Aunque muchos observadores adjudicaron una importancia decisiva al triunfo del outsider Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales colombianas del último domingo, conviene relativizar ese diagnóstico. Las semejanzas deliberadas que el presidente electo cultiva con Javier Milei son evidentes y, en el corto plazo, seguramente alimentarán la autoestima del universo libertario argentino. Sin embargo, en política los parecidos personales suelen durar menos que las ambiciones. Es probable que, más temprano que tarde, esas afinidades desemboquen en una competencia de liderazgos y egos, un terreno en el que el presidente argentino ha demostrado desenvolverse con singular intensidad.
EL PERU DE FUJIMORI
Vista desde Buenos Aires, la elección latinoamericana de mayor trascendencia puede ser otra: la reciente victoria de Keiko Fujimori en Perú. No solamente porque implica la derrota de una corriente que combinaba populismo, izquierda y ese progresismo cultural que la derecha estadounidense bautizó como "pensamiento woke", sino porque despeja uno de los principales condicionantes políticos para una gira que podría convertirse en el acontecimiento regional más relevante del año: la visita del papa León XIV a América del Sur, con Perú como eje central y una escala largamente esperada en la Argentina.
El Vaticano todavía no anunció oficialmente ese viaje -la Santa Sede suele comunicar sus visitas apostólicas con varios meses de anticipación-, pero las señales convergen. El presidente peruano, José María Balcázar, anticipó que el Pontífice estaría en ese país durante la primera quincena de noviembre. El cardenal uruguayo Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, habló públicamente de una gira que abarcaría Perú, Argentina y Uruguay. En Buenos Aires, distintas fuentes oficiales también consideran "altamente probable" la visita y manejan el mismo horizonte temporal.
Todo permite suponer que, durante la segunda quincena de noviembre, León XIV estará en la Argentina. Es razonable imaginar una agenda que incluya Buenos Aires, el santuario de Luján, Córdoba y alguna escala en el Noroeste argentino, regiones que sintetizan distintas dimensiones de la vida religiosa, social y cultural del país.
En Perú será recibido por Keiko Fujimori, quien asumirá la presidencia el próximo 28 de julio, fecha en la que tradicionalmente comienza el mandato presidencial y que coincide con las celebraciones de la independencia nacional. Su gobierno se extenderá hasta julio de 2031.
Fujimori y Milei constituyen dos desafíos políticos muy distintos para el nuevo Pontífice. En ambos casos, León XIV deberá desplegar la tradicional prudencia diplomática de la Santa Sede, aunque las razones sean diferentes.
La relación entre el fujimorismo y el Vaticano siempre fue correcta, pero nunca especialmente estrecha ni ideológicamente orgánica, como ocurrió con otros movimientos políticos latinoamericanos. Durante la década en que Alberto Fujimori gobernó el Perú, las relaciones diplomáticas fueron institucionalmente fluidas. De origen japonés y tradición familiar budista, Fujimori profesaba el catolicismo y mantuvo un vínculo respetuoso con la Iglesia peruana. Sin embargo, esa convivencia no evitó tensiones profundas.
Las denuncias por violaciones a los derechos humanos y, particularmente, las campañas de esterilización forzada que afectaron a miles de mujeres pobres e indígenas generaron severas críticas tanto de la jerarquía eclesiástica peruana como de distintos organismos vinculados a la Santa Sede. Durante buena parte de aquellos años, el entonces padre Robert Prevost -hoy León XIV- desarrolló su labor pastoral precisamente en algunas de las regiones más vulnerables del país.
El Vaticano valoró algunos aspectos del gobierno de Alberto Fujimori, especialmente la estabilización económica y el combate contra la organización terrorista Sendero Luminoso, cuya violencia también golpeó a comunidades y agentes pastorales católicos. Pero ese reconocimiento nunca derivó en un respaldo político explícito. Durante toda aquella década no hubo visitas papales al Perú, a diferencia de las realizadas por Juan Pablo II en 1985 y 1988. Y cuando el régimen colapsó en el año 2000, la Santa Sede tampoco realizó gesto alguno de apoyo al expresidente.
