En la política internacional, los grandes cambios rara vez se anuncian mediante declaraciones solemnes. Generalmente comienzan con señales contradictorias, conversaciones reservadas y acuerdos parciales que, considerados aisladamente, parecen carecer de trascendencia. Sin embargo, observados en conjunto, pueden revelar transformaciones profundas en la distribución del poder mundial.
Durante las últimas semanas han circulado nuevas informaciones sobre posibles entendimientos entre Estados Unidos y Rusia
. Los contactos diplomáticos, las conversaciones sobre energía, las propuestas de cooperación económica y la posibilidad de encuentros presidenciales merecen una lectura que exceda la coyuntura de la guerra de Ucrania.
La cuestión de fondo consiste en comprender si estas iniciativas representan movimientos de una reorganización del equilibrio estratégico internacional. Porque el mundo atraviesa una etapa particularmente delicada: el interregno entre un orden unipolar que pierde capacidad de imponer sus reglas y un orden multipolar que todavía no ha terminado de constituirse.
El 12 de octubre, Reuters informó que representantes estadounidenses habían presentado un acuerdo sobre exportaciones rusas de combustible como parte de una iniciativa para recuperar el diálogo con Moscú. Según las fuentes consultadas, Washington consideraba que los incentivos económicos podían contribuir a flexibilizar la posición rusa. El 21 de octubre, el enviado estadounidense Steve Witkoff volvió a reunirse con Vladimir Putin. Las conversaciones incluyeron Ucrania, eventuales proyectos económicos conjuntos y cuestiones internacionales que excedían el escenario europeo. También circularon informaciones sobre una posible reunión entre Donald Trump, Putin y Xi Jinping para abordar asuntos relacionados con armamentos, comercio y seguridad internacional.
Estos contactos no significan que exista un acuerdo estratégico concluido. Pero permiten identificar una aproximación diplomática en la cual aparecen vinculados asuntos militares, económicos, energéticos y tecnológicos.
Conviene recordar una enseñanza fundamental del pensamiento estratégico: las potencias no negocian solamente sobre aquello que declaran públicamente; negocian sobre la relación de fuerzas que determina sus posibilidades futuras.
Estados Unidos y Rusia conservan diferencias profundas. Sin embargo, la existencia de intereses contrapuestos no excluye acuerdos parciales.
El primer punto de contacto es la energía. Rusia continúa siendo un actor relevante en los mercados mundiales de petróleo y gas. Estados Unidos tiene interés en limitar las perturbaciones energéticas que afectan los precios y la estabilidad económica internacional.
El segundo corresponde a los recursos estratégicos. Minerales críticos, fertilizantes e insumos industriales forman parte de una competencia internacional creciente. Para Washington, diversificar proveedores representa una necesidad estratégica. Para Moscú, recuperar espacios de cooperación occidental permitiría reducir los costos de las sanciones y restricciones tecnológicas.
Un tercer ámbito comprende las inversiones en infraestructura, energía nuclear y grandes proyectos industriales. Aunque todavía no existen compromisos suficientes para anunciar una transformación económica, su incorporación a las conversaciones revela intereses que exceden Ucrania.
El cuarto es la seguridad estratégica. Estados Unidos y Rusia continúan siendo las principales potencias nucleares. El control de armamentos y los mecanismos destinados a evitar enfrentamientos directos constituyen intereses objetivos de ambos Estados.
Finalmente aparece China. Para Washington, el crecimiento del poder chino representa uno de los principales desafíos de largo plazo. Rusia, mientras tanto, ha profundizado considerablemente sus relaciones con Pekín.
Una aproximación estadounidense a Moscú podría intentar introducir mayor flexibilidad en esa relación. Pero sería equivocado suponer que Rusia abandonará fácilmente una asociación que ha adquirido considerable importancia económica y estratégica. Existen puntos de contacto; lo que todavía no puede afirmarse es que hayan producido una convergencia estratégica duradera.
La guerra de Ucrania constituye el escenario inmediato de estas iniciativas, pero también una expresión de contradicciones internacionales anteriores.
Desde hace años hemos sostenido que este conflicto no puede comprenderse exclusivamente mediante las operaciones militares. Su evolución está vinculada con la arquitectura de seguridad europea, la relación entre Rusia y Occidente y la transformación del equilibrio mundial. La guerra también ha demostrado que el poder militar no puede medirse solamente por la calidad de los sistemas de armas. La capacidad industrial, las reservas, la logística, la reposición de pérdidas y la voluntad política resultan decisivas en una confrontación prolongada.
El costo excede ampliamente a los combatientes directos. Rusia ha soportado pérdidas y sanciones; Ucrania ha sufrido una enorme destrucción y depende del apoyo exterior; Europa afronta consecuencias económicas y de seguridad; mientras Estados Unidos compromete recursos en una confrontación prolongada frente al crecimiento de otros desafíos estratégicos. En este contexto, negociar no significa necesariamente abandonar los objetivos.
