Por Carlos Daniel Lasa *
La editorial española Laetoli, con sede en Pamplona, publicó la versión castellana del manuscrito latino “Theophrastus redivivus”, redactado hacia 1659, la gran suma clandestina del ateísmo libertino europeo, cuyo autor, el médico parisino Guy Patin, ha permanecido oculto durante más de 350 años.
La historiografía especializada considera este volumen, que casi alcanza las 900 páginas en su edición castellana, como la obra más extensa, sistemática y radical del pensamiento libertino erudito europeo.
La traducción y las notas están a cargo del filólogo clásico argentino Alfredo Eduardo Fraschini; la dirección editorial y el epílogo corresponden al filósofo argentino, Carlos Daniel Lasa. El volumen se edita en colaboración con la Universidad Nacional de Villa María (Argentina) a través de su Centro de Filología Clásica y Moderna.
El texto original en latín fue publicado por la editorial florentina La Nuova Italia en 1981 y 1982. No ha habido ninguna otra edición hasta el momento. Tampoco ha habido hasta ahora ninguna traducción íntegra a ninguna lengua moderna. Es decir, esta obra no puede encontrarse ni en francés, ni en inglés, ni en italiano, ni en alemán, pero sí, desde octubre, en castellano.
UN LIBRO QUE PARECIA NO TENER AUTOR
Durante más de tres siglos y medio, el “Theophrastus redivivus” circuló entre los estudiosos del pensamiento clandestino como una de las mayores incógnitas de la historia intelectual europea: un tratado latino de setecientas páginas, copiado en al menos cuatro manuscritos conservados en París, Viena y Bélgica, pero al que ningún archivo, ninguna carta, ninguna referencia contemporánea permitía atribuir a un autor concreto.
Ira O. Wade señaló, ya en la década de 1930, las numerosas huellas que el texto había dejado en la literatura clandestina del siglo XVIII (en particular en Holbach), aunque llegó a suponer que el manuscrito original se había perdido. Fue otro estudioso, J. S. Spink, quien, poco después, identificó el ejemplar de novecientas diez páginas conservado en la Bibliothèque Nationale de París.
René Pintard, el gran historiador del libertinismo erudito lo describió como un manuscrito situado “fuera de su tiempo” y como la obra más impía que se había compuesto en su época. Eugenio Garin vio en él la culminación de una síntesis entre el naturalismo del Renacimiento italiano (Pomponazzi, Cardano, Bruno, Campanella) y la nueva ciencia de Galileo, Descartes y Gassendi.
El enigma no se resolvió hasta 2022. El profesor italiano Gianluca Mori, profesor en la Universidad de Piamonte, primero en artículos y luego en su libro Athéisme et dissimulation au XVIIe siècle. Guy Patin et le Theophrastus redivivus (Honoré Champion, París), demostró de manera concluyente que el autor de la obra fue el médico y escritor parisino Guy Patin (1601-1672), figura conocida sobre todo por su vastísima correspondencia médica y erudita, y no por ninguna obra filosófica de este calibre. Mori estableció, gracias a programas informáticos asistidos por IA, la identificación cruzando numerosas citas del manuscrito con las que aparecen en las cartas auténticas de Patin. Advierte, además, que la redacción final del Teofrasto es obra de un solo autor que habla en primera persona en su prólogo y que revela, en un puñado de detalles biográficos dispersos por el texto, un perfil que coincide en todo con el del médico parisino. Por todo ello, la edición de Laetoli lleva en su portada el nombre del casi desconocido Guy Patin.

El hallazgo obliga a reescribir un capítulo entero de la historia del pensamiento europeo: el compendio más radical del ateísmo del siglo XVII no fue obra de un filósofo profesional ni de un libertino de taberna, sino de uno de los intelectuales más respetados de su tiempo, que optó por ocultar durante toda su vida -por pura cuestión de supervivencia- la autoría de su obra más audaz.
Es de suponer que Patin no era tan ingenuo para pensar que su manuscrito podría ser publicado en vida, ni siquiera de forma anónima, y que escribía, por así decir, para la posteridad. Esta edición cumple el deseo de Patin. Quién le iba a decir al parisino que iba a ser en español.
SEIS TRATADOS CONTRA LOS DIOSES DE LA CIUDAD
El “Teofrasto redivivo” se presenta como la restauración de un libro perdido de la Antigüedad, una obra del filósofo griego Teofrasto, discípulo y sucesor de Aristóteles al frente del Liceo. De ahí el título tan extraño: un Teofrasto vuelto a la vida, renovado, un nuevo Teofrasto.
Bajo esa máscara erudita, Guy Patin construye una summa propia organizada en seis tratados: el primero, sobre los dioses; el segundo, sobre el mundo; el tercero, sobre la religión; el cuarto, sobre el alma, el infierno y los demonios; el quinto, sobre la muerte, a la que el sabio no debe temer; y el sexto, sobre la vida conforme a la naturaleza.
