Cultura

El príncipe de la literatura

El sello Alfaguara publicó la edición definitiva de los cuentos completos de Vladimir Nabokov.

Cualquier bibliófilo lo sabe: hay libros que no deberían ofrecerse como una mercadería común y silvestre. Nunca deberían confundirse en los anaqueles con las vanas novedades y las estériles reimpresiones. Las obras geniales merecen ser exhibidas sobre un almohadón de terciopelo rojo, envuelto en papel celofán como fruta preciosa, y flanqueado por una caja de caoba con herrajes dorados, donde el afortunado lector podría preservarlo del tiempo. Cuentos Completos de Vladimir Nabokov pertenece a esta estirpe divina.

¡Al fin ha llegado al castellano! El sello Alfaguara trajo la edición definitiva de los relatos breves de un autor primordial. Nabokov fue la intersección de dos nuevas y vigorosas corrientes: la literatura rusa y la literatura norteamericana. Revivió el clasicismo y demostró que la prosa debe ser tanto o más ingeniosa que la poesía.

Escribió una de las novelas imprescindibles del siglo XX y elevó la crítica literaria -la comprensión por medio del sentimiento- a la categoría de arte fundamental. Su prosa es fría, racional y suntuosa, tiene la hermosura del cristal tallado, del mármol, de la arquitectura monumental. Fue el último de los escritores "dandies", percibió Mary McCarthy. Vargas Llosa afirma que por su exquisito refinamiento intelectual y verbal sólo puede ser comparado con Borges.

El volumen, todo delicadeza, contiene sesenta y cinco cuentos magníficos, esculpidos entre 1921 y 1958. Dimitri Nabokov -albacea, prologuista y traductor- opina que el conjunto conforma la obra más accesible de su padre. Posee esa chispa sensual que en nabokoviano se denomina shamanstvo, el don más importante que puede tener un artista: la cualidad de encantar.

Todas las figuras retóricas se alinean al servicio de un estilo sublime, que da un lustre sin precedentes al realismo o al cuento vagamente fantástico. La parodia, por ejemplo. "Lance" es una genial tomadura de pelo a la ciencia ficción, a la que Nabokov desdeñaba por aburrida, pedestre y saturada de diálogos como "esos surtidos de galletitas que se diferencian unos y otros tan sólo en la forma y el color con los que los astutos fabricantes engañan la salivación de los consumidores y le tienden la trampa de un insensato universo pavloviano donde, sin costo adicional alguno, las variaciones en los valores visuales van influyendo y reemplazando los valores del gusto que, de esta manera, sigue el mismo camino que el talento y la verdad".

APATRIDA

Vladimir Vladimirovich Nabokov nació en San Petersburgo en 1897. Su abuelo fue ministro de Justicia de dos zares y su padre, un dirigente reformista a quien asesinaron en Berlín unos extremistas monárquicos. Recibió una educación cosmopolita y de chiquito ya hablaba inglés y francés, además de ruso.

Luego hizo literatura en los tres idiomas. Estudió en Cambridge; la revolución bolchevique lo obligó a peregrinar por las capitales europeas hasta que en 1939 se asentó en Estados Unidos. Allí se ganó la vida durante dos décadas como profesor universitario, traductor y articulista. Con la publicación de la volcánica Lolita saltó a la fama en Occidente y la fortuna lo besó en los labios. Se mudó a Suiza donde en 1977 murió en paz.

Urdió novelas, poemas, teatro, ensayos críticos y hasta una biografía de Gogol. Se interesó en los lepidópteros (hay una rara mariposa que lleva su nombre) y en el ajedrez, al que enriqueció con un libro de problemas. Dicen que trabajaba las obras como si fuesen un crucigrama; garabateaba frases, fragmentos y escenas en tarjetitas.

Los cuentos registran el derrotero del artista por Europa. Dos de cada tres refieren a rusos exiliados; el autor publicaba los relatos en revistas de inmigrantes, incluso en lugares tan exóticos como Riga. Se ambientan en Berlín, París, la Riviera de Francia, e incluso en la campiña inglesa o en un reino imposible (Thule).

El adulterio es de sus temas favoritos. El humor, uno de sus mejores procedimientos, no sin un punto de malicia. Los pasajes descriptivos siempre son exquisitos y se aplican, a menudo, técnicas del teatro y hasta del cinematógrafo, como en el caso de "El Elfo Patata", historia de un pigmeo que se enamora de la mujer de un prestidigitador.

La diversidad temática es otra de las glorias del libro. La imaginación de Nabokov era colosal. Hasta inventó un poeta maldito para gastarle una broma a un crítico que detestaba ("Vasiliy Shiskov"). Entre cien rarezas, el lector encontrará uno de los mejores cuentos de drogadictos que se han publicado ("Una cuestión de suerte").

Se deleitará también con la reescritura de Fausto ("Un cuento de hadas") donde el tímido Erwin tropieza con el Siniestro -tenía una dama madura y voluptuosa-, quien le garantiza un harén siempre que el muchacho elija a un número impar de mujercitas. Unas doscientas páginas más adelante leemos, maravillados, "Destruid al tirano", una profunda indagación psicológica de Hitler, narrada por un gris maestro de provincias que trama un tiranicidio. Aun los textos básicamente costumbristas han sido distorsionados por la deliciosa artificiosidad del lenguaje, como si un lente dorado los enfocase. El relumbrante estilo, insistimos, es la clave del libro. Como un gran escultor, Nabokov adoraba la forma.

El Nabokov crítico abominaba de la literatura de ideas. "La palabra, la expresión la imagen -no las ideas- son la verdadera función de la literatura", dijo. El escritor de ficción, en cambio, adornó sus cuentos con brillantes reflexiones sobre la estética y el arte de componer.

"El sentido de la creación -sentenció- es convertir cada minucia de nuestra aburrida vida cotidiana en algo exquisito y festivo por derecho propio... escritor es una persona que se preocupa constantemente por los detalles más insignificantes". Ese dedicación amorosa por los pormenores es, justamente, otro elemento singular de una de las mejores escrituras de nuestro tiempo.