Desde el comienzo de la historia se ha usado la herramienta del miedo, a veces el terror, como modo de domar a las masas, de hacerlas aceptar determinados liderazgos, a soportar tremendas injusticias, a bajar la cabeza ante la opresión o la esclavitud, los vejámenes y las arbitrariedades.
A veces el miedo es físico: miedo a la sanción, al castigo, a lase penalidades, a las represalias, como en tantos momentos de la historia en todos los países. O miedo a un enemigo malvado, que nunca es justo y que siempre destruirá a la humanidad. Casi todas las novelas distópicas presentan a monstruos reales o figurados que requieren la protección del Estado, del rey o del dictador de turno, al que se le toleran todas las aberraciones en nombre de la supuesta protección que brindan. El feudalismo, por caso. l pueblo necesitaba refugiarse en los castillos de los señores feudales durante las guerras que los mismos poderosos declaraban. Ser un vasallo humilde y sumiso garantizaba esa seguridad.
La emblemática 1984 muestra un país imaginario que vive siempre en guerra contra enemigos difusos, que cambian en el tiempo, sin que nunca se sepa por qué, ni cómo, ni lo que ocurre en un campo de batalla que nunca se explicita. Lo importante es tener una razón para controlar, espiar, oprimir, gravar a las sociedades y castigarlas de todos los modos en caso de “no apoyar la lucha por la patria”. La URSS lo hizo, y no precisamente en la ficción. Hitler también, pero su causa era todavía más dramática: la supuesta superioridad de una raza y el temor a ser degradada por cualquier otra.
Por duro que suene, todas las religiones, sin excepción, tienen un castigo o la privación de una gloria eternos si no se cumplen sus preceptos y se cree en ella, preceptos que tarde o temprano son manejado por los sumos sacerdotes de una u otra forma. Por eso los reyes aceptaban el concepto de que “todo poder viene de Dios” con un doble objetivo: no enojar al hechicero de la tribu y al mismo tiempo darse legitimidad para reinar sobre los pueblos.
Es un concepto animal, elemental, que se observa en la naturaleza misma y que rige en todas las sociedades, que puede ser alimentado, inducido, o que surge de la propia tendencia natural. El Estado, ese espejismo, hace no sólo hace sentir más seguras a las sociedades, sino que les hace creer que hay como una entidad superior e independiente encargada de protegerlo, conducirlo, defenderlo y hasta proveerle felicidad sin que tengan nada que ver los individuos de una sociedad.
El dilema, también desde siempre, es quién dirige ese Estado, quién dispone, manda y hace cumplir las normas en cada caso, sin importar si esas normas son aceptables y justas, ni los medios para conseguir su cumplimiento. Toda la historia da prueba de ello.
La democracia pareció durante un momento efímero resolver el problema. Los griegos entendieron el punto y ensayaron varias formas de evitar que fuera nada más que otro modo de consagrar un dictador. Por eso tomaron la precaución de no crear partidos ni agrupaciones políticas, ni políticos profesionales, conceptos que despreciaban y repugnaban. Mucho más acá Alexis de Tocqueville propuso en su Democracia en América revisar el mismísimo concepto de la entonces novísima forma de gobierno, advirtiendo que el mecanismo terminaría siendo otro engaño, u otra excusa para que alguien se apoderase del poder “en nombre del pueblo”.
Sólo repasando los últimos cinco siglos de guerras y cruzadas se confirma que toda la política se trata solamente de la obtención del poder, no del bienestar de las masas, ni de su seguridad. Y el poder es siempre perverso, aunque se intente disfrazarlo de servicio.
Dando un gigantesco salto en la historia, en el mundo actual muchos países, casi todos, eligen su gobierno por el miedo. Miedo a la miseria, a la pobreza, a la ignorancia, al ataque de un enemigo real o supuesto que amenace su seguridad, a algún enemigo ideológico o físico, a los partidos, corrientes políticas o personajes que piensan distinto de lo que las mayorías piensan. Otros, que no tienen un sistema democrático, son convencidos de que su sistema de gobierno los protege de esos miedos, reales o fomentados.
Dando otro salto gigantesco, los argentinos recuerdan la famosa frase “Braden o Perón”, una dicotomía inexistente inventada por el coronel de la noche a la mañana, luego de convertirse en el término de una semana en crítico acérrimo del gobierno del que había sido factótum y principal ideólogo.
