Cultura
UN LIBRO DEL LIBERAL JOHN STUART MILL TAMBIEN INSPIRO A LA IZQUIERDA

El padre del feminismo radical

POR SEBASTIÁN SÁNCHEZ

John Stuart Mill fue el pensador liberal más influyente del siglo XIX. Hijo de James Mill, uno de los fundadores del utilitarismo en filosofía política, y amigo dilecto de Jeremías Bentham (que tanta influencia tendría en el Río de la Plata, de la mano, entre otros, de Bernardino Rivadavia); recibió una esmerada educación de parte de su padre, que había sido criado en el Presbiterianismo pero que pronto había desechado la creencia en toda Revelación, según cuenta el propio John Stuart en su Autobiografía.

En ese mismo libro, afirma ser “uno de los escasos ejemplos en este país, no del hombre que abjuró de la creencia religiosa, sino del que nunca la ha tenido…”

Para Bertrand Russell -otro prócer del “socialismo liberal” y, por cierto, ahijado “secular” de Stuart Mill- hay dos libros de éste que resultan fundamentales: Sobre la libertad  y Sobre la sujeción de las mujeres. En el primero, Stuart Mill teorizó sobre lo que llamó el “Principio de Daño” (“harm principle”) que, muy básicamente expuesto, implica que la sociedad [es decir, la autoridad política del Estado] solo tiene derecho a interferir en la libertad de una persona para evitar que dañe a terceros.

En todo lo demás, en las acciones “hacia uno mismo”, que solo afectarían al individuo, exige libertad absoluta. Habrá advertido el lector atento que este “principio” se repite ad nauseam en los círculos libertarios vernáculos con el latiguillo aquel de “el respeto irrestricto del proyecto de vida del otro”.

Quede para otra nota explicar cómo funciona este “Principio de Daño” toda vez que el famoso proyecto personal del otro consista en consumir pasta base hasta morir, o en la eutanasia [que ya tiene proyectos libertarios dando vueltas], o en el usufructo de niños para uso de pedófilos. Aquí queremos extendernos acerca del otro libro de Mill mencionado por Russell, en el que trata acerca de la sujeción o sometimiento de las mujeres, y que quedó establecido como obra fundacional del radical feminismo.

TEXTO PRIMORDIAL 

En efecto, el ensayo de Mill, The Subjection of Women (1869) fue un texto primordial en los inicios de la ideología feminista. Es cierto que hubo unas cuantas obras anteriores, incluso en el XVIII, como el de Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer (de 1792, poco después del inicio de la Revolución en Francia) o el de Harriet Taylor, (que sería luego la mujer de Mill) titulado La emancipación de las mujeres (1851), pero La sujeción de las mujeres tuvo un enorme impacto. En el mismo año en que se publicó en Inglaterra y Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, también apareció traducido en Francia, Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca. Poco después se tradujo al polaco e italiano, y se leyó en los círculos iluministas de San Petersburgo. Por caso, cuando se tradujo al sueco, en 1883, un grupo de mujeres de Helsinki fundó el movimiento femenino finlandés tan pronto como terminó de leer el libro. Se trató, en suma, de un libro destinado a la militancia ideológica.

Es cierto también que los combates por la llamada emancipación femenina ya tenían cierta historia cuando Mill escribió su ensayo. En esas luchas se buscaba ante todo la igualdad sufragista, como se postuló en la Convención de Seneca Falls, celebrada en Nueva York en julio de 1848, que es considerada el acto fundacional del movimiento feminista y un hito clave de la "primera ola" del feminismo. Pero la verdad es que Mill -que en su paso por la Cámara de los Comunes intentó sin éxito que se aprobara el sufragio femenino- llegó mucho más lejos con su opúsculo: postuló allí una teoría, un plexo de argumentos que constituye la base de todo el feminismo, de izquierdas a derechas, que lo mismo da. Veámoslo.

EL PATRIARCADO 

 Dice Stuart Mill que, salvo un par de naciones, las más avanzadas del mundo [entre las que se encuentra Inglaterra, claro, que había llevado a cabo la Revolución de 1688, en la que “se realizó la mejor y más temprana organización de las clases democráticas (…) al establecer leyes igualitarias e instituciones libres”], el resto de la humanidad sostiene la rémora de la esclavitud de la mujer, que es comparable para él a la esclavitud de los negros en Estados Unidos.

Para Mill -que, insistimos, es uno de los padres del liberalismo clásico- los dos pilares de las sociedades modernas, la libertad y la igualdad, en los que se funda el Progreso de la Humanidad, son violentados por el Patriarcado, fundado en la dominación de los hombres –“de todo varón cabeza de familia y de todo aquel que aspira a serlo”, afirma taxativamente- sobre las mujeres.

