Cultura
LA BELLEZA DE LOS LIBROS

El prócer que ha personificado como ningún otro el Congreso de Tucumán

Carlota Guzzo-Conte Grand acaba de dar a conocer su libro Francisco Narciso de Laprida. Su trayectoria y época (1786-1829), un erudito trabajo avalado por el sello Protohistoria Ediciones, a unos pocos meses para cumplirse el 240.º aniversario del nacimiento del destacado hombre público.

Con este libro, la autora ha llenado un vacío respecto al conocimiento de quien, al decir de Sarmiento, “fue el hombre que más honró a San Juan, su patria, y ante quien se inclinaban los personajes más eminentes de la República como ante uno de los padres de la patria, como ante la personificación de aquel Congreso de Tucumán que declaró la Independencia de las Provincias Unidas”.

Existía una vasta compulsa de escritos sobre Laprida -obras del general Mitre, Damián Hudson, Vicente Fidel López, Francisco Silva, Nicanor Larraín, Pedro Caraffa, Emilio Maurín Navarro, Leoncio Gianello, Mario Bialet Argerich, Lucrecia Devoto Villegas de Godoy, Horacio Videla, Manuel A. Laprida y César Guerrero, quienes lo estudiaron en distintos momentos; sin embargo, fue la falta de una “investigación exhaustiva sobre su vida y el contexto social, económico, político, jurídico y cultural de su tiempo” lo que impulsó a Guzzo-Conte Grand a encarar este emprendimiento.

El estudio pormenorizado de San Juan a fines del siglo XVIII -presentado en el primer capítulo-, especialmente desde 1776 con la creación del Virreinato del Río de la Plata, ubica al lector tanto en el contexto regional como en el local, y resulta casi un paseo por la ciudad, sus edificios y templos de la época.

Tampoco falta el análisis genealógico: desde los orígenes peninsulares de su padre, el asturiano Joseph Ventura de la Prida, hasta el linaje de su madre, María Ignacia Sánchez de Loria, con casi dos siglos de arraigo en América.

Laprida inició sus estudios en Buenos Aires, en el Real Colegio de San Carlos, y los prosiguió en la Real Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Allí compartieron aulas otros cuyanos ilustres como Tomás Godoy Cruz, Juan Agustín Maza, Pedro Nolasco Ortiz y fray Justo Santa María de Oro, además de porteños como Felipe Arana y los hermanos Manuel y Luis Dorrego.

Luis, condiscípulo de Laprida, trabó con él una amistad en los claustros que solo cortaría la muerte, a tal extremo que llegó a otorgar poderes al padre de Laprida para que lo representara en diversos asuntos.

Como precursor, junto a Juan Martínez de Rozas, participó en los inicios del movimiento revolucionario en Chile, que culminaría en septiembre de 1810. En 1811 regresó a su tierra natal con el título de abogado para ejercer su profesión. Sin embargo, poco a poco la cosa pública lo fue atrapando: primero como alcalde y luego como síndico del cabildo local.

Aunque la revolución del 8 de octubre de 1812 le impidió representar a su provincia como diputado, lograría hacerlo en el Congreso de Tucumán. Allí le tocaría presidir la histórica sesión del 9 de julio en la que se declaró la Independencia; de hecho, fue su voz la que tomó juramento a los diputados.

La máxima autoridad que gobernaba el país en ese solemne momento -elegida el 3 de mayo de 1816- era Juan Martín de Pueyrredón, diputado por San Luis, mientras que Laprida, por San Juan, presidía la sesión. Cuyo, por lo tanto, estaba muy bien representado. Entre la gran cantidad de disposiciones tomadas por la magna asamblea durante la presidencia de Laprida en aquel mes de julio, destaca la del día 25, cuando se aprobó el uso de la “bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente”.

Su carrera política continuó en ascenso: fue gobernador interino de San Juan. Más tarde, la Constitución de 1819 previó que el senador de cada provincia debía elegirse a partir de una terna propuesta por esta; Laprida tuvo el honor de ser postulado por dos jurisdicciones: San Juan y Buenos Aires. Años después, volvería a representar a su provincia natal en el Congreso de 1825.

Tras retornar a su tierra, la invasión de Facundo Quiroga a la provincia lo llevó a sufrir la cárcel, según dejó asentado en un documento, “por ser yo unitario”. Marchó entonces al exilio en Mendoza, adonde llegó con Micaela, su mujer, y tres hijos de corta edad: Clarisa del Carmen, Marisa Delfina y Amado, de 10, 7 y 6 años respectivamente. Al mismo tiempo, su esposa cursaba el embarazo de su cuarta hija, Delmira Jesús, quien nacería poco después de la muerte del prócer.

Falleció como un héroe el 21 de septiembre de 1829. Domingo Faustino Sarmiento, quien fue el último en escuchar su voz, afirmó:

“No se ha sabido nunca dónde murió ese hombre; eran los enemigos los que triunfaban y tuvieron mucho cuidado en no mencionar siquiera que había muerto asesinado”.

Su nieta Julia Laprida recordaba la tortura constante de su abuela Micaela por “no saber dónde estaba enterrado su marido, si es que había recibido sepultura”.

Ante la falta de un lugar físico donde venerar sus restos, San Juan lo recuerda con dos estatuas debidas al talento artístico de Lola Mora y de Lucio Correa Morales.

En el ámbito de las letras, Jorge Luis Borges, en su Poema conjetural aparecido en 1943, pone en boca de Laprida su “destino sudamericano”.

Es bueno recordar que ese fue el mandato de Mayo; el acta de la Independencia hablaba de “las Provincias Unidas de Sud América”, y hace dos siglos se reunía en Panamá un congreso para tratar ese destino común.

También lo evocó Arturo Capdevila, autor de tantos romances recitados por generaciones en las conmemoraciones escolares del 9 de Julio:

“Sube al estrado Laprida;

se quedan todos atentos,

y como un viento de gloria

pasa hecho frío y silencio”.

Pero si algo faltaba, esta biografía de Carlota Guzzo-Conte Grand se erige como el pilar sobre el que descansa el monumento a Laprida.

En ella, la erudición y la buena pluma nos hacen recorrer su vida y su tiempo, a través de una cuidada edición que incluye un valioso apéndice documental. Solo queda esperar que don Francisco tenga en la ciudad de Buenos Aires -donde se formó y a la cual representó, además de a su provincia- un monumento material que perpetúe aún más su memoria.