Opinión
UNA MIRADA DIFERENTE

El loco Bielsa y otras rarezas del Mundial

Las diversas rarezas y fenómenos de este mundial son también un simposio de antropología, sociología y psicología social.

Este Mundial ampliado, al incorporar a protagonistas impensados hasta hace poco -algunos con merecimientos y otros no tanto – se comporta, más allá de lo futbolístico, como un gigantesco grupo experimental que permite el análisis antropológico y sociológico que envidiarían Margareth Mead o Philip Zimbardo respectivamente. 

Un primer vistazo permite observar la seguridad conque muchos países de escasos antecedentes futbolísticos se proclaman candidatos con antelación, para luego estallar en críticas contra su técnico, sus jugadores o el VAR cuando se enfrentan a la realidad (eso cuando la lógica se da,  por supuesto, esto es fútbol, papá). Esto hace que muchas veces se ejerza una agresividad desproporcionada contra los rivales, antes y después de los partidos, por ahora limitada a las declaraciones y los cánticos. 

Eso es una característica futbolera, que se llama fanatismo, que es el sistema más eficiente para dejar de pensar, aplicable al fútbol y a la vida. A veces cae en el ridículo, a veces cae al precipicio. 

Esta característica se extiende a otros países más futboleros que recuerdan glorias pasadas y sueñan con reverdecerlas, en algunos  casos sin haber tomado la precaución de haber hecho los esfuerzos y sacrificios necesarios para lograrlo, lo que los lleva a grandes desilusiones y reacciones francamente ridículas, similares al caso anterior. 

Negocios paralelos

Con honrosas y pocas excepciones, es difícil justificar las cifras que están cobrando  muchas de estas figuras y lo que se paga en Europa y algún otro país por estos jugadores (varios argentinos incluidos, claro). Eso alienta la sospecha de que en la trastienda del fútbol se desarrollan uno o varios negocios paralelos multimillonarios, que a su vez amparan delitos paralelos de distintos formatos. No siempre Estados Unidos se enoja porque no se le adjudica la organización de un mundial y reacciona con su ropaje de justiciero. 

Al no haber una lista de precios de jugadores, como también ocurre con las pinturas, es difícil determinar los soberprecios, al igual que lo que queda en los bolsillos de todos los protagonistas, conocidos o no. El negocio de ser dirigente futbolístico es mucho más rentable que muchos de los grandes emprendimientos que subyugan a Wall Street. Se caen las máscaras en un Mundial. El  Inter Miami es un pionero en esta línea. 

Ese negocio se amplía ahora con las casas de apuestas legales e ilegales. Los avisos de publicidad en las canchas y en los avisos en televisión y las redes, no solamente empalagan, además de abrir una puerta a la corrupción. También en este Mundial se ha terminado de entronizar la ludopatía inducida, la madre de todos los vicios, que será la nueva droga de la humanidad (Esto merece una nota específica).

En ese mismo orden de ideas, la pausa para hidratación es una buena excusa para aumentar el número de tandas publicitarias de un partido. Otro buen negocio. 

Si para algo ha servido este Mundial, es para que Estados Unidos pusiera los ojos definitivamente sobre el negocio que representa el balonpié, del que ahora querrá apoderarse. Tanto del legítimo como el que no. Esto que luce en muchos aspectos como un gran carnaval yanqui, no será ya una exclusividad de este torneo. El desplazamiento del fútbol por el soccer ha comenzado y avanzará inexorablemente. 

Radical y aburrido

Para no dejar de lado la parte del deporte en sí, el cambio que se ha producido es radical y aburrido, aunque el fanatismo y la necesidad de los medios de que se mantenga el atractivo a toda costa tapan el aburrimiento que muchas veces genera. Si se excluye el fanatismo, el hinchismo y el triunfalismo, sería muy difícil encontrar divertidos la mayoría de los partidos. 