Moscú mantiene exigencias territoriales y de seguridad que Kiev rechaza. Ucrania reclama garantías para su supervivencia como Estado independiente. Washington intenta encontrar una fórmula que permita reducir los costos de la confrontación sin perder influencia.
Clausewitz recordaba que la guerra es la continuación de la política por otros medios. La negociación también pertenece al campo de la política, incluso mientras continúan las operaciones militares. La guerra modifica las condiciones de la negociación; la negociación intenta transformar esas condiciones en un nuevo equilibrio político.
Después de la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos quedó situado en una posición de predominio internacional sin precedentes contemporáneos. Pero aquel escenario comenzó a modificarse.
El ascenso de China, la recuperación de capacidades rusas, la creciente autonomía de potencias regionales y la aparición de nuevas asociaciones económicas han limitado progresivamente la posibilidad de organizar el sistema internacional desde un único centro de decisión.
Esto no significa que Estados Unidos haya dejado de ser una potencia de primera magnitud. Conserva extraordinarias capacidades militares, financieras y tecnológicas. Significa que esas capacidades ya no permiten resolver unilateralmente todas las contradicciones internacionales. Tampoco existe todavía un orden multipolar estabilizado. China, Rusia, India, Europa y otros actores poseen intereses diferentes y, frecuentemente, incompatibles.
Nos encontramos, por consiguiente, en un interregno: un período durante el cual las reglas del orden anterior pierden eficacia, mientras las del nuevo todavía son objeto de disputa. En estas circunstancias, las potencias combinan presión militar, competencia económica y negociación diplomática.
La historia ofrece antecedentes. Durante la década de 1970, la aproximación estadounidense a China modificó el equilibrio triangular entre Washington, Pekín y Moscú, aprovechando la profunda ruptura sino-soviética.
Hoy algunos observadores se preguntan si Estados Unidos podría intentar una operación inversa: aproximarse a Rusia para reducir la cohesión estratégica entre Moscú y China. La comparación resulta sugerente, aunque las circunstancias son diferentes. Actualmente no existe una ruptura ruso-china comparable a la de aquellos años. Moscú podría procurar mejorar sus relaciones con Washington sin abandonar a Pekín, ampliando así su libertad de acción. Por eso, antes que anunciar un nuevo reparto del mundo, corresponde observar si estos contactos producen acuerdos económicos, modificaciones de sanciones y compromisos concretos de seguridad.
La Argentina no puede observar estos acontecimientos como una disputa lejana y ajena a sus intereses permanentes. La reorganización del poder mundial afecta directamente el comercio, la energía, los recursos naturales, la tecnología y la defensa.
Nuestro país posee una posición geográfica excepcional, pero esa condición no constituye por sí misma una capacidad estratégica. El Atlántico Sur, las Malvinas, la proyección antártica, la Patagonia, los espacios marítimos, los recursos energéticos, los minerales críticos y la producción alimentaria forman parte de un patrimonio cuyo valor adquiere nuevas dimensiones en un mundo de competencia entre grandes potencias. No se trata de elegir apresuradamente entre Washington, Moscú o Pekín. Se trata de definir con claridad los intereses nacionales permanentes y desarrollar los instrumentos necesarios para defenderlos. La experiencia histórica enseña que los Estados que carecen de una estrategia propia terminan participando de estrategias ajenas.
La Argentina necesita recuperar una concepción integral del poder nacional. La posesión de recursos no equivale a su aprovechamiento estratégico. La adquisición de equipamiento militar no constituye por sí sola una capacidad de defensa. Y la multiplicación de relaciones diplomáticas no reemplaza la definición de objetivos nacionales. La cuestión de Malvinas, particularmente, exige una mirada que contemple tanto la historia de 1982 como las transformaciones que pueden configurar el Atlántico Sur hacia 2050.
LA HORA DE LOS ACUERDOS
Los acontecimientos recientes no permiten anunciar el final de la guerra de Ucrania ni el nacimiento de una alianza entre Estados Unidos y Rusia. Pero muestran que, aun en medio de una confrontación prolongada, las grandes potencias mantienen abiertos canales de negociación. Los acuerdos internacionales no nacen necesariamente de la confianza ni de la amistad. Muchas veces surgen del reconocimiento de límites, de intereses compartidos y de la necesidad de evitar costos mayores.
En un mundo que transita entre dos órdenes, negociar puede resultar tan importante como combatir. Para la Argentina, la enseñanza es directa: no basta con observar qué acuerdos alcanzarán las grandes potencias. Debemos preguntarnos qué lugar queremos ocupar en el orden internacional emergente y qué capacidades estamos construyendo para sostenerlo.
Porque en el mundo que viene no alcanzará con tener razón, recursos o derechos históricos. Será necesario poseer la capacidad y la voluntad de convertirlos en objetivos nacionales alcanzables.