto coloca al gobierno frente a una dificultad particular porque tiene muy pocos instrumentos que esté dispuesto a utilizar para acelerar la economía.

No quiere aumentar el gasto público. No quiere abandonar la apertura comercial. No quiere estimular artificialmente el consumo. Y considera que preservar el equilibrio fiscal y mantener bajo control la inflación son condiciones esenciales para la supervivencia de su programa.

Desde la lógica del gobierno, eso es una prueba de coherencia. Pero políticamente tiene un costo: significa que, si la inversión privada demora en llegar, existen pocos motores alternativos capaces de dinamizar rápidamente la economía.

Aparece, entonces, una suerte de círculo vicioso. La economía pierde dinamismo. El malestar social aumenta. Las encuestas registran un deterioro del respaldo al gobierno. Esa pérdida de apoyo debilita políticamente al Presidente. Y esa debilidad vuelve más difíciles sus relaciones con gobernadores, empresarios y hasta con fuerzas políticas que habían colaborado con él.

La incertidumbre política frena la inversión y la falta de inversión alimenta la incertidumbre política.

Es en ese contexto donde comienza a observarse otro movimiento.

 

La cuadratura del círculo rojo

Una parte del llamado círculo rojo —empresarios, dirigentes políticos, gobernadores, sectores financieros y formadores de opinión— parece interesada en preservar aspectos centrales del rumbo iniciado en 2023, pero introduciendo modificaciones importantes en la conducción política. Ciertamente, no se trataría de regresar al modelo anterior; por el contrario: muchos de esos sectores consideran que algunas transformaciones impulsadas por Milei deberían sobrevivir incluso a un eventual cambio de liderazgo.

El equilibrio fiscal. Una economía más abierta. Mayor libertad económica. Una relación diferente entre el Estado y el sector privado.

Pero al mismo tiempo imaginan una conducción menos rígida, más dispuesta a negociar, más sensible frente a las consecuencias sociales del ajuste y, fundamentalmente, capaz de ampliar las bases políticas que sostienen esas reformas.

El problema es quién puede encarnar esa alternativa.

Hay nombres que pertenecen incluso al propio espacio gubernamental. También existen dirigentes provenientes del PRO, del radicalismo, de los gobernadores y de otros sectores del centro políticoY existen outsiders..

Pero todos enfrentan el mismo dilema. Una candidatura destinada a reunir el espacio no kirchnerista podría terminar dividiéndolo. Y esa paradoja explica buena parte de las cautelas actuales.

El gobierno consiguió algunos progresos en el reciente viaje a París, donde convocó a privados y  a autoridades de provincias de diferentes orígenes partidarios para mostrar en el exterior una Argentina abierta a los negocios y la inversión. Allí  hubo un momento de virtud y convergencia. Todas las partes colaboraron y empujaron con buena voluntad del mismo carro. ¿Será posible que ese recreo externo se repita para afrontar problemas acuciantes como los que el arzobispo García Cuerva menciona en sus homilías, en vísperas de la visita del Papa (la pobreza que vuelve a incrementarse, la indigencia que crece, la educación que decae, el desdén por la fraternidad y la consagración del individualismo)?

 

La vereda de enfrente

Hay otro terrogante muy significativo: quién ocupará la vereda de enfrente.

El gobierno tiene un incentivo evidente para que la elección vuelva a organizarse alrededor de una polarización con el kirchnerismo.

Su razonamiento parece ser que, aun cuando haya aumentado el rechazo a la gestión oficial, continúa existiendo en una parte importante de la sociedad una resistencia todavía mayor a la posibilidad de “volver al pasado”. Se ilusiona, entonces, con una polarización como la que mostró la elección brasilera (donde los dos candidatos principales reunieron el 92, 5 por ciento de los votos), sin terceras fuerzas de derecha o centroderecha  que absorban parte del electorado que el oficialismo aspira a monopolizar.  

