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El vacío y la orfandad

El 25 de junio de 1994 Diego Maradona jugó por última vez en el Seleccionado nacional de manera oficial. Fue en la victoria 2-1 sobre Nigeria, en el Mundial de los Estados Unidos. Después le cortaron las piernas. Y recién el 10 de noviembre de 2001, el fútbol le rindió un homenaje al de Fiorito, quien compartió la cancha vestido de celeste y blanco en la Bombonera con estrellas como el Pibe Valderrama, Riquelme y Stoichkov. Diego fue el mejor antes de que apareciera Leo. Anoche fue el último partido de Messi con Argentina pero con otros matices. El adiós del rosarino de la Selección se dio pensado, con mucho homenaje incluido y contra Benín, en un amistoso a su medida. Como fuere, el vacío también es enorme.

Con Diego el luto futbolístico fue diferente. Porque ni siquiera él sabía que aquel partido mundialista que concluyó tomado de la mano de la famosa enfermera (que no era enfermera) estadounidense Sue Carpenter, quien lo acompañó hasta el control antidoping, marcaría el final de su carrera en el Seleccionado. Con Leo todo es y será distinto pese a que siempre fue víctima de comparaciones odiosas con el anterior 10. Le pasó a lo largo de su vida en el fútbol y en el Seleccionado, equipo que lo cobijó ¡por más de dos décadas! hasta anoche. Parece mentira.

Muchos tuvimos la suerte de disfrutarlos a los dos. Incluso de verlos levantar la Copa del Mundo, a los dos. Pero ahora, la tristeza, el agradecimiento y la incredulidad, es por Messi. Toda de Messi, como dicen. Desde anoche o, desde que anunció su retiro, no bien Argentina perdió la final del Mundial 2026 a manos de España, hubo un pueblo futbolero que se empezó a sentir desamparado. El salvador ya no nos va salvar. No va a estar más papá para cuidarnos.  

Ya dio todo, ya hizo más de lo que se podía imaginar. Fue un montón. Nadie, nunca, jugó tanto tiempo y con semejante nivel en el Seleccionado más allá de sus altibajos que, incluso, generaron la corta renuncia de Leo, que duró poco pero que podría haber cambiado la historia reciente, la que convirtió a la Scaloneta en el mejor equipo de la historia… ¿Qué hubiera pasado si Messi no volvía? ¿Argentina hubiera llegado a la tercera? ¿Tendría la Finalissima y las últimas Copas Américas en sus vitrinas que la subieron al escalón principal del podio del fútbol mundial?

Son contrafácticas las preguntas pero hay una respuesta sencilla que sí se puede dar: no hubiéramos tenido a Messi estos últimos diez años. Porque La Pulga sintió que no podía más en 2016. Pasó una década desde que Argentina perdió aquella final en el Centenario a manos de Chile, por penales. “No es para mí. Lamentablemente lo busqué pero no se me dio” dijo roto, a la salida del vestuario del MetLife Stadium, en Estados Unidos, el 26 de junio de aquel año cuando pegó el portacito. Venía de perder su cuarta final: tres Copas América (2007, 2015 y 2016) y el partido decisivo del Mundial 2014 en Brasil, frente a Alemania. No podía…

Y hubo mucha gente que estuvo de acuerdo con su salida. Los que lo acusaban de ser el padre de esas derrotas (derrotas en finales, segundos puestos que nunca se valoran por estos pagos en los que, pareciera, lo único que sirve es ser el número uno) se pusieron contentos. Y el resto, incluso muchos de quienes lo bancaban, sentía que no estaba mal que dejara de intentarlo. Que parara de sufrir.

Duró poco aquella ausencia. Un suspiro. Messi veía los partidos por TV y se moría por estar. Porque siempre fue un nene que quiso jugar. Jugar todos los partidos que pudiera. Amistosos, duelos por los puntos, exhibiciones, finales. Messi siempre fue el dueño de la pelota y no le gusta que se la seque nadie. Por eso no soportó demasiado sin jugar en la Selección, por más que siguiera disfrutando en Barcelona… o en el patio de su  casa con su perro Hulk o con sus hijos, descalzo, al lado de la pileta. Messi quería patear y no soportaba ver a su Selección, a sus amigos dentro del campo de juego con él a la distancia. Y por eso volvió, más allá de sus ansias de revancha.

Todos saben que Messi no quiere salir nunca del campo de juego por más cansado o dolorido que estén su cuerpo y su mente. Porque él descansa jugando. Se ríe y es feliz ahí dentro corriendo sobre el césped, como les pasa a muchos pero pareciera que a él un poco más que a todos. Messi es fútbol, pelota y Selección argentina. Es un chico cuando juega pero sabe que nada es para siempre y se fue por la puerta más grande que encontró. Fue un lujo verlo, ser contemporáneo. Gritar sus goles, reírse con sus risas. Asombrarse con sus gambetas, sus frenos, su varita. No hay calificativo que no se haya dicho o escrito. Dios, Goat, La Cabra. Pero es humano, atención. Tendrá que seguir con su vida. Una vida fuera de lo común, como la de todo genio. Desde ahora el hombre se sacará para siempre la camiseta albiceleste y la sensación de desamparo será muy fuerte. El padre de todos ya no estará para salvarnos cuando vengan matones de otros barrios a ganarnos con la pelota. Quizá nos pueda dar algunos consejos.