Opinión

El test Adorni

El “affaire” por el crecimiento patrimonial de Manuel Adorni ha ido cambiando de naturaleza y ya no es la típica denuncia por corruptela de un funcionario, sino una prueba política para el presidente de la Nación.

Javier Milei debe ahora demostrar si es capaz de absorber una derrota en la disputa contra sus hoy únicos adversarios -los medios y la “casta”- o si está dispuesto a poner en riesgo su exitosa gestión financiera para estabilizar la macroeconomía.

Esto último representa su mayor patrimonio electoral y el factor decisivo para ganar las presidenciales del año próximo. Pero la cada vez más la insostenible defensa del jefe de Gabinete le produce un desgaste innecesario con dos consecuencias obvias: prueba su nula capacidad para salir de una encerrona política relativamente sencilla de resolver y expone cada vez con mayor crudeza el peligro que esa incapacidad representa para las expectativas económicas generales.

La situación del jefe de gabinete ha cambiado por dos motivos. Primero, reconoció el ocultamiento de bienes al fisco. Segundo, para justificarlos dio explicaciones ridículas. Además, hablar del ahorro en negro como una práctica generalizada no lo absuelve.

Patricia Bullrich calificó el hecho como “omisión ética”, pero es más que eso. Se trata de una muestra de hipocresía que contamina a todo el Gobierno, si el Presidente no lo saca en forma perentoria del gabinete. El hecho de que el enriquecimiento de Adorni no le llegue a la suela de los zapatos al de un Lázaro Báez o al de un Insaurralde no representa ningún atenuante.

En resumen, la continuidad de Adorni hace perder credibilidad al Gobierno, le produce un desgaste innecesario ante la opinión pública y, aunque en esta tierra la corrupción no espanta a nadie, echa sombra sobre el sostén político del actual proceso económico.

Funciona además como una traba institucional. Los partidos aliados al Gobierno en el Congreso lo ven débil y detectaron la oportunidad para aumentar sus demandas. Conclusión: el del jefe de gabinete es un caso perdido y cada vez más oneroso. Lo único que resta saber es cuál será su costo político final para el Presidente.

En realidad, el problema generado por Adorni es más complejo que el de su expulsión de palacio. Es el más fiel reflejo del conflicto que tiene Mieli con la casta. Carece de cuadros políticos propios e idóneos para llevar adelante su programa de reformas sistémicas.

La simbiosis entre los factores reales de poder (empresarios, sindicalistas, políticos, periodistas, etcétera) y el modelo corporativo de los últimos 80 años ha vuelto casi quimérico el intento de encontrar un dirigente con capacidad de gestión en el más alto nivel del Estado y al mismo tiempo defensor incondicional del libre mercado.

La pulseada con el círculo rojo es contra todo un sistema. No alcanza con un plan financiero coherente y la voluntad de un grupo de apóstoles libertarios. Milei debe profesionalizar la gestión política, empezando por descartar a ineptos y amateurs.