La obra se abre con una distinción, tan irónica como reveladora, entre los legisladores y los sapientes o sabios: el primero de estos sabios es, para sorpresa del lector, Platón, presentado no como el gran defensor de la existencia de Dios que la tradición había hecho de él, sino como un ateo que disimuló su verdadero pensamiento para no provocar la ira del pueblo ni la de sus gobernantes (la condena a muerte de su maestro Sócrates por impiedad estaba muy cercana).
De ahí en adelante, el libro despliega una crítica sistemática y de una erudición notable -apoyada sobre todo en Cicerón, Séneca, Lucrecio, y autores modernos como Vanini, Pomponazzi y Cardano- contra toda la arquitectura metafísica y religiosa de Occidente. Para Guy Patin, el único criterio válido de conocimiento es el de los sentidos y la experiencia; todo lo que pretenda trascender ese ámbito -almas separadas, dioses personales, providencia, inmortalidad- es, sin más, una ficción, útil pero indemostrable.
La religión, según el autor, no tiene un origen divino sino estrictamente político: fue inventada por los primeros legisladores para gobernar a los pueblos valiéndose del temor que los fenómenos celestes despertaba en ellos. Luego fue sostenida por generaciones de poetas, teólogos y sacerdotes que convirtieron ese entramado de ficciones en la “segunda naturaleza” de la humanidad.
El mundo, afirma el “Teofrasto redivivo” en franca ruptura con el dogma cristiano de la creación, es eterno; el alma humana no es sino una porción de un alma universal de naturaleza material; y la muerte, lejos de ser motivo de temor, debe contemplarse con la misma serenidad estoica con que la naturaleza realiza todos sus cambios.
Los especialistas coinciden en señalar al “Teofrasto redivivo” como un texto fundamental, pero muy desconocido, de la filosofía del siglo XVII: el compendio en el que confluyen, con una coherencia doctrinal que ningún otro escrito libertino alcanzó, todas las líneas de la crítica religiosa de la época.
Tullio Gregory, uno de sus mayores estudiosos, ha señalado que la obra permite valorar mejor el fenómeno libertino porque no se limita a santificar a Platón o a Epicuro, sino que reivindica abiertamente el ateísmo de todos los filósofos como el mejor fruto del ejercicio de la razón humana. Para él, el autor buscaba retomar la obra perdida del propio Teofrasto restituyendo los instrumentos “para la batalla cultural que los tiempos exigen”.
Jean-Pierre Cavaillé y Pierre-François Moreau, por su parte, han señalado el prejuicio historiográfico que durante mucho tiempo relegó a los llamados libertinos eruditos -Gabriel Naudé, La Mothe Le Vayer, Gassendi y Guy Patin, entre otros- al margen de la historia de la filosofía, por considerarlos autores “menores” e incapaces de sistematicidad. En este sentido, el Teofrasto redivivo, por su extensión, su rigor argumentativo y la solidez de su base erudita, desmiente de manera contundente ese prejuicio.
En el epílogo a esta edición, quien escribe este artículo reconstruye el contexto histórico-cultural que hizo posible un libro de esta naturaleza: la crisis de la conciencia europea que Paul Hazard situó a caballo entre los siglos XVII y XVIII, las guerras de religión desatadas por el cisma protestante, el escepticismo de Montaigne y Charron (cuya obra De la sabiduría se ha publicado también en esta colección *Los ilustrados” de Laetoli, con traducción y epílogo del profesor, también argentino, Fernando Bahr) y, sobre todo, la sombra de Giulio Cesare Vanini, el filósofo italiano quemado en la hoguera en Toulouse en 1619.
La huella de Vanini -a quien Patin cita y sigue en varios puntos decisivos de su argumentación antimetafísica- recorre todo el Teofrasto, y permite situarlo con precisión en la línea de un naturalismo radical que entiende la filosofía como una tarea de desenmascaramiento: devolver a los textos de los clásicos su sentido original, oscurecido -según el autor- por siglos de lectura cristianizante.
UNA EDICION CRITICA
La versión que ahora publica Laetoli se basa en la única edición crítica existente del manuscrito latino, establecida por Guido Canziani y Gianni Paganini y publicada en dos volúmenes por La Nuova Italia (Florencia, 1981-1982) a partir de una de las dos copias conservadas en la Österreichische Nationalbibliothek de Viena, un códice de setecientas páginas numeradas.
Alfredo Eduardo Fraschini incorpora a su traducción, entre corchetes, las referencias a los autores citados en el manuscrito original, que ya figuraban en el aparato crítico de Canziani y Paganini. Además, añade notas propias de carácter histórico, filosófico y filológico que orientan al lector hispanohablante a través de un texto denso, erudito y deliberadamente esquivo en su técnica de disimulación.
Se trata, hasta donde permite establecer el estado actual de la investigación, de la primera traducción completa de la obra al castellano y a cualquier otra lengua moderna, un hecho que por sí solo confiere a esta edición un valor documental de primer orden para los estudios sobre la historia de la incredulidad, del ateísmo y del libertinismo de la primera modernidad. Para los investigadores, su publicación supone poner por primera vez al alcance en lengua castellana un texto fundamental y, con ello, abrir un campo de estudio hasta ahora limitado por la barrera lingüística del manuscrito original en latín.
* Doctor en Filosofía de la Universidad Católica de Córdoba.