Opinión
Mirador político

El significado de la próxima elección

Las presidenciales del año próximo serán las más trascendentes desde 1983. Por eso, el tono violento de la campaña del que se tendrá otra muestra  en el Congreso.

De ahí, la anticipación inédita con la que empezó la lucha electoral: el Gobierno ganó hace apenas seis meses la elección de medio término, pero la oposición ha vuelto a la carga en los mismos términos que antes de octubre como si las urnas no hubieran hablado. Ni autocrítica, ni rectificación por la derrota, ni nuevas propuestas, ni aceptación del mensaje de los votantes.

El objetivo sigue siendo el mismo: echar a Milei que sobrevivió a la crisis heredada gracias a un cambio de régimen que afectó intereses económicos largamente consolidados.

Por eso, el Presidente se equivoca a medias cuando plantea el conflicto en términos teóricos, de “modelo”, y asegura que “no se va a mover un ápice de la ortodoxia”. No se trata de una batalla cultural, ni de una discusión académica, sino de intereses, que en 2023 y 2025 se resolvió en las urnas en contra del régimen corporativo y si vuelve a hacerlo en 2027, le dará un golpe que amenazará su supervivencia.

El diagnóstico de Milei suena más realista cuando asegura que “el ataque violento de la política no se pudo llevar nuestro programa”. Aunque debería añadir “por ahora” y aclarar que no fue solo de la “política”, sino también de los medios alineados con grupos económicos que han producido un sensible desgaste a su imagen pública.

Las presidenciales que vienen aparecen como las más importantes desde 1983 porque ese año cambió el régimen político. Pasó del autoritarismo a la democracia. No lo hizo el exacto día del triunfo de Raúl Alfonsín, los procesos históricos no son automáticos, sino paulatinamente. Los militares, que constituían el principal factor de poder, comenzaron un repliegue hacia los cuarteles que se completó en 1990 con el fracaso del alzamiento de Seineldín. Hoy tienen menos peso político que el cuerpo de bomberos.

A partir del 10 de diciembre del 83 comenzó un proceso democratizador que hoy la perspectiva histórica permite identificar, pero no ocurrió igual con la organización corporativa de la vida económica que se mantuvo vigente por la presión de intereses a los cuales la dirigencia de los partidos fue permeable como anteriormente lo habían sido los militares. No es Milei el que juega a favor del establishment, sino los que lo vinieron haciendo en los últimos 40 años: peronistas, radicales, PRO, etcétera.

De allí que lo que se decidirá el año próximo es la ratificación o no del modelo opuesto: mayor apertura, un mercado de competencia real, menos capitalismo de amigos, mayor estabilidad monetaria, financiera y fiscal con baja incidencia del Estado, es decir de los políticos, para determinar la rentabilidad de los negocios. Un cambio drástico para un país estancado desde hace décadas que, de ser ratificado, significaría una verdadera revolución: la aplicación irrestricta de la Constitución liberal de 1853.