En términos políticos Argentina sufre el síndrome que se acaba de describir. Está presa del miedo. De que vuelva el peronismo kirchnerista-massista con sus políticas y sus robos, y de la recua de ladrones en todos los niveles que caracterizaron al justicialismo en todas sus formas, siglas y mimetismos. Lo están los grandes intereses, buena parte de la sociedad sin privilegios, los acreedores, los posibles inversores, el periodismo no lo suficientemente odiado. ¿Es un miedo inducido o espontáneo? No importa. Tiene el mismo efecto.
La ciudadanía también está presa del miedo a no poder emitir su opinión sin ser insultada, descalificada, segregada, cancelada, ridiculizada o penada de algún modo por el gobierno si expresa dudas, matices o simplemente su opinión contraria a cualquier política.
Se sostiene que el acercamiento del PRO a LLA tiene como objetivo común dar seguridad a los factores económicos de la continuidad de las políticas actuales. También un signo de miedo que hace sacrificar principios y disimular cualquier desaguisado en nombre de evitar el retorno a las prácticas del pasado. La Argentina, en resumen, tiene miedo de su pasado y votará en consecuencia. En el camino, está dejando muda a una parte importante de su población, que tendrá todo el derecho a no sentirse representada. Como si todo poder viniera de Dios.
Hay derecho (supongamos que lo hay) a hacer algunas observaciones y advertencias. El Gobierno ha estado incorporando a sus filas, funcionarios, ministros, (muchas veces en puestos vitales), incluyendo jueces, que representan todo lo que en teoría se tiene miedo. De que vuelva, como si alguna vez se hubiera ido. No sólo ha otorgado un salvoconducto a Sergio Massa, su gestión oficial y personal, sus responsabilidades oficiales y personales. Sino que ha incorporado por sugerencia de quien sabe qué interpósitas personas a una prole peronista que tiene suficientes antecedentes como para que se les impidiese ocupar cualquier cargo o hacer cualquier tipo de negocios coh el Estado. Quienes supuestamente van a evitar el miedo tiene entre sus filas a los que provocaron el miedo. ¿No hay un gigantesco contrasentido en eso?
Si se observan las recientes concesiones, compras y licitaciones otorgadas recientemente a privados, se verá que, abierta o solapadamente, los personajes son los mismos que generaron la corrupción y el prebendarismo que está detrás del gasto público odiado y muchas veces de la corrupción rampante. ¿De pronto se han tornado honestos factores del mercado? La fe mueve montañas. Y expedientes. Pero el concepto de votar a los autores del miedo para evitar volver al pasado que ellos mismos representan es, cuando menos, extraño. O estúpido, como se quiera ver.
Obsérvese un hecho que debería ser preocupante. Mientras el Presidente, el oficialismo todo y su corte de troles y bots insulta, descalifica, condena, cancela y execra a quien manifiesta cualquier discrepancia con sus políticas (que además cambia con desparpajo), nada dice de los individuos que saquearon al país o lo sumergieron en la miseria, como es el caso de Massa. O de los empresarios prebendarios y tramposos que luchan por conseguir un juez amigo. ¿No es eso una señal de alerta que debería preocupar a la ciudadanía que cree que tiene miedo de que vuelva el pasado?
Hay un miedo secreto que muchos tienen, del que no se habla. El miedo de que todo este sacrificio sea parecido a todos los rodrigazos del peronismo, que le limpie el camino de la basura de sus propios errores, para que toda vuelva a empezar.
La famosa Casta, que fue el Braden o Perón de Milei, no ha hecho ninguna contribución al ajuste imprescindible que realizó este gobierno, que posibilitó poner bajo control la inflación, o al menos tomar el camino correcto para ello. Al contrario. Se enriquece cada día más. Eso aumentó la necesidad de sacrificio de las clases media y baja. Esa casta tiene ahora un sistema de ampliación multipartidaria que le garantiza beneficios futuros e impunidad. La justicia está inundada de sospechosos también multipartidarios y multisectoriales. Muchos de la peor calaña. ¿Con ellos se combatirá el miedo a ellos mismos?
La seguridad jurídica no se logra transformando la democracia en un monopolio político. Se alcanza, entre otras cosas, con un sistema judicial y jurídico serio, respetado, honesto y con sólidos principios de derecho y derechos. A la falta de esos atributos sí hay que temerle. El desastre en que se ha sumergido a la Justicia es garantía de inseguridad. Para los inversores, para los socios, para el mundo y para los ciudadanos. Eso no se arregla mimetizando partidos políticos ni insultando a los que piensan distinto.
La sociedad tiene miedo y en función de ello votará, no importa si con razón o sin razón alguna. La historia se repite hasta el aburrimiento.