La identidad del candidato opositor y el programa que despliegue serán decisivos no sólo por las necesidades tácticas del oficialismo, sino por las señales que esos rasgos ofrecerán al electorado y a los mercados. Una candidatura opositora  que se muestre capaz de sintonizar con los logros ya alcanzados por las reformas de Milei podría restarle votos al gobierno pero ofrecería a los mercados una señal positiva y un tranquilizador  horizonte de continuidad  en las reglas de juego.

El peronismo conserva una estructura territorial, sindical y electoral que nadie puede ignorar. Pero todavía no está claro quién puede transformar ese capital político en una alternativa nacional competitiva y, sobre todo, qué programa económico ofrecería.

Ese es otro de los interrogantes centrales de 2027.

Porque la discusión no parece ser simplemente Milei o antimileísmo.

La verdadera discusión probablemente será qué parte de la transformación iniciada en estos años debe conservarse y qué parte debe modificarse.

La campaña electoral empieza a desarrollarse anticipadamente  en una atmósfera internacional caracterizada por un regreso del nacionalismo económico y territorial.

La globalización de las últimas décadas está siendo revisada. Los Estados  vuelven a hablar de fronteras, de defensa y fortalecimiento militar, de recursos naturales, soberanía energética, minerales estratégicos y seguridad económica.

La Argentina está notablemente incorporada a esa tendencia. La cuestión Malvinas ha recuperado centralidad incluso para un gobierno que inicialmente no había colocado ese tema entre sus prioridades políticas.

Algo parecido ocurre con la discusión sobre la propiedad extranjera de la tierra, que parecía zanjado por el forzado retroceso del gobierno cuando el tema se discutió en el Congreso pero recobró inopinadamente actualidad por un fallo de la Corte Suprema.

El debate sobre la llamada Ley de Tierras vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta mucho más amplia: hasta dónde puede avanzar la apertura económica cuando están involucrados recursos considerados estratégicos. No es un debate exclusivamente argentino. Está ocurriendo en Estados Unidos, Europa, China y en numerosos países emergentes. Después de varias décadas dominadas por la idea de globalización, vuelve la pregunta por el territorio y la defensa del territorio. La Corte Suprema parece ahora acuciada por dictar un fallo que la preserve de la exposición negativa que le provocó su extemporánea incursión en el tema a través de un fallo referido a procedimientos.

 

La polarización imperfecta

Brasil atraviesa su propio proceso electoral y lo que está ocurriendo  allí tendrá inevitablemente consecuencias para la Argentina: Brasil continúa siendo nuestro principal socio regional, uno de nuestros mercados fundamentales y la potencia sudamericana más influyente en el mundo.

La victoria en primera vuelta de Flavio Bolsonaro sobre el presidente Lula Da Silva es, si se quiere, una señal todavía incompleta, ya que debe superar aún el balotaje del 25 de octubre para consagrar el cambio de orientación. Pero parte en la pole position en una competencia en la que incluso lo visualizaban ganador la mayoría de las encuestas que presagiaban que en la primera vuelta sería derrotado. 

Milei ha construido una relación política muy definida con el bolsonarismo, lo que introduce un componente ideológico adicional en una relación bilateral que históricamente procuró mantenerse por encima de las diferencias entre gobiernos. Para Estados Unidos, que ha fijado en su estrategia internacional la prioridad de un fortalecimiento en el Hemisferio Occidental –las Américas-, resulta central enhebrar en su sistema de alianzas cercanas a los países más fuertes del continente (Brasil, Méjico, Canadá), con los que hasta ahora mantiene una relación tirante. Si Bolsonaro consolida en la segunda vuelta su victoria del último domingo y corrige el rumbo que Lula ha fijado a su país, Brasil será recibido por Washington como el hijo pródigo. Y hasta soportará que mantenga una relación económica intensa con China.

También Israel atraviesa un momento electoral crucial. Benjamin Netanyahu, uno de los aliados internacionales más cercanos de Milei, podría perder el gobierno según sea el resultado del comicio del 27 de octubre. El vínculo con Israel se ha convertido en una de las definiciones más fuertes de la política exterior argentina.

Poco después llegarán las elecciones de medio término en Estados Unidos. Allí Donald Trump se juega el control del Congreso y el resultado tendrá consecuencias indisimulables. Para Milei es particularmente relevante porque la relación con Trump constituye uno de los principales activos de su gobierno.