Pocas destrezas personales, pases constantes e inconsecuentes y centros sobre el arco como método de ataque preferente, agravados por la santificación de la táctica de jugar permanentemente con pases hacia atras para “fabricar espacios” un invento de quienes no pueden driblear a un contrario, (Argentina a la cabeza, digamos todo) abundancia de goles de tiros libres y penales, olvido de la gambeta, salvo tres excepciones, jugadores que patean al arco sin tener en cuenta los cuerpos que están en el camino, como si fueran invisibles, salvo otras tres excepciones. 

Es cierto que muchos países, por diversas causas, han mejorado notoriamente su conocimiento del gran deporte, y ya no es posible dar nada por sentado, la fiebre de pases europea y la deliberada penetración cultural en Estados Unidos también conduce a ese resultado, y es bienvenida, aunque tenga otros efectos menos agradables. De modo que perder frente a los otrora ignorantes futbolísticos o simplemente de menor rango ya no es un deshonor, pese a que los alemanes parecieron no creerlo así, porque casi someten a sus jugadores a un juicio como si fueran nazis al fin de la WWII, o Ecuador que pasó de idolatrar a Beccacece a echarlo sin solución de continuidad porque luego de clasificarse para el Mundial, todo un logro, logró superar la primera rueda ganándole a Alemania, para caer contra México en los 16vos. 

Alguna innovación absurda, como la de la expulsión por taparse la boca, mientras se penan (si se penan) infracciones más duras con sólo un tiro libre, a veces una tarjeta amarilla, y otras que no se consideran infracciones (“ese penal no se cobra” como dicen los eruditos relatores y comentaristas), son naturalizadas, una vez más, por el fanatismo o la creencia de que sólo es infracción si produce algún daño físico, se terminaron de plasmar en este torneo como reglas. 

Su majestad el VAR

También el VAR tiene arbitrariedades debidas no al sistema en sí, sino del modo en que se usa y la imposibilidad del árbitro de pedir una repetición cuando lo considere necesario. También al tiempo que se toma para emitir sus conclusiones, que termina matando la emoción del gol, razón central del juego, como el jaque mate en el ajedrez. 

En una disgresión irónica, tal vez sea posible implementar en todos los países un VAR de la corrupción, aplicable a funcionarios, jueces, sindicalistas, empresarios, amigos del poder y otros, para evitar tantas demoras, vacilaciones, dudas, cegueras y cajoneo de la justicia, de los gobiernos y de las oficinas de control del Estado. En esta propuesta los jueces del VAR deberían ser marcianos para asegurar la imparcialidad. 

También la política, que ya venía en esa línea, se ha afianzado en su uso del fútbol como elemento a veces de distracción, a veces de propaganda. Las selecciones exitosas siempre quieren ser usadas por los gobiernos como si el gol del triunfo lo hubiera hecho el presidente del país. Eso se ha contagiado a los hinchas, influencers y periodistas fáciles, que se ponen en contra de sus propias selecciones si no se dejan usar por el gobierno de turno. Otro elemento de fanatismo que se incorpora al panorama referido al comienzo. No hace falta mucho esfuerzo para recordar el odio kirchnerista por el “desprecio”  a su gobierno, ni la deliberada figuración de Chiqui Tapia al aferrarse a los triunfos del dream team nacional.

Esto no es un fenómeno exclusivo local. Basta oir a Trump hablando, como si supiera, del soccer y elogiando a Pochettino como un héroe, aunque en realidad eso es coherente con los muchos temas de los que habla sin saber nada de ninguna. Esa intrusión política coadyuva a crear mayor fanatismo, lo que a su vez colabora para hacer olvidar la calidad de juego de los equipos  y a fomentar algunos comportamientos de las hinchadas.  
Otro fenómeno es la aparición de exjugadores estrella, que se dedican a criticar y denostar al técnico y a su selección, y a veces a sus colegas actuales, como ha ocurrido con Suárez y Chilavert, para poner dos ejemplos cercanos. Chilavert debe estar ahora mordiéndose la lengua, y Suárez se mostró con deliberada insistencia en los partidos de Uruguay apoyando a su equipo, en el afán de borrar el recuerdo de la rotura de vestuario que propugnó junto con otros, algo mortífero en cualquier equipo. 