No es que todos los hombres sean malos, mitiga Mill, pero a todos las leyes les permiten, si así lo desean, dejándose llevar por el instinto viril, convertirse en tiranos domésticos. Del mismo modo que un rey absolutista. Por lo mismo, sigue el ideólogo, hasta que la relación humana "más universal y que todo lo penetra", como es la relación entre hombres y mujeres, no deje de basarse en la injusticia, es difícil, por no decir imposible, que el resto de las relaciones sociales sean justas y libres.

Mill llama a una batalla contra las rémoras del mundo antiguo, las antiguallas del cristianismo, las costumbres de los tiranos. Afirma que la sujeción de la mujer se “erige como un hecho aislado en las instituciones sociales modernas (…) una reliquia única de un viejo mundo de pensamiento y práctica que ha desaparecido en todo lo demás”.

Por eso, para que no se obstaculice más “el movimiento progresivo del que se jacta el mundo moderno”, convoca a una guerra contra la tradición, contra la familia -esa “escuela de despotismo”- y, en fin, contra la naturaleza.

CONTRA NATURA

Uno de los pilares del pensamiento feminista de Mill es la idea de que el matrimonio y la familia, que posibilitan la opresión de las mujeres, no son de instituciones naturales, sino el resultado de normas sociales impuestas, de una “construcción social”, como se dice hoy.

Así como Mill niega la politicidad natural, pues afirma que la comunidad es una convención y no constitución propia del carácter ontológicamente político (social) del hombre, tampoco acepta que haya distinción natural entre hombre y mujer: “lo que ahora se llama naturaleza de las mujeres es una cosa eminentemente artificial, el resultado de la represión forzada en algunas direcciones…”.

Para Mill, la apelación a la naturaleza obra como una suerte de excusa para justificar la opresión sobre las mujeres. En el mismo sentido, llama a desconocer la biología como distintivo entre hombres y mujeres pues conlleva una forma de legitimación de la tiranía doméstica.

Mill, y su mujer, Harriet Taylor (que según dice el mismo autor colaboró mucho en el libro), consideran que todo matrimonio conlleva, en potencia, la realidad de la tiranía doméstica. Toda mujer, al casarse, encuentra un amo. Escribe el ideólogo: “Los amos de todos los demás esclavos se basan en el miedo para obtener la obediencia, ya sea en el miedo a sí mismos o en el miedo religioso. Los amos de las mujeres querían algo más que la simple obediencia, han puesto todo en práctica para esclavizar sus mentes”.

OTRO GRAMSCI

En la época de Mill, mediados del XIX, los postulados del feminismo -como el sufragio, la independencia económica, el acceso a la educación- resultaban banderas de la militancia en la calle, en las asambleas constituyentes, en la politiquería diaria; pero nuestro autor va más allá. No le alcanza con victorias importantes pero episódicas, necesita inspirar un proceso revolucionario, subvertidor en lo profundo de la cultura. Para él, es necesario tomar la “ciudadela del enemigo”.

Es digno de nota la semejanza de esta metáfora de Mill con aquella de Gramsci, acerca de la necesidad de tomar el poder “tomando las casamatas de la cultura”.

En efecto, para el marxista italiano la “guerra de posiciones” consiste en asaltar la red de casamatas, de fortificaciones, de lo que llama la sociedad civil, esto es, las escuelas, los medios de comunicación, los gremios, y por supuesto, la Iglesia. Se trata de conquistar esos locus culturales para “construir hegemonía” logrando trastrocar el sentido común de la sociedad. Pues bien, para Mill, allanadas las debidas distancias, la Ciudadela del Enemigo -que él llama “costumbres y prejuicios”- es esencialmente el matrimonio y la familia, que impiden el Progreso de la sociedad.

La familia, afirma, “es una escuela de obstinación, de prepotencia, de indulgencia egoísta sin límites, y de un egoísmo idealizado y redoblado del cual el sacrificio mismo no es más que una forma particular: el cuidado de la esposa y de los hijos no es más que el cuidado de ellos como parte de los propios intereses y pertenencias del hombre”.

Mill y Gramsci, el teórico liberal y el marxista, son partidarios de la Revolución que subvierte a la comunidad, desarraigando sus ideas y creencias constitutivas. Para Mill, asaltar la Ciudadela es un acto de liberación individual mediante la razón; para Gramsci, tomar las "casamatas" es una estrategia política colectiva para sublevar la estructura moral y cultural de la sociedad. Para ambos, se trata de consumar el revoltijo de la sublevación que, al buen decir de Chesterton, es toda revolución. Pues, “en principio, la sublevación, subleva, y no es más que un vómito”.

Estimado lector, vaya este recordatorio que quizás pueda ser útil para que, al volver a escuchar la perorata de los influencers batalladores culturales contra el feminismo del marxismo cultural -mientras ensayan genuflexiones al globalismo liberal-, tenga presente que el marxismo es inentendible sin el liberalismo, que no son antinómicos, pues tienen un vínculo filial, y que ambos son cómplices en la destrucción de nuestras comunidades.