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EL RINCON DEL HISTORIADOR

El otro Roca

Con título tan sugestivo y una tapa de excelente diseño donde sólo hay un marco, María Benicia Costa Paz recuerda que desde su más tierna infancia el retrato al óleo de un militar que colgaba del living de su casa le llamaba la atención: "luce su uniforme de gala y las medallas de oro y de plata que le fueran entregadas por su valor en las batallas…. Nuestras miradas se cruzaban, misteriosamente, varias veces al día. Y siempre me sorprendía su persistente mirada, estuviera donde estuviera".

Era su tatarabuelo: el coronel José Segundo Roca, que vio la luz en Tucumán el 31 de mayo de 1800. Nació en tiempos del virrey Avilés, cuando Tucumán era una pequeña población, en el hogar de un catalán, don Pedro, militar afincado en el lugar, que casó con María Antonia Tejerina, de arraigo local.

Ignoramos si por la influencia de Félix Luna —cuando narró en Soy Roca al más conocido, el dos veces presidente, hijo de nuestro personaje— ella incursionó en el recurso de la narración en primera persona. Manifiesta que combina la ficción con la realidad a partir de un diario encontrado, pero la rigurosidad del relato nos permite inferir que su vasta experiencia en materia literaria —que se aprecia en esta obra— le ha susurrado que es mejor, por no ser su oficio, no entrar a tallar con los discípulos y colegas de Clío.

Reitera la autora en la contratapa que fue el único oficial superior del ejército argentino que participó en la guerra de la Independencia Americana, en Perú y Ecuador; en la del Brasil, en las luchas civiles, contra la Confederación Peruano-Boliviana, y en la de la Confederación con el estado rebelde, como se llamaba a Buenos Aires.

Tuvo como jefes a San Martín, Bolívar, Sucre, Santa Cruz, Alvear, Mansilla, Lavalleja, Lavalle, Paz, Lamadrid, Urquiza y Mitre. Mencionar a quienes fueron sus compañeros de armas formaría un cuadro de honor de aquellos oficiales que supieron honrar la institución.

Muchos historiadores, entre ellos el general Mitre, se han lamentado de que Segundo Roca —como lo llaman sus descendientes familiarmente— haya muerto antes de escribir sus memorias completas. Quiso el destino que su pariente Francia Costa Paz (Panchita) le ofreciera unas cajas de libros y papeles que venían circulando por la familia desde hacía años y que nadie aceptaba, no por desinterés sino por falta de espacio, dificultad propia de los tiempos actuales.

La autora las recibió y encontró las consabidas fotos de familiares —que, si nadie indica quiénes son los personajes retratados, se convierten en un enigma para las nuevas generaciones—, cartas, documentos y papeles desconocidos. Pero "lo más inesperado fue encontrar lo que parecía un diario personal, que despertó mi curiosidad ya que carecía de información sobre su origen y su autor. Decidí leer todo concienzudamente. Con inmensa sorpresa llegué a la conclusión de que el señor del cuadro y el del diario eran ¡la misma persona! Los primeros escritos del primer cuaderno habían sido asentados en Tupiza (Bolivia) durante un impreciso período de exilio… Lo más impactante fue que la familia desconocía la existencia del diario, lo que lo convertía en un verdadero hallazgo…"

Así, sabiendo que algo debía hacer, María Benicia Costa Paz, madre de seis hijos y diecisiete nietos, decidió legarles a ellos, a la extensa familia y a los lectores estos episodios del "Otro Roca". Es verdad que "en cierta manera se complicó mi vida", pero encontró el apoyo decidido de Gonzalo A. Roca, Aldo Marco de Castro Paz y Segundo Roca, de la académica Sara Peña de Bascary, Enrique Clavier, Carolina Carman, Miguel González Azcoaga, Adolfo Storni, la familia López Rouger y sus hermanos Carmen y Marcelo, quienes se convirtieron en avezados baqueanos para recorrer la vida del coronel Roca.

Roca dejó unos escritos que, con el título Apuntes Póstumos, su camarada el coronel Gerónimo Espejo publicó en 1866 en la Imprenta de Mayo: relación histórica de la primera campaña del general Arenales en la sierra del Perú en 1820. A ellos se añaden éstos, "a pesar —como lo aclara la autora— de las páginas faltantes o pegadas por las inclemencias del tiempo".

Murió don José Segundo como lo hizo toda su vida: sirviendo a la Patria. Sufrió un ataque fulminante en San Cosme, Corrientes, a las 9.45 de la mañana del 8 de marzo de 1866, cuando ejercía el comando de la División del I Cuerpo de Ejército durante la Guerra de la Triple Alianza. En el teatro de operaciones se encontraban sus hijos: Rudecindo, Celedonio, Marcos y Julio. El general Wenceslao Paunero informó inmediatamente al vicepresidente de la República en ejercicio de la presidencia, Marcos Paz, el deceso del distinguido oficial —que era además su hermano político—, señalándole que al día siguiente iba a ser sepultado en San Cosme con los honores de ordenanza, aunque aclaraba que los hijos pedían el cuerpo para sepultarlo en Corrientes.

El jefe del Estado Mayor General del Ejército, general Juan Andrés Gelly y Obes, relató que él fue quien dispuso sepultarlo en San Cosme; tenía "cuarenta y cinco años, dos meses y ocho días de eminentes servicios a la Patria…. De haber vivido unos días más, el soldado de Pasco e Ituzaingó hubiera atravesado el Paraná y desenvainado de nuevo su espada al pisar territorio enemigo, en la gloriosa batalla de Tuyutí; su nombre queda eternamente vinculado a aquella larga y heroica campaña, como el guerrero de la independencia de más alta graduación y avanzada edad" que salió en defensa de su Patria en los últimos días de su vida, para morir en un campamento.

Fue sepultado con todos los honores el 9 de marzo. Fueron sus hijos quienes en octubre de 1884 decidieron trasladar los restos de don José Segundo y de su hijo Celedonio al panteón que levantaron en el cementerio de la Recoleta. Un busto del primero preside el pórtico.

Sin ánimo de extenderse con mayores detalles en esta nota, el libro —de excelente edición— permite recorrer esta vida singular con amenidad y rigor documental.

LA FAMILIA

Roca se casó con Agustina Paz, de antigua familia tucumana, y fueron padres de nueve hijos: Alejandro, Ataliva, Julio Argentino, Celedonio, Fermín Agustín, Agustín, Marcos, Rudecindo y Agustinita. A excepción de Fermín, que murió a los tres meses, y Marcos, a los dieciséis años, todos alcanzaron a ver las luces del siglo XX, salvo Celedonio, que murió en la batalla de Las Palmas en octubre de 1868 durante la Guerra de la Triple Alianza.

Don José Segundo, "el otro Roca", es recordado —como todos los miembros de esa familia que cultivan el culto de sus antepasados, según he comprobado en innumerables ocasiones— porque, como decía alguien, "hay una diferencia entre descendiente y descendente". Pero este libro, nacido del cariño de la sangre, será sin duda un nuevo pedestal para su figura y mantendrá viva la presencia de este argentino cabal.