Además de esos efectos letales, habrá que preguntarse si en muchos casos no hay otros intereses personales que influyen en estas actitudes que recuerdan a Maradona, que cuando le convenía hacía lo mismo. Messi, claro, es también en eso una saludable excepción. 

El chivo expiatorio del Uruguay

Uruguay también cayó en la actitud de usar de chivo expiatorio a su técnico Bielsa, que evidentemente -dicen- tuvo la culpa del fracaso oriental. Trató de que su selección cambiara el estilo defensivo en malón y confiase en alguna llegada esporádica de un goleador mágico para ganar, estrategia que sólo en raras excepciones le funcionó bien.  El único goleador de que disponía era Darwin Núnez, que atraviesa una dura sequía de goles, a más de que viene con poco fútbol mientras busca un nuevo equipo que lo contrate. 

Es de suponer que si el Loco Bielsa lo dejaba de lado habría sido duramente criticado, antes y ahora. Se dirá que pudo convocar a Suárez, que aún en su ocaso era una opción viable, sobre todo por comparación. Pero luego de la rotura del vestuario que produjo y su destrato al técnico, loco hubiera estado si lo convocaba. 

Bielsa, que tampoco es querido en Argentina por alguna cuestión similar, cometió aparentemente un pecado mortal: intentar cambiar el ADN del fútbol uruguayo, dicen. Curiosamente, fue contratado, por quienes conocían su historia perfectamente, para que cambiara el fútbol uruguayo.  Más allá de la heladerita, su mirada baja y sus discursos absolutamente incomprensibles, eso es lo que intentó hacer. Incluyendo entrenarse más, algo esclavizante y torturante para muchos. Es evidente que no lo logró. Pero, ¿eso es una locura? (Tal vez su error mayor fue convocar a Muslera, que ya no puede ocupar el arco de la selección)

También Argentina pareció querer volver a su ADN en el partido que ganó ayer de pura casualidad. Viene ensayando eso hace tiempo. Pases inútiles, infinitos y morosos hacia atrás, buscando espacios que tampoco encuentra porque nadie, salvo Messi, empuja hacia adelante. Como si tuvieran miedo de enfrentarse a un adversario. Con ese sistema de “ataque hacia atrás”, el poco desplazamiento y la endeble defensa que debió anular completante a los atacantes de Cabo Verde y en vez de ello les dió pases, no parece posible que pueda aspirar a vencer a ninguno de los equipos que restan en carrera. 

Por supuesto, ojalá que esta profecía no se cumpla y el equipo se recomponga y vuelva a jugar al fútbol, como le pasó al Presidente de Cabo Verde, que sostuvo horas antes del partido que estaba cien por ciento seguro de que su selección ganaría anoche. Olvidó tener en cuenta el error muestral de toda encuesta. 

 La hinchada argentina, siempre la más creativa y ruidosa de todo torneo, se compone de tres clases de argentinos: los que viven en Estados Unidos y países cercanos, los argentinos que viajaron usando los fondos que teóricamente deberían haber blanqueado con la ley de inocencia fiscal, y los “argentinos no argentinos”, que admiran a Messi y van a los partidos con la camiseta celeste y blanca. Se comportaron a veces como japoneses, como cuando limpiaron las calles luego de su manifestación en Dallas, a veces como salvajes como en el banderazo dos días antes del partido y cuando saturó de mugre las calles como piqueteros comunes. Idiosincracia nacional, le llaman. O sea el ADN argentino.

Pese a todo, ¡Vamos Argentina todavía!