Opinión
Páginas de la historia

El maestro Antonio Fernández

Marzo de 1924. Hace 102. Imaginemos una estación ferroviaria en el interior del Chaco. Su nombre: “Presidencia de la Plaza”. Son las 14 horas. Se acerca a la estación un jinete a caballo, maduro de años y de soles. Es un indio Toba que viene a esperar –por eso trae un segundo caballo- a un maestro, que llega de la ciudad. Este, es joven, de muy baja estatura, y delicadas maneras. Estrecha la mano del indio. Nombre del maestro: Antonio Fernández. Tiene 23 años.

Parten hacia el nuevo destino, un lugar desértico, desolado, denominado “Cuatro Árboles”.

¿Tarea?: crear una escuela. Antonio Fernández ha sido designado Director. Lleva dentro de su espíritu ese fuego prendido del verdadero maestro. Se da cuenta rápidamente que hay que hacerlo todo. Alquila, para la escuela y para él una modesta vivienda. Frente a la misma erige un mástil de quebracho. También blanquea las paredes, empareja pisos, improvisa bancos. Y de inmediato, con la asistencia de todos sus vecinos inaugura las clases.

Es el 9 de Julio de 1924. Imaginamos la emoción intensa de aquel instante. La bandera de la patria ascendiendo, por primera vez, al tope del mástil, en aquellas soledades chaqueñas, ante una minúscula columna de niños formados en ondulada doble fila.

Está además la presencia del vecindario, vestido con su mejor atuendo. También la palabra encendida del maestro.

Día a día engrosa la cantidad de alumnos y día a día el Maestro Fernández predica entre los vecinos su sermón laico.

Y pasan dos años, –2 años- de lucha, de logros, de emociones. Junio de 1926. Una carta le notifica un ascenso, y con él, un traslado a una colonia agrícola a pocos kilómetros de la joven y progresista Ciudad de Roque Sáenz Peña, siempre en el Chaco.

Y otra vez la misma lucha. Pero con un agregado. En cada anochecer, el maestro Fernández enciende su lámpara en el aula modesta que al instante se puebla de voces. La escuela nocturna por él creada que él agrega a la que funciona a la mañana, sin ninguna remuneración especial, reúne a adolescentes y también adultos.

Las mismas lecciones de la mañana se repiten muchas veces durante las clases de la noche.

Alguna vez las palpitaciones del nuevo día sorprenden al minúsculo grupo, inmóvil, en esos bancos pequeños, retenidos por la palabra fervorosa del maestro.

Y van surgiendo también un jardín, al frente de la escuela, que pone una nota de colorido y de belleza. Un parque con árboles de la región y frutales propios de la zona.

El maestro es joven. Tiene recién 26 años y es soltero.

Paralelamente a sus creaciones materiales va modelando, con pasión de artista el alma de sus niños.

Él, no los obliga a saber. Sólo les despierta su necesidad de saber.

- “La humanidad -expresaba a menudo- necesita más de hombres buenos que de hombres sabios”.

Mientras tanto unos ojos oscuros lo conmueven. El amor ha llamado a sus puertas. En 1928 se casa. Su dulce compañera embellecerá su existencia al resplandor de su amor intenso.

Y llega otro ascenso y otro traslado. Ahora a un barrio ferroviario, ya dentro de la misma ciudad de Presidente Roque Saenz Peña.

Esta población que lo conoce por su obra, lo recibe con los brazos abiertos.

Y entonces es nuevamente albañil, carpintero, ingeniero.

Y llega, junto con los logros, la calumnia: Se lo acusa de predicar ideas disolventes. “Y un microbio puede empujar una calumnia y un gigante no puede detenerla”.

Y Antonio Fernández ofrece un blanco propicio: es extranjero. Es español.

Y espíritus dañinos, que siempre permanecen agazapados -porque conocen su propia dimensión- logran un gran triunfo.

Y un frío telegrama llega con una palabra que hiere profundamente al maestro: “exonerado”.

Al día siguiente, toda la ciudad y sus instituciones se yerguen como un solo hombre, en defensa de ese luchador.

Era, posiblemente, la primera vez en la República, que una población de casi cuarenta mil almas se erguía arrogante en defensa de un humilde maestro de escuela primaria. Finalmente es repuesto cuatro meses después en el cargo.

Y un día cualquiera, siente un dolor físico agudo. Le aconsejan hacerse exámenes médicos. Debe viajar a Buenos Aires.  Regresa 15 días después con un diagnóstico terrible: tiene cáncer.

Y llega la hora del trance final un triste día de diciembre de 1946. Fue largo, interminable, el doloroso cortejo fúnebre.

¡Nunca Sáenz Peña había visto nada igual!.

Al trasponer la vías del ferrocarril, la doliente caravana hizo instintivamente un alto, en el preciso instante en que las locomotoras alineadas junto al paso a nivel, con los fuegos encendidos ex profeso, lanzaban al aire silbatos estridentes.

Homenaje desgarrador del gremio ferroviario al trasponer el cuerpo inanimado del maestro, los lindes de la barriada entrañable.

Y un aforismo final para Antonio Fernández: “Hombres de pequeña talla proyectaron sombras gigantescas”.