Cuando Francisco visitó el Perú en 2018 evitó cuidadosamente cualquier identificación partidaria. El debate sobre el indulto concedido a Alberto Fujimori dividía profundamente a la sociedad peruana. El Papa eligió concentrar su mensaje en la reconciliación nacional, la Amazonia, la lucha contra la corrupción y la defensa de los sectores más vulnerables. Escuchó a las víctimas, respetó los procesos institucionales y evitó alinearse tanto con el fujimorismo como con sus adversarios.
Con Keiko Fujimori existen algunas coincidencias parciales en cuestiones culturales y morales, como la defensa de la familia tradicional o las críticas a determinadas reformas educativas vinculadas con la identidad de género. Pero esas convergencias nunca se tradujeron en una alianza política con la Iglesia. De hecho, numerosos obispos peruanos mantuvieron durante años una prudente distancia respecto del fujimorismo.
EL DESAFIO ARGENTINO
El caso argentino presenta un desafío de otra naturaleza. Frente al gobierno de Javier Milei, León XIV probablemente llevará hasta el extremo la refinada diplomacia vaticana. Pero incluso la mejor diplomacia difícilmente consiga ocultar la distancia conceptual que separa buena parte del discurso libertario de la Doctrina Social de la Iglesia. No se trata necesariamente de una confrontación personal sino de dos maneras muy diferentes de comprender el vínculo entre economía, sociedad y persona humana.
Esa diferencia aparece con especial claridad en uno de los temas que más interesan tanto al Presidente como al Pontífice: el impacto de la revolución tecnológica y, en particular, de la inteligencia artificial.
Desde el inicio de su pontificado, León XIV insistió en la necesidad de desarrollar una regulación ética de la inteligencia artificial subordinada a la dignidad humana, al trabajo y al bien común. Expresó su preocupación por una automatización capaz de destruir empleos o degradar las condiciones laborales y sostuvo que la búsqueda de rentabilidad nunca puede justificar la sustitución indiscriminada de trabajadores por tecnología.
En ese punto el nuevo Papa retoma explícitamente la tradición inaugurada por León XIII en la encíclica Rerum Novarum, publicada en plena primera revolución industrial. Así como entonces la Iglesia procuró responder a los desafíos sociales del capitalismo industrial, León XIV intenta ofrecer una reflexión moral frente a la revolución digital. Insiste en que la economía debe permanecer al servicio de las personas, denuncia las desigualdades extremas y advierte sobre una cultura que convierte al dinero, el éxito, el poder o la tecnología en fines en sí mismos. Frente a ello propone recuperar una ética de la solidaridad y una concepción integral de la persona.
Sería un error interpretar estas posiciones como una condena al desarrollo tecnológico o al capitalismo. León XIV no cuestiona la innovación ni el progreso. Lo que reclama es que ambos permanezcan subordinados a valores éticos y al servicio de la humanidad. No se opone a la inteligencia artificial; se opone a que la inteligencia artificial, o cualquier otra herramienta tecnológica, termine gobernada exclusivamente por la lógica del lucro, del poder o de intereses particulares. Ese será, probablemente, uno de los mensajes centrales que traerá a la Argentina.
En un escenario donde el gobierno libertario -aunque hoy exhiba un protagonismo menos arrollador que el de sus primeros meses- continúa ocupando el centro de la escena política gracias a la dispersión de la oposición y a la ausencia de relatos alternativos capaces de ofrecer sentido colectivo, la palabra de León XIV podría adquirir una gravitación singular. No porque intervenga en la política doméstica ni porque pretenda disputar poder con nadie, sino porque ofrecerá una narrativa diferente sobre el destino de las sociedades contemporáneas, el valor del trabajo, la justicia social, el desarrollo tecnológico y la dignidad humana.
UN CONVOCATORIA
En tiempos de fuerte incertidumbre, ese mensaje puede convertirse en algo más que una homilía. Puede funcionar como una convocatoria. Como una invitación a pensar el futuro desde categorías distintas a las que hoy dominan el debate público. Y quizá también como el comienzo de una conversación que la Argentina viene postergando desde hace demasiado tiempo.