-Sí o no, Flávio. ¿Usted va aplicar el modelo de Milei en Brasil?
-Milei es mi amigo. Sus amigos son Ortega, el dictador de Nicaragua y Maduro, que está preso. Enviaste a tu vicepresidente a la toma de posesión del dictador de Irán, Lula...
Lula insitió. Le preguntó si pedirá prestada la motosierra del presidente argentino para recortar el presupuesto en Brasil. Bolsonaro respondió diciendo que si gana las elecciones, el 25-O, va a "dar un tijeretazo en la corrupción".
He aquí uno de los guantazos que intercambiaron esta noche por televisión los dos candidatos a la presidencia de Brasil con miras a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del próximo domingo.
El primer cara a cara entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro por la Red Bandeirantes causó, por largos momentos, vergüenza ajena. Mostró la degradación en que puede convertirse la República posmoderna cuando se convierte en un espectáculo de baja estofa signado por los ataques personales.
El formato elegido favoreció las bajezas y las interrupciones. Además de responder preguntas de los periodistas, en la segunda parte hubo una confontración directa que pareció una pelea a los gritos entre feriantes (bate-boca de botequim, dirían en Brasil).
Lula y Flávio se centraron en este tramo en las denuncias de corrupción, incompetencia y traición que pesan sobre las familias de uno y otro. Se arrojaron, obviamente, los prontuarios de uno y otro a la cara, además.
El candidato de la derecha se ensañó con Fábio Luís Lula da Silva (más conocido como Lulinha) que vive en España con un gran tren de vida y está investigado por presunto tráfico de influencias. Su rival contraatacó: dijo que Eduardo Bolsonaro -hermano de Flávio- condenado por la Corte Suprema lulista por supuesta coacción a los magistrados que juzgaron a su padre por golpismo, "huyó a Estados Unidos para conspirar contra Brasil".
"Ustedes están traicionando a la patria y serán juzgados por ello", prometió el jefe de Estado de ochenta años.
"La mentira es el fuerte de la familia Bolsonaro", lanzó el candidato izquierdista. "Tu nariz está creciendo, Lula. Tené cuidado", respondió el candidato de la Partido Liberal (PL). "Corrupto" tiene dos letritas: PT", disparó minutos después, mostrando su mano con la palabra.
Y así hasta al final: una pulla tras otra.
El tres veces presidente, que comenzó y desarrolló su carrera política en San Pablo, cometió un desliz de tintes regionales. Llamó a Bolsonaro "malandro carioca". ¿Perderá algún voto en Río de Janeiro el próximo domingo? Difícil decirlo. Según los más recientes sondeos, ambos candidatos están empatados técnicamente dentro del margen de error, aunque Bolsonaro hijo sigue por delante.
El problema que tuvo Lula a lo largo de la batalla dialéctica de casi dos horas -con la tribuna entremetiéndose a los gritos en varias oportunidades- es que ante cada propuesta (sobre todo en el sensible tema de la inseguridad) le dejó servida a su oponente la pregunta de rigor que millones de brasileños deben haber pensado: ¿Fue tres veces presidente, por qué no lo hizo antes?
Bolsonaro, que nunca abandonó la sonrisita sobradora y gesticuló por detrás cuando hablaba su adversario, soprendió cuando prometió crear un Ministerio de la Prosperidad que, cabe suponer, se parecerá al Ministerio de Capital Humano mileísta para adelgazar el Estado elefantiásico.
El espectador neutral puede preguntarse para qué sirven los debates televisivos, en una sociedad tan polarizada y a una altura en que todo el mundo sabe cómo piensan los candidatos. ¿Para divertirse con el intercambio de escupitajos?
¡Ah, y la mácula del final! Los partidarios de uno y otro lado armaron un gran alboroto y los presentadores ni siquiera pudieron cerrar el espectáculos como estaba previsto. Se escucharon palabrotas.
"Si la idea era usar el debate para motivar a los electores que no votaron en el primer turno, la estrategia estaría fallando. Si un indeciso ve este debate, el domingo no va a votar", escribió en X el politólogo argentino Guillermo Raffo, radicado en Brasil.