Ciencia y Salud

El gen generoso

de publicado ‘El origen de las especies’, Charles Darwin evitó debatir en público sus ideas sobre la evolución. Se retrajo de la vida pública argumentando problemas de salud. Nunca tuvo un diagnóstico concreto. Se barajaron varias posibilidades, desde una hipocondría al mal de Chagas que habría contraído durante su viaje por América Latina.
Lo cierto es que dejó la esgrima verbal a sus amigos como Huxley, Spencer y su primo Galton.
Cada cual expresó su interpretación del tema evolutivo sin que sus ideas necesariamente fuesen las del biólogo inglés.
Thomas Henry Huxley, a quien llamaban el bulldog de Darwin, se trenzó en un debate en Oxford contra el obispo Samuel Wilberforce, donde Huxley proclamó que prefería descender de un mono que defendía a su cría que de “un hombre de gran talento que utilizaba sus dones para poner trabas a una discusión científica”. Años más tarde, Huxley afirmó que “la ignorancia es la madre de todos los pecados”.
Huxley entreabrió la puerta del darwinismo social que fue abierta de par en par por Herbert Spencer, a pesar de que el mismo Darwin sostenía que sus ideas solo podían aplicarse a la biología y no a la sociología humana.
Spencer esbozó su teoría de la supervivencia del más apto justificando el orden social y las desigualdades económicas, considerando que la evolución tiene como meta no solo sobrevivir sino también la perfección.
Darwin, por su lado, sostenía que la selección natural permitía la supervivencia del que mejor se adapta al medio en que le toca vivir sin ser necesariamente ni el más rápido ni el más inteligente.
Su primo, Sir Francis Galton, llevó las cosas más allá y propuso intervenir la sociedad para dirigir la evolución humana “mejorando la especie” a través de la reproducción selectiva para incentivar a “los aptos” y frenar a los “inaptos”, dando el puntapié inicial a la eugenesia.
De acá a la promulgación de las leyes de esterilización forzada que Hitler impuso en Alemania en 1933, había un paso.
Y ese paso se dio cuando apenas se entendían las leyes de Mendel, no se conocía la epigenética, no se reconocían las mutaciones y nada se sabía del ADN, ARN, ARN mensajero, ADN mitocondrial, etcétera…
En 1711, Alexander Pope, en un poema, había escrito “A little learning (knowledge) is a dangerous thing” (Escasos conocimientos son una cosa peligrosa). Y eso lo vemos todos los días...
A pesar de la reticencia de Darwin, la aplicación de su teoría evolutiva a la sociedad humana continuó.
Richard Dawkins (nacido el 26 de marzo de 1941), en El gen egoísta, describe el fenómeno de la evolución desde la perspectiva del gen, mientras que Darwin lo hacía desde los individuos o las especies.
Este egoísmo molecular hace que los genes compitan para pasar a la próxima generación y, según Dawkins, lo hace a través de la selección de parentesco. Un individuo está dispuesto a sacrificarse a sí mismo si, de esta forma, salva a su pariente para pasar sus genes a la próxima generación.
Esta teoría del gen egoísta se ha visto complementada con un refinamiento que se presta a confusión y es el concepto de William D. Hamilton.
Para este, el objetivo de un gen es dejar la mayor cantidad de copias de sí mismo priorizando los genes de sus familiares. Hamilton propuso una fórmula matemática para saber cuáles eran las posibilidades de transmitir a la próxima generación.
Todo esto es muy interesante como ejercicio mental, otorgando una explicación acotada de la evolución y su justificación sociológica. Estas podían tener sentido en una sociedad primitiva, de cazadores recolectores... Pero ¿cómo explican estas teorías en un contexto de brutal descenso de la natalidad como el que estamos viviendo? ¿Acaso estamos ante una especie de suicidio colectivo? ¿Acaso esta generación no quiere pasar sus genes ni el de sus parientes a la próxima generación?
Cuando Dawkins describió su gen egoísta, la tasa de crecimiento de la sociedad era del 2 % anual; actualmente está en el 0,84 %, con extremos como el Congo que superan el 3 % o China y Europa que rondan el -0,22 %, es decir, crecimiento negativo.
La eugenesia ha perdido adeptos (al menos entre los intelectuales), y la fórmula de Hamilton no tiene sentido en un mundo donde pocos quieren tener hijos, es decir, pasar sus genes a la próxima generación.
Cuando la anticoncepción llegó a un nivel de máxima efectividad y las personas pudieron disponer de su capacidad reproductiva, la elección de muchos ha sido no tener hijos.
La propuesta original de Darwin sigue teniendo sentido porque la adaptación es de la especie, no de la raza, no del individuo, no del gen. La especie es el gran actor... y la especie necesita la colaboración de sus miembros para vivir. Solos somos inválidos.
La palabra gen deriva del término griego genos y tiene varias acepciones: raza, linaje, origen, nacimiento. La acuñó Wilhelm Ludwig como nombre de la unidad de la herencia.
La palabra “generoso” tiene un origen semejante, significa linaje o familia. Con el tiempo la palabra adquirió una connotación virtuosa porque el de “noble cuna” debe actuar con magnanimidad, nobleza y desprendimiento. La generosidad se ha convertido en el valor moral de compartir o dar sin necesidad de nada a cambio.
Según Dawkins, aun en el gesto altruista todos esperamos algo a cambio: hoy te rasco la espalda para que mañana me la rasques a mí.
De una forma u otra, el gen egoísta ha sido utilizado para explicar biológicamente a una sociedad competitiva, desigual e injusta.
No podemos negar que la historia está llena de mezquindades, traiciones, injusticias, rapiña, falsedades, etcétera, etc., etc. No podemos ser tan inocentes... pero también hay muchísimos gestos generosos, de servicios a la comunidad, de dar la vida por los demás, de trabajo para la sociedad que no se explican por la teoría del gen egoísta.
Hay 10.000 años de historia de la civilización con ejemplos meritorios, más allá de las religiones y las obligaciones cívicas. ¿La cultura, la ética, la moralidad, no cuentan?
Según un estudio de los resultados de juegos económicos de laboratorio, la Universidad Hebrea de Jerusalén sospecha que el gen AVPR1A, que regula la producción de vasopresina en el cerebro, se da en individuos que tienden a ser más generosos, mientras que en la Universidad de Bonn vinculan esta condición con la variable COMT-VAL, parte del cerebro que regula la producción de dopamina.
Estamos ante una paradoja evolutiva. ¿Predomina en nosotros la concepción egoísta de la evolución o el gen generoso? Probablemente nuestra vida surja de la interacción de ambas condiciones: somos generosos y egoístas, violentos y pacíficos, santos y guerreros.
Somos eso y mucho más.
Pero mientras que el gen egoísta ha tenido más publicidad, el gen generoso pocas veces está en las páginas principales de los periódicos.
La muerte de un niño es noticia, no así la adopción de niños huérfanos.
La próxima generación sin hijos que criar en los países ricos y huérfanos y desnutridos en los países subsaharianos necesitará de muchos genes generosos para la sobrevida y prosperidad de la humanidad. Debemos ser generosos para sobrevivir como especie.
No somos genes aislados. Somos una especie que necesita de la biodiversidad, algo tan importante para el destino de la humanidad que sobrepasa al egoísmo de transmitir solo nuestros genes a la próxima generación.