Y finalmente aparece un acontecimiento de enorme importancia política y simbólica para la Argentina: la visita del papa León XIV. Si bien la Iglesia insiste en el carácter fundamentalmente pastoral del viaje del pontífice, su visita probablemente excederá ampliamente el terreno religioso.

León XIV ha colocado entre los temas centrales de su pontificado las consecuencias sociales de la revolución tecnológica, particularmente, de la Inteligencia Artificial. Y al mismo tiempo ha reivindicado los principios tradicionales de la doctrina social de la Iglesia: la dignidad del trabajo, la justicia social y la responsabilidad de la economía frente a la comunidad. La fraternidad y la justicia no constituyen para Leon XIV un “derrame”, sino una condición para sostener los cambios mayores.

En una Argentina atravesada por discusiones sobre salarios, empleo, industria y apertura económica, ese mensaje inevitablemente será leído también en clave política. . Sectores sindicales, industriales y sociales encontrarán allí argumentos para plantear que la estabilización macroeconómica no puede ser el único criterio con el cual se evalúe el funcionamiento de una sociedad.

 

Los intereses creados

La Argentina vuelve a interesar al mundo. Y hay que reconocer que una parte de ese interés está vinculada al propio Milei. Su irrupción produjo un cambio muy fuerte en la percepción internacional del país. Inversores que durante años habían descartado a la Argentina volvieron a observarla. El gobierno instaló la idea de que el país estaba dispuesto a modificar reglas que durante años limitaron la inversión privada.

Pero existe otra razón todavía más poderosa. El mundo está cambiando y necesita precisamente aquello que la Argentina posee.Necesita energía. Necesita alimentos, cobre,  litio, territorios capaces de producir energía renovable, Y necesita países que puedan proveer esos recursos en un mundo crecientemente dividido por rivalidades geopolíticas.

Vaca Muerta convierte a la Argentina en una potencia energética.La cordillera contiene enormes reservas de cobre. El noroeste posee una parte sustancial de los recursos mundiales de litio.La Patagonia parece reunir condiciones óptimas para el establecimiento de datacenters de inteligencia artificial. Y la pampa argentina conserva una extraordinaria capacidad de producción agropecuaria. Pocas veces la estructura de recursos naturales del país estuvo tan alineada con las necesidades estratégicas de la economía mundial.

Los capitales están mirando esos recursos. Pero muchas decisiones avanzan con una velocidad menor de la que podría imaginarse observando solamente el potencial económico, porque una inversión minera, petrolera o energética no se calcula en función de los próximos doce meses. Se calcula para veinte, treinta o cuarenta años.Los inversores necesitan responder una pregunta que la política argentina todavía no puede contestar: cuánto de las reglas actuales sobrevivirá a las elecciones de 2027.

Tal vez ésa sea la cuestión central de los próximos meses.

Durante mucho tiempo la Argentina discutió si debía cambiar. Ahora empieza a discutir algo diferente: qué cambios ya experimentados ( y sufridos) quiere conservar. Es una diferencia importante.

Incluso muchos sectores críticos del gobierno parecen aceptar hoy objetivos que hace pocos años eran profundamente controvertidos: equilibrio fiscal, estabilidad monetaria, necesidad de inversión privada, inserción internacional y aprovechamiento intensivo de los recursos energéticos y minerales.

La discusión se desplaza entonces hacia otra cuestión: qué arquitectura política puede sostener esos objetivos.

¿Puede hacerlo Milei ampliando su coalición? ¿Puede aparecer dentro de su propio espacio una conducción con mayor capacidad de negociación (Patricia Bullrich, por ejemplo)? ¿Puede surgir una alternativa liberal o de centroderecha que preserve el rumbo económico pero cambie el estilo político?¿Puede el peronismo reconstruirse alrededor de un programa que combine estabilidad macroeconómica con una mayor preocupación por la producción, el empleo y los ingresos?

Son varias las preguntas a responder en esta campaña de 2027 que ya empezó.