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TEATRO

El yo multiplicado: cuando el cuerpo desborda el escenario

Rita Terranova acierta como directora en ‘Martha Foz, crímenes y demonios’.


‘Martha Foz, crímenes y demonios’. Autoría: Guillermo Pintos. Dirección: Rita Terranova. Diseño de arte: Vanesa Abramovich. Diseño sonoro: G. Pintos. Actúa: Heidi Fauth. Los sábados a las 20.30 en El Camarín de las Musas.


 

A través de un thriller psicológico de época, ‘Marta Foz, crímenes y demonios’ desentraña la paradoja de una cronista de policiales inculpada en un caso insólito. El argumento principal se ve intervenido por un relato secundario siniestro que desafía al espectador. Guillermo Pintos propone así un crudo debate sobre las decisiones de la Justicia y las pasiones más elementales del ser humano. Y lo presenta a través de la mano experimentada de Rita Terranova, que como directora se suma a una tendencia que parece obsesionar al teatro contemporáneo. Un desafío que roza lo imposible: vaciar el escenario de elencos multitudinarios para depositar todo el peso del drama en la osadía de un único intérprete.

No hablamos del clásico monólogo confesional, sino de un fenómeno mucho más complejo y en pleno auge en la cartelera local: el dispositivo multipersonaje. Un procedimiento estético donde un solo actor, mediante una partitura física y vocal milimétrica, encarna a toda la galería de criaturas de una historia. Esta tendencia no responde a la austeridad presupuestaria, sino a una declaración de principios estética y política sobre la fragmentación de la identidad actual.

ESPEJOS DE VANGUARDIA

Este procedimiento cuenta con antecedentes inmediatos que dejaron una huella profunda en la crítica y el público. El caso más radical es, sin dudas, ‘Habitación Macbeth’. Allí, Pompeyo Audivert no sólo adaptó el clásico de Shakespeare, sino que transformó su propio cuerpo en un médium habitado por las brujas, el rey, el protagonista y su consorte. Audivert opera en el territorio del trance expresionista: sus personajes se devoran y escupen entre sí de forma violenta y metafísica.

En la otra vereda estética, el realismo intimista encontró su propio hito con ‘Vanya’. Bajo la dirección cinematográfica de Oscar Barney Finn, Paulo Brunetti asumió la titánica tarea de desarmar ‘Tío Vania’ de Chéjov. A diferencia del desborde de Audivert, Brunetti trabajó desde la filigrana de las microacciones: un cambio en la dirección de la mirada, la caída de los hombros o un sutil matiz en la voz bastaban para que el espectador entendiera la violenta transición entre el tedio, el deseo y la frustración de la burguesía rusa.

MECANICA DEL TRUCO

Para la crítica periodística, el gran peligro de este recurso es que la obra se convierta en un mero tour de force, un despliegue de destreza actoral donde el público asista a aplaudir el truco de magia y se olvide de la historia. El verdadero valor pedagógico y artístico de estas puestas radica en la calidad de la escucha imaginaria.

Cuando el intérprete encarna al Personaje A debe sostener en el aire la presencia del Personaje B, poblando el vacío. La iluminación y el diseño sonoro se convierten aquí en los coequipers invisibles, operando como cortes de edición cinematográfica en vivo para delimitar los territorios de cada rol.

Ya sea en la atmósfera criminal y de época de propuestas recientes, en el drama chejoviano o en la tragedia escocesa, concentrar el mundo en una sola persona desarma la tradicional cuarta pared. El espectador es invitado a un pacto de imaginación absoluto.

En tiempos de pantallas fragmentadas y realidades individualistas, este procedimiento nos devuelve la esencia más primitiva del rito teatral: la capacidad humana de albergar todas las voces, todos los monstruos y todas las justicias en la piel de un solo semejante.

La cartelera actual suma un eslabón clave a esta genealogía con el estreno de ‘Martha Foz, crímenes y demonios’. La dirección de Rita Terranova recurre a este mismo dispositivo para sumergirnos en un policial negro ambientado en los años sesenta. Aquí, la actriz Heidi Fauth asume el desafío polifónico: no sólo encarna a la cronista de policiales injustamente acusada, sino que transita por las distintas voces que componen una trama turbia, judicial y macabra.

A diferencia del trance metafísico de Audivert, la puesta de ‘Martha Foz...’ se recuesta sobre la sutileza del detalle chejoviano al estilo de ‘Vanya’, pero bajo los códigos del suspense psicológico. Fauth utiliza el microgesto y la modulación precisa para desdoblar los testimonios, transformando su cuerpo en un archivo vivo del crimen. cedimiento aquí no es un mero adorno formal; es la herramienta perfecta para escenificar la tesis de la obra: cómo la psique humana, acorralada por las instituciones de la Justicia y sus propios impulsos primarios, es capaz de fragmentarse hasta volverse irreconocible.

En última instancia, el éxito de propuestas como ‘Martha Foz, crímenes y demonios’ demuestra que el dispositivo multipersonaje ha dejado de ser una excentricidad de vanguardia para consolidarse como un lenguaje maduro, riguroso y sumamente eficaz en la escena porteña. Al concentrar toda la densidad del thriller, el desdoblamiento psicológico y la atmósfera de los años sesenta en el cuerpo de una sola intérprete, la puesta en escena no sólo logra mantener en vilo al espectador, sino que eleva la apuesta estética del teatro de texto actual.

PLIEGUES DE LA MENTE

Ver a Heidi Fauth transitar las fronteras de la cordura, el delito y la ley nos recuerda que el verdadero escenario nunca es el espacio físico, sino los pliegues de la mente humana. En una época hiperconectada que nos exige identidades uniformes y respuestas lineales, la polifonía escénica nos devuelve la fascinante y aterradora sospecha de que, adentro nuestro, siempre habita una multitud dispuesta a tomar la palabra. Es, en definitiva, el triunfo del rito teatral en su estado más puro: la ilusión absoluta nacida del vacío.

Calificación: Muy buena